25 mayo, 2020

Otras formas de esparcimiento

de José Pulido | Inéditos

Me regalaste una libreta roja para llevar un diario de viaje. La libreta solo tiene una entrada y no tiene que ver con nosotros.

Solo escribí un día.

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Cerca del arroyo vivía un jaguar que causaba muchos daños a la población (ellos le dicen yaguareté, pero no les hagas caso). La gente lo sacrificó y desde entonces el arroyo comenzó a ser conocido con el nombre de Tigre.

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El libro que quería escribir no es este. Se trataba en todo caso de nosotros, pero no iba así la historia. Se trataba en todo caso de otra parte. A veces pienso en ese sitio abriéndose. Los artículos estarían dispuestos de otra forma, probablemente los poemas también, pero nunca lo sabremos. Las casas tienen piezas perdidas y el agua es un lenguaje distinto.

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Domingo Faustino tenía una casa en Tigre que hoy es un museo. La historia —con minúsculas— lo considera un “hombre destacado por su labor en la educación pública y su contribución al progreso científico y cultural de su país”, pero basta con leer un poco del Facundo para descubrir que no quería a nadie.

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En 1805 Tigre era un arroyito insignificante y el pueblo no era conocido con ese nombre. Lo llamaban el pueblo de Las Conchas. Para 1812 había sesenta familias de pescadores, labradores y comerciantes de frutas. Un punto apenas perceptible en el mapa. Un nombre que fue cambiando. Los martillazos de la movilidad. La imposibilidad de que las cosas permanezcan en su sitio.

Todo, aunque no lo queramos, suele trasladar sus significantes.

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El primer tren llegó a Tigre el 1° de enero de 1865. Las aguas del Luján lo presenciaron. El horizonte cosechó otras tardes. Todo era pintoresco, pero de otra manera. Un látigo animaba el viento. Los historiadores le llaman la belle époque de Tigre. Un lugar para pasar los días. Un cuerpo nuevo que se expandía sobre los músculos del río.

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Una celda en mi cerebro, una prisión distinta a la que te contaba. Un océano furioso. Me paré en los bordes para intentar mirar algo de las aguas marrones del Delta. A veces no me reconocía en ese espejo, a veces te veía a ti.

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El 18 de febrero de 1938, Leopoldo Lugones se quitó la vida en un recreo del Delta de San Fernando (qué mejor forma de vacacionar) llamado —irónicamente— “El Tropezón”. Estaba muy enamorado. Tomó cianuro de potasio con whisky. ¿Quién lo pensaría? También en Tigre existen otras formas de esparcimiento.

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Según testimonios brindados ante el Archivo Nacional de la Memoria y la Justicia, en el lugar permanecieron detenidos ilegalmente delegados gremiales y trabajadores de la empresa Ford de Gral. Pacheco y de los astilleros Astarsa, Vicente Forte y Mestrina, también sus familiares, entre muchos otros. Intercambiaron el lenguaje secreto de Tigre por piedras deslavadas en el éxtasis del dolor.

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Horas mirando el cursor en la computadora, el curso del Delta. Desvelarse con el cráneo jaspeado. Me pregunto si estabas despierta, me pregunto si estaba despierto cuando regresamos. Me pregunto si un lugar se define porque uno nunca estuvo ahí.


* Estos poemas pertenecen a Tigre, recientemente publicado por editorial Cuadrivio.


José Pulido / Orizaba, Veracruz, 1985. Ha sido becario del Instituto Veracruzano de Cultura en 2010 y 2012 y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría Jóvenes Creadores, en 2015. Ha publicado Permanencia voluntaria (Diablura Ediciones, 2015) y Tigre (Cuadrivio, 2020). Actualmente se desempeña como editor, corrector de estilo y redactor de la página codigoespagueti.com.