3 mayo, 2021

La grieta de Zaidenwerg

de Julián Herbert | Reseñas

50 estados. 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos, Selección, prólogo y traducción de Ezequiel Zaidenwerg, Antílope, 2020, 341 pp.

No basta con hablar de identidad, hay que hablar de retórica. Por ejemplo: Amanda Gorman lee un poema en la toma de posesión de Joe Biden, el texto se hace viral y, cuando se vierte a otras lenguas, las redes sociales demandan que quien lo traduzca sea forzosamente una mujer joven y de raza negra, lo mismo que la autora del original. Ahí tienes una alegoría: la identidad desproblematizada por el velo de la estulticia y reducida a símbolo woke para gloria mayor de las élites. Si yo quisiera hacer justicia a la identidad retórica de “The Hill We Climb” (el poema en cuestión), iría a la fuente de su fama: demandaría que el traductor fuese un político blanco, anciano, conservador, millonario y belicista. Si externo esta parodia es para recalcar que la identidad cognitiva de cualquier individuo es un ente fragmentario, y problematizar tal condición es una de las funciones políticas más interesantes de la literatura. Así lo entendió el poeta y traductor argentino Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, 1981) al confeccionar 50 estados, obra ambigua y poderosa que se desenvuelve en las antípodas del poema de Gorman y propone visiones lúcidas y complejas acerca de género, territorio, autoría, tradición e idioma: temas todos ellos relevantes para la discusión estética contemporánea.

¿Qué es 50 estados? Si nos limitamos al perímetro interno de su textualidad sin contar los agradecimientos y la cuarta de forros, es decir del prólogo a la última respuesta de la última entrevista, se trata de una antología de 13 poetas estadounidenses (cinco mujeres, ocho hombres) nacidos entre 1976 y 1994, seleccionados y entrevistados por Zaidenwerg y presentados mediante una breve selección de poemas que se publica en formato bilingüe (inglés/español). Las entrevistas parten de una misma batería de preguntas con ligeras variantes en cada entrada. El autor acompaña estos episodios con un prólogo de cuatro páginas escasas que, refractado en las preguntas de su cuestionario, podría considerarse lo mismo una mini-poética del arte de la traducción que una conjetura acerca de la tradición lírica estadounidense y su irradiación en un presente multicultural. Desde un punto de vista social/cotidiano, algunos de los poetas incluidos tienen cierto grado de relación o conocimiento mutuos, siendo el vínculo más acusado el existente entre Joe Urbach y Amy Benoit, ex esposos. 

¿Qué es 50 estados? Vista como narración que participa del género de los umbrales (así llama Gérard Genette al título, los comentarios y addendas o la cuarta de forros de cualquier libro), se trata de una pieza de ficción parcialmente colectiva ejecutada en prosa y verso, e influida por la escritura de Fernando Pessoa. Gracias a algunos comentarios laterales, lo mismo que a las reseñas que han aparecido hasta hoy, los potenciales lectores estamos en condición de saber que ninguno de los trece poetas incluidos “existe en este plano de la realidad” (la frase es de Alberto Chimal). Mi sospecha —el paratexto resulta inequívoco, pero a la vez vago— es que los poemas de los trece autores compilados fueron escritos originalmente en español por el propio Zaidenwerg y posteriormente traducidos al inglés por los poetas que aparecen enumerados en sus agradecimientos finales. Aventuro también que fue Ezequiel quien escribió, poseído por 13 arrebatos identitarios distintos, las respuestas a cada entrevista. Pero esto, insisto, no es más que una conjetura: una de las genialidades que emite 50 estados es ser fiel al juego del escondite de la identidad: no romper la cuarta pared que hay entre antólogo y lector. La pista más clara respecto a la autoría son las palabras que aparecen (firmadas por Hernán Bravo Varela) en la cuarta de forros: “Relato de aventuras de un traductor y antólogo, cuaderno de ejercicios y exorcismos de estilo […] no es otra ‘novela de poeta’ más, sino una ‘novela de poemas’.” En el prólogo (y este es quizá su mayor guiño al respecto), Zaidenwerg describe su trabajo como una “novela tenue”. Yo añadiría: una novela de umbrales —volviendo a la imagen que usa Genette para referir el paratexto.

El tema no da para poco. La primera conjetura que me viene a la cabeza es que toda antología literaria es también una novela clandestina —cuando no un culebrón—. La manera más sencilla de ilustrarlo es Laurel, el proyecto del modernismo iberoamericano emprendido por Contemporáneos cuya valía literaria quedó demeritada por la mutua autoexclusión de Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda. Este evento de rencor entre poetas culminó, a su vez, con la sabrosa anécdota de Paz casi agarrándose a puñetazos con Neruda en un brindis cultural con el pretexto de qué tan blanca estaba la camisa (o la conciencia) de seda de Octavio. Lo que me lleva al siguiente umbral: el pliegue novelesco que hay en toda antología es también vecino del chisme, y el chisme es un género predominantemente oral. Zaidenwerg tiene el talento y la sutileza necesarios para dejar entrever ese tipo de dramas en un par de lugares de 50 estados, pero sin explicitarlos del todo. Un botón de muestra: en su entrevista, Joe Urbach habla con profusión y displicencia de su divorcio de la poeta Amy Benoit (también, como se dijo antes, incluida en la muestra). En cambio ella, al ser entrevistada, pasa por el tema de una forma ligera, casi casual. Sin embargo, la selección de poemas de Amy incluye un par de devastadoras piezas sobre la separación de los amantes, lo que entrelaza el poder cognitivo de la narración con el de las imágenes poéticas de una manera tensa y al mismo tiempo leve.

