18 mayo, 2020

Pérdidas

de Zel Cabrera | Inéditos
El arte de perder se domina fácilmente
Elizabeth Bishop

El piso de mi casa
es la alfombra constante
de los pequeños rastros
que va dejando el tiempo.
Pierdo pelo,
todos los días.
Pierdo minutos levantándolos
del suelo,
barriéndolos para que su ausencia
sea invisible
aunque mi cabellera amaine
y se debilite,
cada vez.
Lo mismo amaina mi voluntad
para ciertas militancias.
Me abstengo ya de algunas disputas.
Prescindo de noches de fiesta.
Excesos que ya no recuerdo.
Quedan indicios
de aquella que fui;
un cansancio ineludible
al despertar cada mañana,
el dolor en las piernas,
cada músculo
haciéndose notar,
cuando paso mis dedos
llenos de ungüento
y me recuerdo bailando
en aquella fiesta
hasta el amanecer.

Me pierdo yo
y esta declaración
parece prematura
y necesaria,
como una verdad que se suelta
a la mitad del camino.

 

Cada mañana, de las pérdidas
barro mi casa
En un montoncito
se apilan largos cabellos
que fueron parte de mí,
que me acompañaron
mes con mes
en la rutina, en el vaivén de días
tan largos como ellos.
En el suelo los miro,
ensortijados unas veces,
otras tantas, extendidos,
camuflajeados
en el laminado del piso,
como testigos de una vida
que poco a poco
va mutando
de sí.

Quiero decir, muto yo
a otra que parece la misma
—pero con menos pelo
y más ideas—
y en la apariencia soy otra,
en el desconcierto de caer,
de no reconocerme
en estos restos anticipados
de mi ruina.

 

A veces sueño con largas cabelleras,
azules como el agua en el río
en que mi abuela bañó a mi madre.
Soy el río de sus palabras,
apenas pronunciadas
porque el amor siempre se nombra
en el silencio,
no en la tormenta.

Jóvenes entonces,
con la edad del cielo y la espuma
que deja la ropa recién lavada
en las laderas,
mi madre y mi abuela
juegan a peinarse.
Se perfuman con las hierbas
que flotan en el agua.
Son otras, las miro,
las oigo cantando
y su canto se mezcla
con el mismo de las ramas
apenas movidas por un aire
fino. Una brisa.

Mi abuela y mi madre
mutan en mis sueños,
vienen a dejarme sus palabras,
lo que queda después de la lluvia,
lo recién mojado, el rocío.

Soy lo que soñaron,
mientras dormían una tarde
de tormenta,
con las ventanas abiertas
para que sus sueños
se ventilaran.

Me dicen: las palabras
deben ser
tendidas en las ramas.

 

Lavamos lo que está sucio,
la ropa, los pisos, los platos,
a veces
las palabras porque
también se ensucian
de tanto usarse,
de repetirse de sí mismas,
de nosotras.

Para lavar esta palabra,
tuve que desconocerme,
dos veces,
en lo que ya no es lo mismo.


Zel Cabrera / Iguala, Guerrero, 1988. Becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Por La arista que no se toca (IMAC, 2019) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Tijuana. Ha publicado Perras (FCE/FETA, 2019), Una jacaranda en medio del patio (ISIC, 2018) y Cosas comunes (Simiente, 2019; Liliputienses, 2020).