11 mayo, 2020

La estación ninguna

de Arístides Luis | Inéditos

Anti-víspera primera
I
Quisiera una simple imagen diminuta, pasajera,
para hablarte de ese motivo que me elude
por el cual abandoné mi casa,
y por casa me refiero a todo
cuanto me hubiese salvado del desastre
de mi propia libertad
acumulada.

Verás, llegado el momento
en que la dura cuesta
no puede detenerse
es fácil comprender
los elementos de la angustia,
quiero decir, quererlos como propios,
cada aroma de su rastro en las heridas.

Pero he acostumbrado el ímpetu
con insistencia duradera,
no puedo abandonar los sueños.

No puedo sino mirar el negro profundo, el vado
cuyo suelo es tan solo
la idea de lo inminente.

He llegado primero al suelo
que a la caída.

Es esta la estación ninguna, el lugar
que inflama infinitas esperanzas
en el sudor de cuando joven,
eternidad que pide nuestro cuerpo
para sostenerse.

La caída que ya no es un presagio, sino un árbol
que espera al musgo para esconder su cuerpo destrozado,
al tiempo que mira como la vida le rechaza.

Es plantarse al borde de un año interminable
siempre al borde sin mañana,
quiero decir, al instante oculto para el cuerpo
donde la nada es menos que nada
donde la existencia es un origen
ausente a la memoria.

La caída es un sabor irreductible,
cuyo destino es ella misma inabarcable.

La pálida sombra de los fuegos de un dios a espaldas,
huérfana memoria del sonámbulo deseo, recuerdo
evanescente del sabor de tu sangre espesa.

Ni siquiera la muerte acepta tu párpado recrudecido,
tu boca abierta en el bostezo que aguarda
la taxonomía de cada clasto de arena
y en sus formas cada travesía.

Quisiera una estampa, una postal, un despojo
para interrumpir este tonto descubrimiento.

Pero todo lo que falta al pulso abre
desde mis tobillos incrustados
en el alba muerta. 

Hablo desde una flor que no se siente el tallo,
ni la raíz de su nombre,
ni su plaga tan querida, ni la lumbre
en los ojos de quien asiste su apertura.

¿Quién escribirá poemas sobre una eclosión de polvo?

Quisiera algo modesto para complacerte,
tengo una flor de sangre mirándonos los cuerpos
que abandona el paso, y no quiero avergonzarte.

Así me quedas tú,
la imagen que no tengo, derruida,
para intentar desentrañar
los pesados anillos
enramados de la tierra.          

 

Anti-víspera segunda
I

No es la sombra
oculta en cada movimiento,
no es la llama, el roble, trueno
que se yergue hasta la nube,
sino el germen voraz, la saladura,
la voz que arremolina el agua
de tan luz sin cuerpo ciega,
no la sombra, sino la palabra.

 

II

Cuántos miles de tierras mueren
junto a sus plantas, la semilla abierta
que ya no verá los cielos repetirse
en el rugido ausente, la intemperie,
cuántos soles mueren en el patio
para que un dedo pulgar
sostenga el nudo perfecto
de un cuello duro
como el invierno
que a la tráquea cubre
de la tempestad
del nacimiento.

¿Qué imaginación dibujaré en tus diversiones, si el tiempo se ha comido nuestras manos?


Arístides Luis / 1990, Hidalgo. Es autor del libro de poemas De noche impuesta (Dubius, 2019). Su obra ha sido incluida en la III Antología de Poesía Efímera (Pachuk Cartonera, 2018) y en el archivo Filosofía Pop: (bri)collage de intensidades (Post-Filia, UNAM, 2018). Es columnista en El Independiente, Hidalgo.