4 mayo, 2020

El cuarto del lenguaje

de Alicia García Bergua | Reseñas

Coral Bracho, Poesía reunida. 1977-2018, Ediciones Era, México, 2019, 536 pp.


La poesía, para quienes nos ocupamos de escribirla durante toda nuestra vida, es una búsqueda diversificada por los itinerarios que emprendemos con el lenguaje. Este es nuestro instrumento de visión, de sensación, de reflexión, de canto y celebración de lo vivido. Dichos itinerarios nos descubren que, pese a haber una realidad compartida a grandes rasgos, cada quien posee un sentido de realidad que se amplía y se llena de sutilezas gracias a su manera particular de vivir con el lenguaje, el cual hace visibles mundos de otra manera inasibles porque el espíritu es fugaz; se pierde si no es atrapado por alguna de las artes y sus lenguajes, pues está hecho —como dijo Octavio Paz— de nuestra presencia. Lo anterior viene a cuento con la poesía de Coral Bracho (Ciudad de México, 1951), que se reúne en esta edición, porque en ella hay un empeño continuo de traer al texto lo que yo llamaría “gestos internos”, como el siguiente ejemplo de su primer y deslumbrante libro Peces de piel fugaz:

Porque verte morir no son los ojos para abarcarte,
y deslindar tus brazos de la muerte
es como desgajar un lago en dos orillas:
dos imanes que tiran para romperte.

Quiero salir de ti
como nadar al fondo de tus ojos y toparme en la sombra
con tu lento vacío de hierba ardiente,
con tu calma de pájaro extinguible,
débil como la carne.

Porque no sé qué hacer con tanto gesto tuyo,
tanta mirada tuya en mis palabras,
escribo
para que se enardezcan,
para que extirpen,
que arranquen esta ansiedad de ciervos en tus ojos,
este estertor marino entre tus labios,
y te devuelvan al torno de silencio
de esta tarde desierta.

A fin de capturar estos “gestos internos”, la poeta afina el lenguaje como los instrumentos que utilizan los científicos, y que sirven para observar y registrar realidades que los sentidos no perciben directamente. El lenguaje poético se vuelve un estado de conciencia que nos permite contactar de modo mucho más profundo con lo que sentimos y pensamos, y es una estrategia particular de concentración en los hechos. Dije que en la poesía de Bracho hay un esfuerzo sostenido por afinar aquel instrumento. En ese sentido, haría también la analogía con el instrumento musical; la música y el conocimiento son motivos fundamentales en la vida y la obra de la autora. En sus distintos libros, el lenguaje se interna en diversas situaciones, objetos y sujetos, y, antes que describirlos, hace un viaje a través de ellos que da lugar a palabras —las cuales, en este otro poema de El ser que va a morir, convierten el erotismo en un flujo de agua y fuego:

Los ríos encrespan un follaje de calma

Tu voz (en tu cuerpo los ríos encrespan
un follaje de calma, aguas graves y cadenciosas).
–Desde esta puerta, los goces, sus umbrales;
desde este cerco se transfiguran–

En tus bosques de arena líquida,
de jade pálido y denso (agua profunda hendida;
esta puerta labrada en las naves del alba). Me entorno a tu
vertiente– Agua
que se adhiere a la luz (en tu cuerpo los ríos se funden,
solidifican
entre las ceibas salitrosas. Llama
–cauce de visos ígneos–
que me circundas, y te extiendes
sobre estos valles, entre estos huertos
encendidos; bajo esta manta, esta piel.

El lenguaje viaja por la entraña, la voluntad de permanencia, los gestos, el amor, la muerte, las imágenes, los reflejos en el piso, los muebles, las plantas, los cielos y suelos, los juegos y las conversaciones; viaja por la fugacidad de lo que ya no es, por el jardín, por un cuarto de hotel, por el árbol, el mar, la enfermedad y la desmemoria. Y se detiene y transfigura según lo que se ve, se siente, se padece y se piensa. En los versos de Bracho no hay premeditación literaria; hay un flujo de atención concentrada en una búsqueda muy particular. Y en esta sutil indagación no hay un sujeto fijo al que podamos atenernos, ningún parámetro: son muchas conciencias las que la van guiando en ese viaje. Una de ellas se hace preguntas como las que aparecen en el primer poema de su libro más reciente, Debe ser un malentendido:

¿Desde qué canto, de qué pájaro,
me atraviesas como una flama, una fibra
delgadísima?
¿Y esta abismada placidez,
esta blandura suave, en qué perfil del cosmos
se asienta ahora, en qué filo
y matiz fortuito, en qué relieve?

Tiembla la tarde
entre las hojas, las flores.
La corteza del mundo
tiembla,
y es un sonido alto, ligero,
una nota muy tenue: un gesto
interno,
un trazo ¿Desde qué cauce indetenible?

Leer la poesía de Bracho implica acompañarla en esos viajes con el lenguaje, ser parte de ellos, entregarse a lo dicho sin interpretaciones ajenas e integrar esa corriente, ese flujo que irrumpe, transfigura y se convierte en esa otra cosa que solo ella ve. Por ejemplo, en el poema “Cuando alguien entra en un cuarto”, de su libro Cuarto de hotel, se resume parte de esta poética:

Cuando alguien entra en un cuarto
reemplaza el tiempo, la trama,
de su red de incidencias. Cada mínimo
rasgo, cada gesto,
cada espacio mental y su sensación,
dejan su habitado contexto; elástico
interponerse,
propiciar.
Innumerables concreciones posibles
despiertan,
desencadenan. —Todas coinciden
y se afectan:

La piedra
que va a caer

cambia el pozo
y el agua
que inexorablemente, en su descenso,
la alteran.
Todos entran al cuarto,
todos lo observan.

Para leer la poesía de Coral Bracho hay que entrar con ella en el cuarto de su lenguaje y de su mente —llena de auténtica curiosidad de saber, de entender todo eso que pasa inadvertido y puede no ser lo que parece—. No resulta extraño que, en Debe ser un malentendido, la voz acompañe a la madre en la pérdida de la memoria por una enfermedad. Pese a parecer una poesía que se aísla y limita a su percepción e inteligencia de los hechos, existe en ella una gran búsqueda de empatía, de fluir juntos al leer, al grado de compartir lo que ve, de sentir lo que ella o el otro siente, o de pensar lo mismo. Solo así la lectura permite departir en ese espacio de amor y conocimiento en el que su poesía se desenvuelve.


Alicia García Bergua / Ciudad de México, 1954. Poeta y ensayista. Es una de las coordinadoras del portal-taller de escritura creativa en divulgación científica Cienciorama (Dirección General de Divulgación Científica de la UNAM). Es autora de los libros de poesía Fatigarse entre fantasmas (Ediciones Toledo, 1991), La anchura de la calle (Conaculta, 1996), Una naranja en medio de la tarde (Libros del Umbral, 2005), Tramas (Cálamos/INBA/Conaculta, 2007), El libro de Carlos (Juan Malasuerte, 2007), Ser y seguir siendo (Textofilia, 2013) y del libro de ensayos Inmersiones (Dirección General de Publicaciones, UNAM, 2009). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de México.