9 diciembre, 2019

Una encrucijada del cielo. Jules Supervielle y la Generación del 27

de Jules Supervielle | Rescates

Presentación de Ida Vitale. Versiones de la Generación del 27.

 

La presencia francesa en Montevideo, puerto natural del Río de la Plata, hace menos inexplicable esa rara conjunción a lo largo de un siglo, de [Isidor Ducasse, Conde de] Lautréamont [1846-1870], de [Jules] Laforgue [1860-1887] y de [Jules] Supervielle [1884-1960], “los tres escritores que el Uruguay dio a Francia”, según la fórmula producida por ella. Pero vengamos a Jules Supervielle.

[…]

Supervielle es diferente del resto de los poetas franceses, y no sólo, claro está, por esas peculiaridades. Se ha hablado de su solemnidad y de su humor, de su libertad y de su clasicismo, de su ligereza sin frivolidad, de panteísmo y de intimismo, de sencillez y de hechicería. Todo es cierto. Esas sumadas diversidades se dan reunidas en lo que Paz ha llamado la poética de la incertidumbre, en un todo asombrosamente coherente, desde el momento en que él alcanzó su propia voz. Llegó a ella con lentitud, superando influencias (Whitman, Laforgue), después de primeros libros que quiso olvidar o de los que desconfió. Un día será, para siempre, el desarraigado con doble arraigo, que reúne las cosas opuestas del pasado y del presente, necesarias en una encrucijada del cielo; el que camina en sueños por los territorios de ese gaucho que ignora los Dioses del Olimpo que todavía ritman el viejo mundo o entre los milagros clandestinos que le ofrece la mitología o la leyenda sacra, retomadas en muchos de sus cuentos. En estos o en sus breves apólogos, en sus novelas, en el teatro o en sus libros de poemas, que lentamente maduran, revisados en sus múltiples ediciones, siempre aparece como rasgo unidor una visión originalísima del mundo y una formulación precisa de la nebulosa de la que esas intuiciones son arrancadas.

[…]

Una poesía que insiste en temas de piel adentro con persistentes menciones a la sangre, a los nervios, a agitaciones nada metafóricas de su corazón, a la enfermedad y a la muerte, en la que el propio cuerpo es observado con tanta constancia, podría rechazar a sus lectores por exceso de egotismo. Sin embargo, de ella emana un encanto inconfundible […] Y de su sinceridad alucinada, que nos lleva a acompañarlo en observaciones que buscan la absoluta fidelidad psicológica, traducida en imágenes que pasan a través de la memoria poética, donde se adensan sin perder su sencillez y su naturalidad y la exactitud en la imprecisión.

Además, observar no es regodearse. Supervielle se estudia como estudia el mundo, en sus apariencias y en su realidad profunda. Quizá el pasaje de más alta complacencia sea aquel en el que agradece a los nervios haberlo hecho poeta.

—Ida Vitale

 

Esperar que la noche…
Versión de Pedro Salinas

Esperar que la noche siempre identificable,
por su gran altitud donde no alcanza el viento
      y sí el dolor del hombre,
venga a encender sus fuegos temblorosos e íntimos,
y descargue el silencio barcas de pescadores,
y linternas de a bordo brizadas por el cielo,
y redes consteladas, en nuestra alma abierta.
Esperar que nos haga ella su confidente
Gracias a mil reflejos, a móviles secretos.
Y que nos acaricien, como pieles, sus manos,
a nosotros, perdidas criaturas maltrechas
      por la gran luz y el día,
recogidos por ella, penetrante, porosa,
más segura que esa cama de nuestra casa,
albergue susurrante y siempre acompañándonos,
hueco donde posar la cabeza que ya
        a gravitar empieza
a llenarse de estrellas, a dar con su camino.

 

Principios
Versión de Jorge Guillén

En los ojos de esa cierva
Un negro estanque se ve,
Cabañas de un mundo diáfano
Y un ciervo que bebe en él.

Sólo existe el relinchar
De un caballo venidero,
Y la huida de su crin,
Disputa de cuatro vientos.

Rostro muy claro hasta mí
Llega, sin dueño, de lejos,
Su pasión de conocer
Quiere vivir en un cuerpo.

Si labios no le coloran,
Con un estudioso afán
Doble trenza de cabellos
Por trozo de un hombro va.