Como esta, hay muchas otras sugerencias de lectura que 50 estados me produce. Y eso es quizá lo que más agradezco a Zaidenwerg: recordarme a cada salto de página la tremenda cantidad de energía creativa que uno es capaz de liberar al momento de leer; la novela soy yo. Enseguida, bosquejo apenas tres o cuatro de tales intuiciones.

El título del libro (otro umbral) propone un guiño a los espacios de escritura del Yo poliédrico que habita las redes sociales: los 50 estados (en alusión al número de entidades federativas que tiene Estados Unidos: la antología como sinécdoque de la tradición poética contemporánea de ese país) podrían ser cincuenta “estados” de Facebook.

Los heterónimos posibilitan cierto tipo de sinceridad intelectual que logra colarse entre las persianas de los fascismos blandos y la ultracorrección política, algo saludable frente a la marcada angustia de las legitimidades que achata las opiniones críticas recientes. “Hay una chica de California, Maggie Nelson, que hace cosas interesantes cuando no trata de ser política”, dice Adam Wolniewicz, uno de los antologados. Me parece poco usual que un poeta-varón (estadounidense o latinoamericano) declare en estos tiempos algo así sobre una de sus colegas con semejante soltura. Sin embargo, el carácter fragmentario de la identidad autoral favorece aquí esa bola recta. Percibo algo similar en esta declaración de Chris Talbott respecto del travestismo —se trata, además, de una suerte de poética aforística que atañe al proyecto en su conjunto—: “El recuerdo también es algo mágico. En realidad, es imaginación disfrazada de experiencia, lo cual significa que, en nuestro fuero interno, somos todos travestis.”

Un tema que atraviesa todo el libro es la noción de pertenencia: territorial, cultural, lingüística. Lo multicultural no es visto solamente en su carácter racial o etnográfico, sino que se le sitúa en un espectro amplio de marcas y funciones retóricas: los modos de consumo, la actitud frente al pop o la cultura libresca, la actitud poética frente a los géneros orales o performáticos, y el peso que en cada una de estas actualizaciones lingüísticas/semióticas pueden tener los orígenes y el background de los individuos ficticios-poetas que conforman la muestra.

Otro tema que atraviesa el libro es la tradición, es decir la traducción, es decir la traición —a ratos quizás inconsciente—. La bella precisión con la que Chris Talbott distingue en su entrevista entre la presencia de imágenes y la presencia de objetos dentro de sus poemas me parece de pura cepa gringa, heredera de Oppen o de Creeley. Sin embargo, percibo en sus poemas (o mejor: en las “traducciones” al español de sus poemas) la impronta de la poesía argentina contemporánea. Parecería que varios de los autores compilados han leído bien, sí, la tradición poética de su país. Pero también, y extrañamente, a Joaquín Giannuzzi o Roberto Juarroz o Tamara Kamenszain. Y más: el lirismo argentino de post it de los primeros dosmiles (lo percibo en particular en Sarah Diano), las voces en resolana de Fabián Casas o Germán Carrasco, el metro tradicional devoto del pop recurrente en algunos poetas mexicanos… En el prólogo, Zaidenwerg reconoce esta condición interlingüística sin vender el truco de su magia: “Es sabido que toda selección proyecta, en negativo, la imagen de su antólogo.”

La primera vez que cerré 50 estados, me pregunté: ¿a qué me recuerda? Al principio no di con la respuesta. Lo logré al leerlo por segunda ocasión. Me recuerda a Borges: su erudición un poco imaginaria, su desfachatez a ratos tímida, su desaforado amor por la lengua inglesa, la colaboración un poco en serio y un poco en broma con otros autores sin una clara atribución individual de lo procesado, la multiplicidad de voces agazapadas en una tradición, la elucubración intelectual trasmutada en género narrativo, el hilo de lo popular tensado por visiones (no pocas veces herméticas) de la cultura… El campo de trabajo es, desde luego, muy distinto. El resultado también. Pero la grieta, no: la grieta entre dos mundos (el español y el inglés; la documentación y la invención; la tradición y el experimento; el verso y la prosa) me parece la misma.


Julián Herbert / Acapulco, Guerrero, 1971. Es poeta, novelista, cuentista y ensayista. Ha recibido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, el Premio Jaén de Novela y el Premio de Novela Elena Poniatowska, entre otros. Es autor de una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Kubla Khan (2005), Pastilla camaleón (2009) y Las azules baladas (vienen del sueño) (2014). Su libro más reciente es Ahora imagino cosas (2019).