17 septiembre, 2018

Lorca va más lejos

de Jorge Esquinca | Ensayos

Federico García Lorca
En su célebre conferencia “Teoría y juego del duende”, Federico García Lorca diserta con la pasión que lo caracterizaba sobre el “espíritu oculto”, “misterioso poder” que anima y da sustancia al arte verdadero. Lorca diferencia al duende del ángel bíblico y de la musa griega y pide que no se le confunda con el “demonio teológico de la duda”, que desvelaba a Lutero, ni con el diablo católico “destructor y poco inteligente, que se disfraza de perra para entrar en los conventos”. Lorca explica que la musa y el ángel, como corresponde a sus respectivas jerarquías, vienen de fuera y que sus dictados están por encima del hombre; la primera, dice, da formas, el segundo, luces; y ante la inefable intervención de estas potencias el poeta no tiene más remedio que someterse al soplo de un orden más vasto. Ambos son agentes extrahumanos, enviados de la divinidad, muchas veces de manera inopinada y a expensas del propio poeta. Lorca percibe al poder del duende “oscuro y estremecido”, de manera opuesta, como un impulso que reside en el interior del hombre y al que, afirma, “hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”. Como buen andaluz, parte del ejemplo más próximo, encarnado en el canto, la música y la danza de los grandes artistas gitanos y flamencos del sur de España, por quienes profesaba una devoción que habría de señalar su vida y su obra. Ellos saben “que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende”.

Lorca va más lejos y afirma que el artista sólo conseguirá escalar la torre de su perfeccionamiento a medida que se enfrente y luche con este espíritu oculto en su sangre, en la raíz misma de la materia humana. Dice: “Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos…” Y habla de Goya, de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, de Rimbaud y de Lautréamont, como otros tantos hombres y mujeres a quienes considera inmersos en el misterioso poder. Frente al soplo inmaterial del dictado divino, Lorca opone el encuentro con este impulso que alienta y se mantiene oculto en la sustancia humana. Frente a la aceptación del orden impuesto por medio de la musa o del ángel, Lorca entiende en la irrupción avasalladora del demiurgo la transformación de un orden y el nacimiento de otro nuevo y desconocido. Afirma: “La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre los planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una cualidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”.

Rechazo, ruptura, cambio radical, entusiasmo casi religioso. Lorca ve en ellos a los postulados de un arte que habrá de surgir gracias a la lucha con el duende, habitante de la “materia viva” del hombre. Y ve en esta batalla un continuo devenir de las cosas que se transforman sin cesar, sin repetirse nunca, “como no se repiten las formas del mar en la borrasca”. Esta poética habrá de alcanzar, en la obra de Lorca, su mejor expresión en un conjunto de veintiún poemas escritos, la mayoría, durante el último año de su vida (1936) y a los que, a la usanza de los maestros árabes de Al-andaluz, reunió con el título de Diván del Tamarit. Hay en ellos el despliegue de una mirada que atraviesa el paisaje y se aproxima a las cosas para captarlas en el instante de su transformación. Al comentar uno de estos poemas, la “Casida de los ramos”, Jorge Guillén ve el origen del poema en la impresión causada por la devastación de una tormenta en una huerta, “los ramajes rotos y la irrupción de unos chiquillos”. Sin embargo, afirma, la visión de Lorca “trueca el Tamarit en un jardín real, un jardín con una amplitud fantástica donde caben seres nunca vistos, destinados a manifestar una emoción real”. La muerte acecha al jardín y a los ramajes que son una imagen de nuestra condición humana. “Los perros de plomo”, que aparecen en la primera estrofa, se han transformado, en la última, en “niños de velado rostro” que aguardan expectantes la caída, el deterioro final. “El lento instante del quebranto” —para decirlo con un verso de Gorostiza—, que habrá de llegar de manera natural, como consecuencia de un implacable designio. Los ramos, dormidos, ignorantes, están como nosotros, sin pensar en la lluvia y menos aún en la penumbra que avanza, empuja y precipita la caída.

La muerte o su imagen móvil, abierta, fecunda, aparece desde el primer poema y a todo lo largo del Diván. No en vano, en la citada conferencia, Lorca había escrito: “El duende no llega si no ve la posibilidad de muerte, si no tiene la seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos…”. Sólo de esta lucha incesante, parece decirnos, en plena posesión de la muerte propia, puede surgir la creación. La muerte aviva el espíritu adormecido y lo abre hacia un espacio en el que puede percibir los cambios que se operan en el seno de la materia. El conjunto de las gacelas y de las casidas que conforman el Diván del Tamarit es un momento clave de la poesía de nuestra lengua. Hay en él una auténtica renovación, contemporánea al Neruda de Residencia en la tierra, que en el poeta andaluz alcanza una extraordinaria concentración, como si fuera la sustancia misma de las cosas que fluyen y se transforman al ser nombradas. “El duende”, asienta Lorca, “ama el borde, la herida, y se acerca a los sitios donde las formas se funden en un anhelo superior a sus expresiones visibles”. Es un anhelo casi religioso y hondamente terrenal. Como las palomas oscuras del poema final que al cambiarse la una en la otra asisten a su desaparición, a su disolución en la nada. Lorca se descubre inmerso en ese tránsito, en ese cambio radical que habrá de resolverse en un más allá de las formas y que resume en los cuatro versos con que acaba la “Gacela de la huida”:

Como me pierdo en el corazón de algunos niños,
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma.



* Adelanto del libro Las piedras y el arco, de próxima publicación en la colección Prosa Nostra, de la Universidad Autónoma de Querétaro.


Jorge Esquinca Ciudad de México, 1957. Sus libros más recientes son Breve catálogo de fuerzas (ensayos, 2015) y Cámara nupcial (poesía, 2015 y 2017). Traductor de poetas de lengua inglesa y francesa, dirige el sello Mano Santa Editores, especializado en pequeños libros de poesía. Vive en San Antonio Tlayacapan, en la ribera del lago de Chapala, Jalisco.