Girad, girad, cabelleras,
Ademanes aun sin brazos,
Bríos que a un alma buscáis,
Violencias hacia brazos.

Oh miradas sin raíz,
Sin iris, que en una vía
Plateada erráis: ¿por fin
Os captará una retina?

 

Poema
Versión de Gerardo Diego

El mundo se ha tornado frágil
como una copa de cristal,
las ciudades y las montañas
y el mismo océano natal.

Tan vulnerable es una roca
como una rosa en su rosal,
y duda y tiembla a nuestros pasos
la arena, arena del playal.

Tan presto puede todo hundirse
que si la miras ya no alcanza.
La tierra se ha hecho tan insólita
que no devuelve la esperanza.

Viejo, muchacha, niño sube
cada uno a salvarse en su nube
pues que no hay ya asilo seguro
en lo sólido y en lo duro.

 

Fuego de cielo
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

I
El rayo separó al hombre de su sombra.
¿Adónde así corréis, buenas sombras sin hombres?

Animales errantes, hocicos, espinazos
¿Sois ese inmenso fuego de zarzales lejanos?

Ríos a la redonda, de qué modo tembláis
En las aguas rocosas, ¿qué vais a dar a luz?

Peces que vais huyendo sobre las aguas tórridas,
¿Qué habéis hecho, qué habéis hecho del golfo de Florida?

Queda el aire angustiado de gaviotas inmóviles
Su corazón es isla de hielo entre las plumas.

Colonos de uno en uno que avanzaban nadando
Los depositan vivos sobre costas de horror.
—¿Y quiénes sois los que así habláis
Con esa voz que no es la nuestra
¿Responderás, oh abismo, donde temblaba un rostro?

—He aquí el día llegado, he aquí llegado el día
En que el monte ha crecido a las nubes su altura.
Y mientras más silencio hace la muerte
Los vientos cambian de planeta.

 

II
Una voz cae de una nube
Diciendo: “Llego al momento”.
Pero la nube ya se marcha,
Nadie desciende.
Atraviesa el espacio, mudo, un barco de carga
Escondiendo la noche en sus bodegas,
Caer deja en el alba un puñado de sombras
Pero sólo soy yo quien lo apercibe.

De uno a otro lado del mundo
Marchan altivas estatuas
Grandes galopes de mármol
En patrulla por las calles.

“Y tus documentos, transeúnte oscuro.
El brazo vendado y el pecho en ceniza.
Dime si aún quedan vivos en el mundo
—Sombra por sombra, somos, amigos, compañeros
¿No ves acaso que llevamos
El negro anillo de los muertos?”.

 

Profecía
Versión de Manuel Altolaguirre

Un día será la tierra
Sólo un espacio que gira
Confundiendo día y noche
Bajo el cielo sin los Andes
No se verá una montaña
Ni el menor desfiladero.

De todas las casas del mundo
No quedará más que un balcón
Y del humano mapamundi
Una tristeza sin cubrir
De lo que antes fue el Atlántico
Un sabor a sal en los aires
Y un mágico pez volador
Que de la mar no sabrá nada.

Desde un cupé del año treinta
(Cuatro ruedas, ningún camino)
Tres señoritas de esa época,
Ya convertidas en vapor,
Mirarán por la portezuela
Creyendo a París muy cerca
Y sentirán en torno de ellas
El asfixiante olor del cielo.

Donde los bosques florecían
Se elevará un canto de pájaros
Que nadie ya podrá situar
Ni preferir, ni oír siquiera
Excepto Dios que al escucharlo
Dirá en voz baja: “Es un jilguero”.

 


Fuentes:

AA.VV., Las traducciones del 27. Estudio y antología (Francisco Javier Díez de Revenga, ed.). Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2007, 329 pp.

Jules Supervielle, Amigos desconocidos. Antología (Ida Vitale, prol.; José Luis Rivas, sel.). México: Vuelta, 1994, 331 pp.


Jules Supervielle / Montevideo, Uruguay, 1884 – París, Francia,1960. Fue poeta, narrador y dramaturgo franco-uruguayo. La publicación de sus poemas en 1919 llamó la atención de André Gide y Paul Valéry, y lo puso en contacto con la Nouvelle Revue Française. En 1925 publicó Gravitations, considerado como una de las cumbres de la poesía francesa del siglo XX. En 1996 la editorial Gallimard publicó sus obras poéticas completas en la célebre colección de La Pléiade.