2 diciembre, 2019

La densidad de las piedras en el aire

de Carlos Cociña | Inéditos



(hasta habitar)

En versión expandida la casa es otra. Aparecen personas desconocidas, no extrañas, entre muros translúcidos. Incluye otras habitaciones, asentamientos, y es la misma. Se amplía en direcciones inesperadas a territorios lejanos. Hay más personas de las que puede cobijar, aunque su estancia y tránsito es parte de su sentido. Lo que se desconoce deja de desaparecer en su aire. La sensación de frío o de calor es perceptible, independiente de la temperatura de las estancias y el entorno. No se satura en condiciones extremas, limites que se evanecen y transforman en elementos de su condición. Se construye a sí misma con los materiales del visitante permanente, a expensas de lo que éste no puede ocultar. En su visión acotada, la casa está a ritmo de galope libre.

 

(hasta aguas)

El uso compasivo de paliativos en la herida, tumba en opioides las sensaciones al aire libre, colmado de pequeñas señales de vida. Con las extremidades raspando en el exoesqueleto, el sonido es similar al de las cuerdas vocales de los seres emplumados, especies de serpientes que reptan volátiles entre montículos escalonados. La densidad de las piedras en el aire reverbera los sonidos.

 

(hasta paisaje)

El desierto es un espejismo del espejismo de la ciudad en el desierto. Esta se construye sobre una anterior, y todas ellas serán elevadas por los movimientos tectónicos, o depositadas en lo que en algún momento será una extensión de agua, de tierra, o de aire sobrecargado con partículas en suspensión. Vestigios de vida como material duro o expandido en una nube de hidrógeno en que a este no se le puede identificar. La añoranza o expulsión de las tierras devastadas tiene su momento relativo cuando explosiona desde la preñez, algo así, en luz.

 

(hasta violencia)

Sólo humanos permiten que una a una y cientos de personas se ahoguen en el mar, sólo humanos arrojan personas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, sólo humanos envían a decenas de personas a morir en las nieves de la montaña. Lo humano esté clausurado por el significado de lo humano. No importa cuántas veces una operación se aplique al cuerpo, pues no hay forma de escapar de lo humano, de salirse de lo humano. Se es víctima de una ilusión desgarradora. Todo otro animal no hace esas operaciones en otros animales, ni busca en el lenguaje una opción que lo olvide. Lo que el humano llama inhumano, sigue estando perfectamente acomodado dentro de él. Una a una y cientos de personas se ahogan en el mar, son arrojadas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, enviadas a morir en las nieves de la montaña.

 

* Estos poemas pertenecen a Materiales, de próxima publicación.


Carlos Cociña / Concepción, Chile, 1950. Es poeta. Ha publicado, entre otros, los libros Aguas servidas (1981), Tres canciones (1992), Espacios de líquido en tierra (1999), A veces cubierto por las aguas (2013), Plagio del afecto (2009) y La casa devastada (2017). Ha sido reconocido con el Premio Municipal de Poesía de Santiago, el Premio a la Trayectoria del Festival de Poesía La Chascona y el Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile.