2 diciembre, 2019

Una casa es una ciudad

de Brenda Ríos | Reseñas

Adriana Ventura, Boceto de una vida sin casa, Praxis, México, 2018, 64 pp.

Los temas son dos: la ciudad y la casa. Una persona se muda, camina sola, busca empleo, se enamora, se embaraza, se cansa, se sube a un autobús, no puede pagar la renta, se pregunta todo el tiempo cosas que importan y cosas que no importan. ¿Qué más da saber la diferencia?

Los libros suelen ser estancias, estados de ánimo o un compendio de preguntas puestas juntas. Boceto de una vida sin casa, de Adriana Ventura (Cruz Grande, Guerrero, 1985), es otra cosa: un mapa sentimental y un mapa del interior de una cabeza; una visita guiada, digamos. Lo que anda en el libro es una desazón general, producto de construir la vida en las ciudades. Se nota la voz recién llegada: “Las escenas de concreto se suceden, avanzan con fuerza sobre los cerros. Atrás, la ciudad hierve […] Nada se cierra, nada se abre.”

A veces la poeta es prístina: “Nadie me dijo que viniera. Nadie me llamó./ Fue mía la insistencia por partir./ Segmentar mi cuerpo./ Debió ser lunes muy temprano/ cuando salí./ Eran tiempos de las sombras/ cuando me detuve en seco/ frente a la destrucción.” A veces solo ella puede atravesar la oscuridad de los pasillos: “Los orificios se cierran como la sombra de los otoños dibujados en mi equipaje. Intento, desde aquí, con esta voz, trazar un plano”.

No es fácil habitar una ciudad. De ninguna manera. No es fácil salir de la casa familiar, de lo conocido, de lo amable. Salir de los padres al mundo. Este libro da cuenta de algo que considero un acierto: saber hallar el hilo que une a padres e hijos, casa y familia, y a la persona misma que es una casa dentro de una ciudad ajena.

La casa no es un juego. La casa es lenguaje infantil, límite y riesgo. Uno aprende ahí qué es uno y qué es el otro. Dónde es madre y padre, y dónde es hermano o hermana. Uno aprende que las tribus existen: tienen costumbres en la mesa, tienen hábitos, ciertas maneras de decir las cosas, expresiones propias, inherentes a un clima y a una ciudad natal. Las tribus existen porque nacemos y somos lanzados de los vientres húmedos y calurosos a ciudades húmedas y calurosas. Estamos habituados. Debemos ahora hallar las diferencias: una usted los puntos que están en el dibujo, saque conclusiones. Salga de su casa, construya otra, comience por los cimientos. Construya, sea hábil, comience, continúe. Comience por los espejos: ahí comienzan las reproducciones de las cosas y los rostros.

Una vez dentro, protegido del clima, a resguardo, siéntese en el centro: agradezca lo que haya que agradecer. Si no tiene nada que agradecer, piense en el principio básico de una casa: está usted a resguardo.

Este libro, en un principio, ataca por el frente visible: la casa es un cuerpo. Y el cuerpo descansa, agrede, se defiende. El cuerpo es lánguido, poroso, contiene luz y agua. Hay que pagar renta, hay que tratar a los vecinos. El cuerpo, como la casa, nos enseña que no estamos solos. Esa es la condena y la fortuna. Hay que enamorarse, salir de uno mismo como si uno fuera un patio, una zotehuela donde está el tanque de gas, una planta muerta. Todo eso que hace una casa hace un cuerpo. Se habita, se pertenece, se deja ser. Un día, también, nos mudamos. De eso estamos hechos: de movernos de un lugar a otro para comprender algo: la ciudad, nosotros mismos, el desempleo, la vida ríspida. Crecer, nadie nos advirtió, es un ejercicio de aprender límites: la pared, la piel, la ciudad, la piel, la rutina, la piel. Todo es repetición y en ella caemos todos. Una vez, otra vez, una vez, otra vez.

Una mujer joven viaja del estado de Guerrero a la ciudad de México. Como cualquiera, vamos. Busca la vida, como todos. No es fácil, como siempre. Nadie dijo que lo sería. Esa mujer joven aprendería algo: una ciudad enorme es un cuerpo enorme. Un cuerpo que se alimentaría de nostalgia: todo lo amado estaría lejos. La suerte del que migra es difícil. Podría haberse ido a Los Ángeles, Chicago o Berlín. Es igual pero no. Eligió la ciudad más grande cerca a su lugar de origen. Para poder volver, es obvio. Los hombres se alejan, las mujeres no tanto, no siempre. Debe ser algo de la crianza.

Toda la noche lleva cruzar esta casa. Y su temperamento sombrío se instala en el pecho para depositar el alma en un estanque. Hay peces rojos en el embalse, se mueven lento, con miedo. El miedo despierta puntual en septiembre: el otoño moja sus pies en el lago y entra a la casa. Toda la noche cayendo del tejado para terminar en una habitación, no en la casa.

La poeta hace una apuesta; en su lenguaje se queda en los corredores, a medio camino entre la luz natural y la obscuridad de las habitaciones. Apuesta por tratar de ver qué hay dentro. Entrar a un cuarto obscuro siempre pide lo mejor de nosotros mismos.

No tengo casa,
lo admito,
me perforan los dedos del viento,
hacen anillos en mi carne
y tiemblo.
Hambre.
Frío. Mas ánimo.
Quizá desde antes ya estaba rota.


Brenda Ríos / Acapulco, Guerrero, 1975. Ensayista, poeta y traductora. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fonca en el programa de Jóvenes Creadores y del Programa de Estímulos Artísticos PECDA Guerrero, entre otros. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013 y el Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2018. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.