25 marzo, 2019

Salvaje esperanza

de Jordi Doce | Ensayos

(A propósito de La mano azul. La generación Beat en la India, de Deborah Baker, Fórcola Ediciones, Madrid, 2014)

1.
Pasan los años, pero la fama de los beats, su estatura icónica, sigue intacta. Menudean las reediciones, las traducciones, las biografías, se publican libros de correspondencia o de entrevistas, cómics basados en su vida o en alguna de sus obras, ensayos de corte académico y otros dictados por la adulación y hasta la idolatría… Sin faltar el ya proverbial biopic de culto (en este caso Howl, de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, estrenada en 2010) que busca darnos el sentido de sus vidas a través de un puñado de momentos decisivos. La fascinación que despertaron desde un inicio —y cabría situar ese inicio, al menos en la esfera pública, en 1956-1957, con la publicación de Aullido y En la carretera y el juicio por obscenidad que provocó el poema de Allen Ginsberg— sigue vigente y no parece haber remitido gran cosa. Diría, incluso, que los años les han concedido —sobre todo a Ginsberg, el gran gurú del movimiento, su gestor más o menos confeso— una firme aura de respetabilidad que habría parecido impensable a los lectores de la época. Hasta Burroughs, reclamado en su vejez por las luminarias del post-punk norteamericano, se amoldó sin demasiadas quejas al papel de sabio venerable, capaz de amenizar con su vozarrón los paisajes sonoros de Sonic Youth o de Laurie Anderson.

La perduración del mito no es extraña si pensamos que los beats representan algo así como el canto del cisne del espíritu romántico, su floración final, en el vasto teatro de un país, Estados Unidos, que era y sigue siendo la primera potencia mundial, la gran productora de contenidos culturales de nuestro tiempo. Fueron lo más parecido a un movimiento literario que tuvo Norteamérica, un vástago tardío de las vanguardias europeas que, sin embargo, miraba a Whitman y a Thoreau para postular una escritura —una visión— específicamente americana. Bajo la pátina almibarada de la posguerra, esos felices años cincuenta del presidente Eisenhower, el malestar existencial de los beats permitió la exploración de una América muy distinta: un escenario de conflictos raciales y desigualdad económica, de materialismo feroz y represión sexual, de marginalidad y desesperanza. La final frontier ya no era la California de quienes —colonos o vagabundos— habían soñado con un futuro mejor, sino el inmenso laberinto del interior del país, atravesado por vías de ferrocarril cuya promesa de libertad —como Kerouac y su compinche Neal Cassidy no tardaron en descubrir— se revelaba una y otra vez ilusoria. América estaba podrida. La opulencia era una cáscara que ocultaba un semillero de tedio, hipocresía y avaricia, un enjambre de pueblos temerosos de Dios que castraban lo mejor de su gente. Bajo el colorín de los anuncios de Don Draper, el sistema era una malla represora de la que sólo se podía huir refugiándose en los viajes, las drogas o la experimentación sexual. Los verdaderos mad men iban a ser otros.

