16 diciembre, 2019

Esperando el milagro

de Elizabeth Bishop | Traducciones

Versiones y presentación de Eugenia Santana Goitía.

 

¿Cómo presentar a Elizabeth Bishop, sobre todo cuando estamos ante un puñado de poemas suyos? La consagración de los escritores, a veces, obra de maneras misteriosas. El caso de Bishop es particularmente misterioso. A pesar de sus premios y galardones, fue poco conocida en vida —John Ashbery llegó a definirla como “una poeta de los poetas de los poetas”—, y, solo después de su muerte, ganó cada vez más popularidad y lecturas. Dicho proceso se acentuó en la década de los noventa con la publicación de One Art, una selección de sus cartas. Este fue sólo el inicio de un largo redescubrimiento de su obra: cada año se publican nuevas ediciones de sus libros, cartas y otros papeles personales; ensayos y volúmenes enteros la tienen como protagonista dentro y fuera de los ámbitos estrictamente académicos.

En contraste con el confesionalismo que había impregnado a sus contemporáneos, la crítica suele resaltar la precisión de Bishop, el “ojo” (“eye”) antes que el “yo” (“I”), su afición por la naturaleza y las descripciones exactas. No obstante, se trata de una perspectiva algo reduccionista: presupone que el mismo acto de ver es límpido y transparente. Para Bishop, la poesía siempre habitó un espacio entre lo natural y artificial; varias de sus reflexiones más teóricas sobre la escritura se debaten entre esos dos polos: “Escribir poesía es un acto antinatural… Hacer que parezca natural demanda mucha habilidad”, apunta Bishop. En un texto no publicado, compara la situación del poeta con la de su abuela materna, una puritana que tenía un ojo de vidrio y no se miraba demasiado al espejo: “A menudo, el ojo de vidrio apuntaba hacia el cielo, y el ojo real te miraba fijo […] La situación de mi abuela me resulta bastante similar a la del poeta: la dificultad de combinar lo real con lo indudablemente irreal; lo natural con lo antinatural; el efecto curioso que produce un poema de ser tan normal como la vista y al mismo tiempo tan sintético, tan artificial, como un ojo de vidrio”.

Los siguientes tres poemas, “Un milagro para el desayuno” (“A Miracle for Breakfast”), “Sextina” (“Sestina”) y “Un arte” (“One Art”), tienen algo en común: sus formas son fijas. Dos sextinas y una villanela. El arte de Bishop consigue que el uso de las formas cerradas nos parezca inevitable, un acto del destino antes que un producto de la técnica.

 

Un milagro para el desayuno

A las seis en punto esperábamos el café,
el café y esas compasivas migas
que nos traerían desde algún balcón
como a reyes de antaño, o un milagro.
Aún estaba oscuro. Un pie de sol
se posó en una larga onda del río.

El ferry matinal cruzaba el río.
Por el frío, queríamos café
caliente, dado que la luz del sol
no iba a darnos abrigo; y que las migas
fueran pan, mantequilla, por milagro.
A las siete salió un hombre al balcón.

Estuvo un rato solo en el balcón
con la mirada fija sobre el río.
El criado le dio los ingredientes de un milagro,
una sencilla taza de café
y un panecillo que deshizo en migas,
su cabeza, digamos, entre las nubes, junto con el sol.

¿Estaba loco el hombre? Bajo el sol,
¿qué trataba de hacer, en el balcón?
Recibieron los hombres duras migas,
que algunos arrojaron desdeñosos al río,
y, en la taza, una gota del café.
Algunos nos quedamos, esperando el milagro.

Diré qué vi después; no fue un milagro.
Una hermosa mansión se alzaba al sol
y salía, caliente, de la puerta un aroma a café.
Al frente, en yeso blanco, un barroco balcón
de pájaros que anidan junto al río
—lo vi sin despegar el ojo de las migas—

y salas y recámaras de mármol. Mis migas,
mi mansión, fabricada por milagro
durante años, por insectos y aves, por el río
que erosiona la piedra. Cada día, en el sol,
me siento al desayuno en mi balcón
y con los pies en alto bebo mucho café.

Lamimos esas migas, tragamos el café.
Una ventana frente al río captó la luz del sol
como si el milagro ocurriera, pero en otro balcón.

 

A Miracle For Breakfast

At six o’clock we were waiting for coffee,
waiting for coffee and the charitable crumb
that was going to be served from a certain balcony
—like kings of old, or like a miracle.
It was still dark. One foot of the sun
steadied itself on a long ripple in the river.

The first ferry of the day had just crossed the river.
It was so cold we hoped that the coffee
would be very hot, seeing that the sun
was not going to warm us; and that the crumb
would be a loaf each, buttered, by a miracle.
At seven a man stepped out on the balcony.

He stood for a minute alone on the balcony
looking over our heads toward the river.
A servant handed him the makings of a miracle,
consisting of one lone cup of coffee
and one roll, which he proceeded to crumb,
his head, so to speak, in the clouds—along with the sun.

Was the man crazy? What under the sun
was he trying to do, up there on his balcony!
Each man received one rather hard crumb,
which some flicked scornfully into the river,
and, in a cup, one drop of the coffee.
Some of us stood around, waiting for the miracle.

