16 diciembre, 2019

Texturas de lo mirado

de Daniel Téllez | Reseñas

Rocío Cerón, Materia oscura, Parentalia Ediciones, México, 2018, 20 pp.

 

Un poema es una proyección distinta a todos los demás objetos con los que compartimos el espacio y el tiempo. Es ahí, en una especie de doble o segunda naturaleza, donde se concibe su paradójica forma de ser; hunde su raíz y su razón de ser en el lenguaje. Un poema es un objeto, pero más que objeto también constituye un proceso. Gabriel Zaid recuerda en su libro Leer poesía: “Un poema no es un objeto: es un programa de actos labiales, dentales, visuales, respiratorios, cerebrales, asociativos, espirituales, etc.” Más adelante anota que un poema, entre muchas otras cosas, es también una partitura: en su escritura, en su estructura y en su forma visual están cifradas las instrucciones precisas de cómo debe leerse. Instrucciones para una verdadera práctica de vuelo.

En esa perspectiva de mirar al poema como un organismo complejo, Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) asume que el único lugar posible habita en el lenguaje y en él ciñe todas las construcciones de su vocación experimental; experiencia anclada a las percepciones e ideas del mundo, vértices inmateriales que se fijan en paisajes visuales y sonoros que no alcanzarían una visión renovada de nuestro presente si no fuera por sus multiplicidades y registros. En la plaquette Materia oscura, Cerón conjura, como en sus libros anteriores, imágenes de alto voltaje en la escritura; plasma, en los diversos mecanismos de lectura, diferentes soportes en el modo transversal y transdisciplinario de concebir el discurso poético. Dieciséis porciones conforman Materia oscura, y cada una es una liberación de fuerzas en pugna, que se armonizan en planos diversos de estructuración, ora como “trinos y volteretas”, ora como “cresta de pensamientos”, ora como “signo en trasiego”, ora como “conjunto de (in)materialidades”. La operación límite deviene sucesivas verdades espinadas, esquirlas de palabras; constelaciones entre el decir poético y el objeto, entre el decir poético y el espacio; una perpetua polisemia que, en realidad, sucede fuera del poema:

A la mirada darle elasticidad amorfa para salir de los muros. Adherirse a las cornisas. Dejar la vista sin ataduras. Luz opaca, estado de fruta marchita: calce de la pata de la mesa con su oscuridad de infancia. A los ojos darles pulso para aligerarse al paso de lebreles y abejas.

Un poema es una juntura de equilibrio en la cuerda floja tendida entre la realidad y el lenguaje, pero es también, lo sabemos, la cuerda floja, el acto de equilibrismo y el pasmo del público que lo observa. Bien visto, en esa viga del equilibrio, un poema es, como anota Paul Valéry, “esa oscilación prolongada entre el sonido y el sentido”. Más aún: un poema es el testimonio de un ser humano que ha comprendido que el mundo es real por un lado e irreal por el otro. En la obra poética de Cerón se advierte un fecundo anverso y reverso del cosmos, una progresión de las formas que organizan la materia oscura de la contemplación; aquí se zarandea la experiencia de la poeta, subyugada por el fondo cerrado de la palabra más dura:

Mírame cuando el silencio se interponga, mírame cuando el ocultamiento del miedo desvanezca tus párpados. Capa tras capa —sotierro, ángulo o cornisa— queda sólo la luz basáltica de quien se oculta entre reflejos.

Lector ferviente de Cerón, encuentro que su poesía es la partitura de una conciencia humeante —y, sin embargo, habitable— que se sigue escribiendo y cuyo tránsito, a lo largo de los años, despliega un espacio alternativo entre la lectura y la escritura: de la lectura convencional al performance, del montaje visual ensayado a una nueva sintaxis del mundo, del paisaje escritural en la pantalla a una epifanía barroca y conceptual, del lenguaje electrónico a la fotografía.

En una entrevista reciente con Mónica Maristain, la poeta señala:

La poesía siempre ha sido la fuente de experimentación del lenguaje y del arte. No es nuevo. Lo que es nuevo ahora son las plataformas en las que estás jugando con la poesía digital, con los memes o con el propio cuerpo. Me gustaría sentir que la vanguardia que estoy haciendo es como llevar hacia el límite el lenguaje. Yo escribo, pero Materia oscura tiene estas salidas escénicas, performáticas, donde la deconstrucción del poema empieza a crearse como en un estado que de pronto se convierte en una experiencia física. Puedes ir a una performance mía y físicamente sentir como una cosa eléctrica. Yo lo siento y esto va de ida y vuelta. El espacio-tiempo del poema y en el cuerpo del otro provoca otra cosa que no es la lectura solamente. Me parece que los poemas tienen que ser viajes para el lector. La vanguardia tiene que ver con eso con generar en el espectador, en el lector, viajes, como si fuera un viaje de LSD. Eso me parece alucinante.

En Materia oscura, como en Basalto, Tiento, Imperio, Diorama o Borealis, sus otros libros de poesía, se perciben constantemente las obsesiones de Cerón, imbricadas en la memoria como ondas de resonancia:

Dibujar la conciencia de la existencia, el flujo del tiempo. Como cuando se toma el pulso de los trazos. Lo inacabado se esfuma en la presencia. Solo queda un lugar común, dimensión temporal de lo visible. Míralo cuando toquen  sus pies los ríos de lava, mírale el gesto, las partículas del deseo, su adherencia al recuerdo cuando su madre le peinaba. Míralo en el reflejo que lo transforma en ti.

Como en Observante, su más reciente proyecto para la Casa Estudio Luis Barragán, la poesía de Rocío Cerón enfatiza su diálogo transmedial, donde música, cuerpo e imagen son paisajes del tiempo, texturas y velocidades de lo mirado; modos de imputar el lenguaje de los que habló Ezra Pound —melopea, fanopea, logopea: el lenguaje convertido en experiencia poética en el poema—. Trípode que, en la escritura de Cerón, no deja de atender el ritmo de los latidos del corazón en la noche oscura de la apetencia; los ojos abiertos al despertar de la imagen y el mundo luminoso de las formas visibles. Sabe, como Eugenio Montale, que “La poesía es una forma de conocimiento de un mundo oscuro que sentimos en torno de nosotros, pero que en realidad tiene sus raíces en nosotros mismos”. Aquí la palabra se construye y deconstruye como la materia misma.


Daniel Téllez / Ciudad de México, 1972. Poeta, profesor e investigador del Estridentismo y de tópicos populares vinculados a la literatura. Ha publicado ocho libros de poesía, cuatro antologías literarias y es coautor de diez libros de ensayo, poéticas, crítica literaria y varia invención. Colaboador de las revistas Luvina, La Otra y Tierra Adentro, entre otras. Es académico de la Universidad Pedagógica Nacional.