Los escritores de la Beat Generation venían casi todos de familias de clase media a las que la Gran Depresión de los años treinta y los duros años de la guerra habían arruinado o desclasado parcialmente; eran jóvenes cultos, inquietos, que decían no creer en las viejas promesas constitucionales —ese “derecho inalienable […] a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” que debemos a Benjamin Franklin—, pero que moldearon su vida y su obra conforme a ese mismo anhelo de alegría, esa búsqueda insobornable del placer que debía ser subversiva y que muy pronto, hippismo y contracultura mediante, entró a formar parte de las redes de la oferta y la demanda. Bien es verdad que para ellos, y siguiendo el ejemplo de Rimbaud, vida y obra fueron una misma cosa, y cabe argüir que muchos, empezando por Ginsberg, hicieron de su vida una obra de arte que nos seduce tanto o más que su escritura. Pero algo tiene que ver en todo esto el que fueran americanos, el que su búsqueda fuera más americana que ninguna otra, y (por último) el que muy pronto estuvieran en el centro de la atención mediática, hasta el punto de formar parte de ese imaginario cultural que Estados Unidos no ha dejado de exportar desde los tiempos de Walt Disney. Los beats se han convertido en un producto cultural y, como tal, están tocados por el gusano de la contradicción, pero siguen vivos y vigentes porque su búsqueda fue genuina, llena de fuerza y de coraje. Pudo ser ingenua y hasta un poco pueril (no incluyo a Gary Snyder, el más serio y constante en su práctica meditativa y sus estudios ecológicos), pero no hay duda de que les movía una pasión espiritual que cada cual resolvió —o sofocó— como pudo: en el caso de Ginsberg, con investigaciones periódicas en la espiritualidad oriental; en el de Kerouac, con un breve paréntesis budista que lo condujo de vuelta al alcohol. Hasta Burroughs, cuyo estudiado nihilismo tanto perturbó a Ginsberg durante los primeros años sesenta —“No hay reglas. Todo está permitido”–, llegó a coquetear con la cienciología, algunas de cuyas técnicas —escribió— “son muy valiosas y merecen que las estudiemos y que experimentemos con ellas”. Bien es verdad que Burroughs era capaz de cualquier cosa con tal de experimentar.

2.
El centro espiritual de los beats fue, sin duda, Allen Ginsberg. En realidad, Ginsberg fue el promotor del grupo, su agente literario, el corresponsal incansable que lo mantenía unido en tiempo de mudanzas, viajes y desastres, el hombre de mil brazos que leía y aconsejaba y animaba y convencía a sus amigos de actuar (y escribir) de una u otra manera. Como Pound medio siglo antes, su esfuerzo hizo visible el esfuerzo de sus compañeros. A diferencia de Pound, fue más humilde, también más tolerante (menos dogmático), quizá por esa inseguridad juvenil que tan bien detalla Deborah Baker en su libro La mano azul y que, paradójicamente, le permitió adaptarse a los tiempos y envejecer con la chispa coqueta y algo autocrítica de un viejo poeta chino.

Se tiende a no tomar demasiado en serio la pulsión metafísica de Ginsberg, o a considerarla liviana, casi frívola, como si su gusto por el espectáculo y los happenings contraculturales fuera incompatible con una predisposición religiosa. Sin embargo, la mejor poesía de Ginsberg (Aullido, Kaddish, Mind Breaths) surge precisamente de ese anhelo de trascendencia, o —inversamente— de la percepción dolorosa de un vacío que vuelve absurdo el mundo, que remueve las palabras del gran poema universal hasta hacerlo incomprensible. Es cierto, según apunta Baker, que Ginsberg tendía a poner el carro delante de los caballos. O, como escribió en su día la poeta Joanne Kyger, pareja por entonces de Gary Snyder y testigo feroz de sus colegas masculinos, Ginsberg “vino a la India en busca de un maestro espiritual, aunque me parece que cree que ya lo sabe todo, sólo que desearía que ese conocimiento lo hiciera sentirse mejor”. La paciencia no era una de sus virtudes, aunque sabía esperar cuando se trataba de sus poemas. Una y otra vez, en estas páginas, lo vemos acercarse a posibles maestros, interpelar a presuntos gurús, como si la respuesta a sus inquietudes pudiera ser inmediata, darse aquí y ahora. Buen norteamericano malgré lui, parece pensar que “el tiempo es dinero”, esto es, que una inversión adecuada de tiempo y de energía debe —por lógica— rendir fruto. Que esto no suceda le desconcierta, aunque no por mucho tiempo. Es joven, le sobran energía y buen humor, y sabe desprenderse del peso de la decepción para volver al ataque.