I can tell what I saw next; it was not a miracle.
A beautiful villa stood in the sun
and from its doors came the smell of hot coffee.
In front, a baroque white plaster balcony
added by birds, who nest along the river,
—I saw it with one eye close to the crumb—

and galleries and marble chambers. My crumb
my mansion, made for me by a miracle,
through ages, by insects, birds, and the river
working the stone. Every day, in the sun,
at breakfast time I sit on my balcony
with my feet up, and drink gallons of coffee.

We licked up the crumb and swallowed the coffee.
A window across the river caught the sun
as if the miracle were working, on the wrong balcony.

 

Sextina
 
Cae la lluvia otoñal sobre la casa.
Bajo la tenue luz, la anciana abuela
se sienta en la cocina con la niña
y, acurrucada al lado de la estufa,
lee los chistes en el almanaque
y ríe y charla para ocultar sus lágrimas.
 
Piensa que sus equinocciales lágrimas
y la lluvia en el techo de la casa
fueron predichas por el almanaque,
y sólo lo intuyó la anciana abuela.
La tetera que canta está en la estufa.
Corta el pan y después dice a la niña
 
ya es la hora del té, pero la niña
ve en la tetera las pequeñas lágrimas
que bailan como locas en la estufa
como la lluvia arriba de la casa.
Cuando empieza a poner orden, la abuela
cuelga de nuevo el pícaro almanaque
 
del piolín. Como un ave, el almanaque
se cierne a medio abrir sobre la niña,
y se cierne también sobre la abuela
y su taza de té llena de lágrimas.
Tiembla y dice que piensa que la casa
se enfrió, pone más leños en la estufa.
 
Tenía que pasar, dice la estufa.
Sé lo que sé, le dice el almanaque.
Con crayones, la niña hace una casa
y un caminito. Luego hace la niña
un hombre con botones como lágrimas
y, feliz, lo presume ante su abuela.
 
Pero, en secreto, mientras que la abuela
se ocupa de las cosas de la estufa
las diminutas lunas, como lágrimas,
caen del interior del almanaque
al cantero de flores que la niña
con cuidado trazó frente a la casa
 
Planten lágrimas, dice el almanaque.
La abuela canta enfrente de la estufa
y la niña dibuja otra insondable casa.

 

Sestina

September rain falls on the house.
In the failing light, the old grandmother
sits in the kitchen with the child
beside the Little Marvel Stove,
reading the jokes from the almanac,
laughing and talking to hide her tears.

She thinks that her equinoctial tears
and the rain that beats on the roof of the house
were both foretold by the almanac,
but only known to a grandmother.
The iron kettle sings on the stove.
She cuts some bread and says to the child,

It’s time for tea now; but the child
is watching the teakettle’s small hard tears
dance like mad on the hot black stove,
the way the rain must dance on the house.
Tidying up, the old grandmother
hangs up the clever almanac

on its string. Birdlike, the almanac
hovers half open above the child,
hovers above the old grandmother
and her teacup full of dark brown tears.
She shivers and says she thinks the house
feels chilly, and puts more wood in the stove.

It was to be, says the Marvel Stove.
I know what I know, says the almanac.
With crayons the child draws a rigid house
and a winding pathway. Then the child
puts in a man with buttons like tears
and shows it proudly to the grandmother.

But secretly, while the grandmother
busies herself about the stove,
the little moons fall down like tears
from between the pages of the almanac
into the flower bed the child
has carefully placed in the front of the house.

Time to plant tears, says the almanac.
The grandmother sings to the marvelous stove
and the child draws another inscrutable house.

 

Un arte

Qué fácil es el arte de la pérdida.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse que ya no hay más tragedia.

Pierde algo cada día. En calma acepta
llaves perdidas, horas malgastadas.
Qué fácil es el arte de la pérdida.

Luego ensaya perder más, con presteza:
sitios, nombres, y a dónde te llevaba
tu viaje. No será mayor tragedia.

Perdí el reloj de mi mamá… ¡Y observa!
se fue la última casa que adoraba.
Qué fácil es el arte de la pérdida.

Perdí un par de ciudades tan espléndidas…
tierras, dos ríos, reinos que guardaba.
Los extraño, aunque no fue una tragedia.

—Aun si te pierdo (grácil voz, manera
que amo), no habré mentido. Hablo confiada:
Qué fácil es el arte de la pérdida
aunque parezca (¡Escríbelo!) tragedia.

 

One Art

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

—Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (
Write it!) like disaster.


Elizabeth Bishop / Estados Unidos, 1911-1979. Autora esencial de la poesía escrita en lengua inglesa del siglo XX, mereció, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional del Libro, el Pulitzer de Poesía, el Internacional Neustadt de Literatura y la beca Guggenheim. Su obra completa, tanto en poesía como en prosa, fue traducida y publicada por el sello iberomexicano Vaso Roto en 2016 y 2017.


Eugenia Santana Goitía / Buenos Aires, Argentina, 1990. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Traductora literaria, forma parte del equipo de dirección de la revista Hablar de poesía.