25 mayo, 2020

Dolmen

de Jorge Esquinca | Inéditos

Éramos los sin nombre
los enterrados
los aullantes,

éramos los que se mezclan
con la sombra
con la tierra
los que andábamos
los que pedíamos
más de eso que muerde
más de eso que rasga,
los sin nombre,
los que se mezclan,

éramos eso desde el principio
cazadores sin casa
enterradores enterrados
en lo que no tiene luz

perros, nos llamaron
estábamos en lo noche
muy antes

perros de nadie
llegados de ninguna parte
perros al acecho
en la colina
en la cueva

ese sabor en la saliva,
esa sangre ese cartílago
en las fauces,

en las fosas
éramos eso
cráneos para las libaciones
cráneos quebrados
catacumbas,

quebrantahuesos
éramos lo que viene de noche
lo que está muy antes

ese olor en la sangre,
perros de nadie
cristales de roca
en la roca
incrustados,

cuervos vigías
éramos torbellino
negro vórtice
elevaciones
picos en picada

inframundos,

picos de acero
garras de un rito
pócimas, peregrinajes
en lo de antes
en lo de antes,

cuervos
éramos eso que dice la noche
que anda por arriba
se desliza con alas
repta rasga se amotina

yo conquisto montañas,
amontono cabezas de hombres
como polvo,
siembro cabezas cual semillas

éramos
los desfigurados
los que avanzan
los que aúllan
cuatro patas bocabajo
erizada piel plumas erizadas
carne del festín
cráneo de las libaciones

cristal de roca en la roca
en lo que no tiene luz
en la luz trizada,

perros de ninguna parte
en la rabia dispersa,

perros éramos
acercándonos
husmeando los detritos
acechando el siseo

ah de los aullidos
ah de las danzas
el fuego rasante
en las alas
en las alas

inframundos,

éramos esa carne
eso que se arrastra
en el aire éramos
los que pedíamos
los que rogábamos

dame noche
lo que sangra
lo que muere
cristal de roca
cristal de roca
tu cara en mis fauces
incrustada,

yo conquisto montañas
amontono cabezas de hombres
como polvo
siembro cabezas cual semillas

éramos los acechantes
los reyes reptiles
los que aguardan en silencio
los que atisban en silencio,
nubes de guerra
cantos de guerra

cuervos, nos llamaron

un batir de alas tartamudas
una turba trepidante
catacumbas en el aire sólido,
bailoteos en el fango
un revuelo en la ceniza ardiente

éramos,

los sin rumbo
los enterrados
los murientes
los que no vuelven
los que están aquí,

cuervos cavando fosas
perros levantando piedras
un túmulo
un dolmen
cuervos levantando piedras
perros cavando fosas

ese sabor a sangre en los hocicos
esa carne palpitante,

éramos lo que no tiene luz

los que avanzan
bajo la tierra
bajo la tierra
los enterrados
los que aúllan
los reptantes
cazadores sin casa
los sin nombre.


Nota del autor

Algunos perros —por ejemplo, el pastor australiano— recogen piedras que acumulan en algún sitio predilecto. No parece un comportamiento azaroso pues levantan con ellas pequeños montículos. Me dicen que ciertos cuervos lo hacen también. Desconozco las razones de este comportamiento seguramente ancestral, pero no deja de resultarme fascinante. Veo en ello un comienzo de los dólmenes, de las estelas y los mausoleos funerarios. El poema surge de esta observación y también del no menos fascinante documental de Werner Herzog, Cave of forgotten dreams (2010). Nunca como ahora nos había tocado ver en México tanta desolación y muerte. Fosas sin nombre, túmulos de la infamia. Una noche que se prolonga y pareciera instalar su señorío. El poema alude también a esta incontestable, dolorosa realidad. Los versos en cursiva provienen del himno a la diosa sumeria Inanna, en la traducción que hizo María Palomar a partir de la versión inglesa de Kim Echlin (Artes de México, 2008). “Dolmen” es el poema inicial de los cuatro que componen el libro Kyrie, que próximamente publicará la Universidad Autónoma de Querétaro en la colección Libro Mayor.


Jorge Esquinca / Ciudad de México, 1957. Sus libros más recientes son Las piedras y el arco (ensayos, 2018), Breve catálogo de fuerzas (ensayos, 2015) y Cámara nupcial (poesía, 2015 y 2017). Traductor de poetas de lengua inglesa y francesa, dirige el sello Mano Santa Editores, especializado en pequeños libros de poesía. Vive en San Antonio Tlayacapan, en la ribera del lago de Chapala, Jalisco.