Aunque el viaje de Ginsberg por la India duró nada menos que quince meses (y vino escoltado, antes y después, por estancias algo azarosas en París, Tánger, Grecia, Israel y Japón), de febrero de 1962 a mayo de 1963, las dos grandes biografías del poeta —Ginsberg: A Biography, de Barry Miles, y I Celebrate Myself, de Bill Morgan— cubren de manera sumaria o incompleta este viaje. No es extraño, aunque lo parezca, ya que este viaje no sólo cambió la vida del poeta sino que, como ha escrito Celia McGee en su reseña de Una mano azul, “contribuyó a engendrar varias generaciones de hipsters, hippies, escritores, artistas, estrellas de rock, chiflados, chamanes y curanderos”.1 El atrezzo de la contracultura no se concibe sin el incienso de la espiritualidad india, y serán Ginsberg y Snyder, con sus viajes respectivos, quienes pongan a arder ese incienso. Sin embargo, para dar cuenta de su peregrinaje como es debido hay que conocer bien el subcontinente, su caleidoscopio deslumbrante de culturas, prácticas religiosas, castas y clases sociales, el agua turbulenta de su historia reciente. Y hay que saber qué peso tuvo en este periplo —cómo lo dirige desde lejos con la fuerza de un campo gravitatorio— la experiencia mística del joven Ginsberg en el verano de 1948 cuando, leyendo a Blake, oyó “la voz de Dios” y entendió que el cielo era una mano azul que se hacía a sí misma: “La mano azul viva, la existencia misma, era Dios”. Este trance alucinatorio es la fuente de la escritura de Ginsberg y la causa primera de que, trece años después, convertido en el poeta de Aullido y Kaddish, decidiera viajar a la India en compañía de Peter Orlovsky. Muchos se han tomado esta visión como una anécdota conveniente o interesada (es decir, falsa), pero no conviene dudar de ella. Cierta o no, cumplió su objetivo: reafirmar la vocación poética de Ginsberg en términos de empeño místico, sublimarla como parte de un camino de beatitud que explicaba también el recurso a las drogas o el gusto por la transgresión sexual. A pesar de sus excesos, nuestro poeta fue quizá el único de los beats que cumplió fielmente con el lema de Rimbaud en “Carta del vidente”: “el desarreglo de todos los sentidos” debía ser “largo, inmenso y razonado” (cursiva mía). Su particular forma de sensatez puede resultar cómica o ilusa en ocasiones, y él mismo parece intuirlo, pero gracias a ella pudo envejecer con elegancia, sin perder la sonrisa.

Deborah Baker no duda de la veracidad del mito, hasta el punto de que ha titulado este libro, su relato del viaje y la estancia de Ginsberg y compañía en la India, La mano azul. Sus credenciales como autora son impecables: conoce de primera mano la realidad del país, sus lenguas y costumbres, su pasado histórico y cultural, y marca desde el inicio la distancia idónea con su protagonista: un respeto que sortea la trampa del servilismo, una ironía que no es iconoclasta. Su complicidad es lúcida y le permite ver con los ojos de Ginsberg sin aceptar al pie de la letra ni sus prejuicios ni sus conclusiones. Está a su lado y lo comprende, asume sus motivos, pero sabe moverse por su cuenta y riesgo, tirar del hilo de una narración que implica todo tipo de itinerarios y encuentros (o desencuentros) personales. Que, de hecho, toma a Ginsberg como astro rey para trazar la órbita de quienes fueron sus planetas o cuerpos celestes, incluyendo a no pocos artistas y escritores indios y a quienes, como Snyder —famoso por ir a su aire, sin pagar peajes familiares o domésticos—, ingresaron brevemente en su zona de influencia sin sospechar lo que se les venía encima. En este sentido, me conmueven muy particularmente las páginas que Baker dedica a los poetas bengalíes agrupados en torno a Sunil Gangopadhyay y la revista Krittibas, algunos de los cuales, estimulados —yo diría incluso: deslumbrados— por la visita de Ginsberg, dejarían la revista para fundar el movimiento de vanguardia que se conoce ahora como “generación hambrienta”.

