11 marzo, 2019

Un domingo de verano en compañía de las silenciosas máquinas

de Timo Berger | Inéditos

Estación del sur

            …milenramas, cardos pegajosos,
rudbeckias, datura…

            Colocaron un banco
en el camino que bordea
las vías.

            En el fondo, unas vallas
que cortan
el paso;

            más allá, un matorral
aún por aplanar.

            Barrios hay en que
las obras públicas demoran

            hasta el inicio
de la próxima crisis.

            …margaritas, tréboles,
gordolobos, lecherinas, achicorias
amargas…

            Un domingo de verano
en compañía de las silenciosas
máquinas, sentado en ese mismo banco,
           
            festejo con la pala mecánica
a la hormigonera,
este barranco artificial a mis pies

            por donde pasa el tren del sur.
No sabría decir si me lleva a Buda
o a la Peste.

            Enfrente se refleja el sol,
en el viejo cuartel de los soldados
prusianos donde un pionero

            de la aviación, en un balón,
intentó subir al cielo
donde otros, antes, caían.

            Presos de las rachas
con sus alas de las varas del mimbrero
y cotón encerado.

            Chilla el eurocity rumbo a Praga;
se esfuma ni bien pasado
el limbo de la capital.

            Y el puente peatonal
sigue cerrado.
Hace rato el cielo se limpió y

            arriba del otro extremo
del puente, creo percibir
un hombre

            flaquito y tambaleándose
con unas alas gigantes
y un bigote

            en el viento ascendente de la tarde.
Mientras la estela de alta
velocidad hace

            temblar al balasto,
busco la salida
del montaje del alambrado.

            Me topo con buldóceres
y grúas que aún no transformaron
lo que fue una idea

            en parte transitable de la urbe.
Desde lejos —en la Estación
del Sur— se

            escuchan las próximas partidas.
Una langosta recorre
las tablas color tabaco del banco.

            Me lanzo a la jungla seca
que recupera vías y obras
abandonadas

            y diviso una brecha:
la vuelta
al mundo civil.

            …amapola silvestre, botón de oro,
flor de pascua, chiribitas,
lavándula…

 

#PróximoMercado

Como si el mercado no fuera de repente
alegoría para valores cambiantes
movido por una mano sin cabeza

como si el mercado fuese ahora
un sofá en Panamá o la sala de música
parte de la decoración en todo caso

como si el mercado fuera un lugar
de descanso un centro de rehabilitación
con losas estériles

como si el mercado fuese
la nueva salida
un sitio de encuentros

como si fuera una lista
de cosas no adquiribles
un espacio futuro o cambio climático

como si el mercado fuese
de una vez concebible
sin vivanderos…

            y yo corro por el mercado
con un delantal manchado de sangre
buscando un repuesto para los conductos biliares

            el espaldar de belfos de los compradores
el alboroto de mercado las avispas las ratas
las cornejas la santa trinidad de guardianes

            de la depravación en el rincón
uno que aún cree en el merc-sismo
lee páginas amarillentas

            desde la memoria que resulta corta
que desmonta largas ondas
en ciclos veloces

            en algún lugar de este planeta
habrá siempre mercado y el maestro del mercado
asigna puestos slots espacio web

            opciones y chances
para un futuro cuya imagen está colgada
arriba de nosotros

            espejo de chapas onduladas
en el Mercado Central de San José
coma Costa Rica

 

Músicos urbanos

Siempre me inspiran ternura
los músicos

por más miserable que sean.
Con sus rastas y pulseras

tejidas. Cuando están
en el paso subterráneo

con su oboe de tono
tajante y agudo

tocando la Oda a la alegría
o Highway to Hell,

con el birimbao delante
de las puertas de la ciudad

o con la mandolina sobre las rodillas
debajo de un memorial de guerra,

con esa versión gitana
de una de Katy Perry.

Los músicos siempre
me inspiran ternura;

no hace faltan que estén tumbados
con el contrabajo

o que aleteen aplastados por su fagot
como la cucaracha de Kafka.

Basta con un cuello
que se abulta, una mancha amarilla

donde descansa el violín
o estas mejillas de sapo

de tanto soplar y soplar
la trompeta o el trombón.

Ustedes me animan, músicos
a la velocidad de paso;

detrás del sombrero y sobre los puentes,
cobran apenas

lo que gastan para mantener
el ritmo.


Timo Berger / Stuttgart, Alemania, 1974. Vive y trabaja como periodista, autor y traductor en Berlín. Con Rike Bolte fundó en el 2006 el festival rodante de poesía latinoamericano Latinale. Ha publicado los libros de poemas A cien cuadras del centro y otros poemas, AmérikaNoAmérica, Microclimas y Extra muros. Poemas públicos. Ha traducido a Julián Herbert, Fabián Casas, Sergio Raimondi y Pola Oloixarac al alemán.