11 marzo, 2019

El fuego que inventamos

de Isabel Zapata | Inéditos

En el estrecho de Puget

El ballenato pasó del agua al agua
y nada más:
vivió apenas treinta minutos en el estrecho de Puget.

Su madre, Tahlequah, mantuvo su cadáver a flote
(sobre su cabeza, dentro de su boca),
durante casi dos mil kilómetros
hasta que la carne empezó a desbaratarse.

No era el primer hijo que perdía.
El duelo no avanza en línea recta.

Como quien deja caer monedas en otra mano sin contarlas,
a los 17 días Tahlequah entregó el cuerpo a la gravedad.

En ese momento, Richard Russell despegaba del aeropuerto de Seattle–Tacoma en un avión de pasajeros Bombardier Q400, de Horizon Air, con 76 asientos vacíos y uno ocupado, el suyo:

PRIMERA GRABACIÓN

Russell: ¿Me estás llevando hacia los jets?

Controlador aéreo: No te estoy llevando a ningún jet, de hecho, estoy intentando mantenerte lejos de cualquier avión que intente aterrizar en Sea-Tac.

Russell: Ok, está bien, no quiero meterme en problemas. No quiero arruinarle el día a nadie.

Controlador aéreo: (Inaudible) ¿entonces puedes apagarlo?

Russell: Estoy en 21mil, empecé más o menos en 30mil.

Controlador aéreo: ¿Tienes 21mil de gasolina?

Russell: Sí… pero se está acabando rápido.

SEGUNDA GRABACIÓN

Russell: ¿Crees que si aterrizo esta cosa me darían un trabajo de piloto?

Controlador aéreo: Creo que puedes tener cualquier trabajo si lo logras aterrizar. Si quieres, tu mejor oportunidad es la pista que ves a tu izquierda. Es la base McChord. Otra opción es intentarlo sobre el agua en el estrecho de Puget.

Russell: ¿Pero ya hablaron con ellos? No creo que estén muy contentos con la idea, porque podría arruinar todo en el intento. Creo que tengo que dejar de ver el marcador de gasolina.

Controlador aéreo: Sí, Rich, hablé con ellos y tampoco quieren que ni tú ni nadie salga lastimado. Si quieres aterrizar, ésa es tu mejor opción.

Russell: No, no. No estoy listo. Dame las coordenadas de la mamá orca y su bebé, quiero ir a verla.

El avión se estrelló en la isla Ketron, demasiado cerca del aeropuerto.
El cielo entero fue su simulador y ahora ambos son del agua.

Como el poema lo permite todo, imaginemos que Russell pudo ver,
desde lo más alto de su pirueta, el cuerpo de la madre con su hijo
como rayo bicolor cruzando el mar y antes de separar sus trayectorias
juntos formaron tres destellos de luz y sombra finalmente avanzando
como avanzamos todos, todo el tiempo, sin saberlo, hacia nuestra destrucción.

 

Se aprovecha todo

¿En qué piensa el carnicero que destaza al cerdo?

Del cerdo se aprovecha todo.

Y con la visión del animal servido en un trompo adobado
hace un corte seco en la cabeza para separarla del tronco.

La densidad del cerdo disminuye con la lumbre,
el hambre en cambio siempre aumenta.

Arder en la parrilla es propio de la carne que se agota
sobre el fuego que inventamos para ella.

Se levanta un monumento en todas partes: jamón serrano, butifarra, chorizo de Cantimpalo, Pamplona, Salamanca, tocino ahumado, las manitas, el salami, injertos de piel, gelatina de pata, las chuletas ahumadas, las tortas de pierna, las carnitas, islotes pancreáticos, cerdas para cepillos, el frijol con puerco, la manteca para cocinar y hacer jabón, la papada, el pozole, la piel para practicar tatuajes, chicharrón, espinazo en verdolagas, el sebo para hacer velas y engrasar los carros, patitas en vinagre, los cueritos, cochinita pibil, la vejiga llena de aire para usarla como pelota, válvulas cardiacas, las gomitas. 

¿Existe otro animal que nos dé tanto?

En la carnicería duermen cerdos con los ojos abiertos.
Que su mirada fluya para siempre en ese sueño.

 

Luciferina

Una vez nos tiramos de una lancha a media noche
y en el agua aparecieron diminutos relámpagos azules.

Teníamos 17 años.

Cuando se encendió la superficie, nosotros también resplandecimos.

Se llamaban dinoflagelados, protistas con molécula luciferina que producen un fotón luminoso cuando el oxígeno los toca.

De pronto fue navidad en todo el océano y nosotros
cinco foquitos untándonos el cuerpo de luz nocturna.

Gelatinas luminosas flotando en desorden.

Hay constelaciones de hongos en los bosques japoneses.
Algunos caracoles se vuelven focos verdes ante el enemigo.
Existen camarones que vomitan químicos resplandecientes.

Esa noche de dinoflagelados, el agua se encendió al tacto.

Nos sentíamos invencibles,
pero ni siquiera a ella fuimos distintos. 




* Estos poemas pertenecen al libro Una ballena es un país, que será publicado próximamente por la editorial Almadía.


Isabel Zapata / Ciudad de México, 1984. Estudió Ciencia Política en el ITAM y Filosofía en la New School for Social Research. En 2015 fundó Ediciones Antílope con cuatro amigos. Es autora del libro de ensayos Alberca vacía (Argonáutica, 2019) y del libro de poemas Una ballena es un país (Almadía, 2019).