Quizá lo más sugestivo del libro, dejando de lado su pasmoso conocimiento de la realidad india —el modo, por ejemplo, en que nos introduce en el flujo sensorial de ciudades como Calcuta o Benarés o nos describe su complejo ecosistema literario—, es precisamente esta condición de retrato colectivo en un momento decisivo de la historia de los beats: por sus páginas se pasean en zapatillas, con rara intimidad, Burroughs, Gregory Corso, un Kerouac un tanto espectral (del que se tiene noticia, sobre todo, por las cartas de terceros), los hermanos Orlovsky, Snyder, Joanne Kyger y hasta el gran Paul Bowles como amigo y residente en Tánger. Me gusta la estructura que Baker le ha dado al libro: pegando o arracimando en forma de mosaico pasajes más o menos extensos que se compensan y corrigen mutuamente, que administran con sabiduría los flash-backs y las citas documentales —cartas, diarios— para rastrear en el pasado una explicación plausible del presente. El río de la cronología fluye en ambos sentidos y se abre a lo ancho para dar cabida a los relatos simultáneos de sus protagonistas, la forma en que sus vidas se alejan y convergen sin orden preconcebido. Y Baker no duda en recrear el mundo interior de sus personajes, imaginar sus citas y conversaciones, seguirles hasta los excusados del subconsciente. Lo hace con la discreción o la elegancia que sólo puede provenir de un profundo conocimiento de los datos que maneja, como si fueran una segunda naturaleza.

Esta forma de organizar el material, desde luego, es no sólo seductora u oportuna sino respetuosa: evita las respuestas fáciles, los corolarios inmediatos, y deja al lector la tarea de rellenar los huecos, las lagunas que inevitablemente abre la lectura. Baker apunta algunas correspondencias pero no las agota, como si temiera ejercer un dominio excesivo sobre unas vidas que, en última instancia, escapan a su control. Esto es particularmente cierto en el caso de Hope Savage, quizá el personaje más enigmático del libro y en general de la Generación Beat, si es que cabe incluirla en ese grupo. La he dejado para el final porque tal parece, por la intensidad magnética con que se presenta en la imaginación de Baker —y, por ósmosis, en la de sus lectores—, que Hope fuera la protagonista real de estas páginas, el reverso de la moneda que representa Ginsberg. Y, en gran medida, es así. Haciendo honor a un nombre tan simbólico que casi parece mentira (“Esperanza salvaje”), Savage prefigura el modelo de viajero que huye de sí mismo hasta esfumarse del mapa, del occidental que busca alejarse lo más posible de su antiguo mundo y va rompiendo los lazos que lo unían a él, en una búsqueda de imposible pureza que tantos han querido replicar desde entonces (una variación reciente sería la de Christopher McCandless, el desdichado protagonista de Into the Wild). El caso de Savage es ciertamente extraordinario: una joven de poco más de veinte años que a finales de los cincuenta decide viajar, en condiciones espartanas y muchas veces en solitario, por países que aún hoy inspiran respeto. Fue vista por última vez en 1963, y Baker confiesa no haber dado con ella durante el curso de sus investigaciones. De seguir con vida, tendría ahora setenta y ocho años.

La mano azul es un libro fascinante. Baker forma parte por derecho propio del ilustre linaje de los biógrafos anglosajones, capaces de dedicar años de esfuerzo a explorar la vida de los otros. Hay que ser muy humilde y también muy generoso para entregarse de tal manera a la existencia ajena y transmitirla con claridad y precisión a los lectores. Baker lo hace sin renunciar a las prerrogativas de la imaginación y al vuelo de la palabra. Sabe bien que es la única manera de hacer justicia al legado de los beats y de acercarnos su mundo, su escritura, la intensidad casi demoníaca de su búsqueda. El lector que se interne en estas páginas saldrá de ellas deslumbrado, pero también conmovido, tocado por la mano de la inteligencia y la empatía. No se puede pedir más.

* Este ensayo pertenece al libro La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea, publicado recientemente por Ediciones Saltadera.

1Celia McGee, «Deborah Baker’s ‘A Blue Hand’», The New York Times (11 de abril de 2008).


Jordi Doce / Gijón, España, 1967. Ha traducido la obra de William Blake, T. S. Eliot, W. H. Auden, Charles Simic y Anne Carson, entre otros, y recientemente ha reunido sus versiones comentadas de poesía en Libro de los otros (Trea, 2018). Su poemario más reciente es No estábamos allí (Pre-Textos, 2016). Actualmente coordina la colección de poesía de Galaxia Gutenberg.