31 mayo, 2021

Dos niñas en acción

de Elisa Palacio | Inéditos

No hay personas
solo en el centro: dos niñas en acción.
Una avanza con paso firme, la otra
está colgada en las espaldas de la caminante.
Ambas tienen zapatillas y medias. La mayor,
con una pierna estirada hacia adelante y otra
apenas flexionada atrás, viste un traje de baño celeste.
Mira el suelo y parece estar hablando.
Ambas tienen el pelo corto y raya al costado.
La más chica tiene la piel más oscura y el pelo más claro;
su compañera, la piel blanca y el pelo morocho. En el fondo
hay un bosque con unas mesas y parrillas de cemento.
El suelo irregular tiene lomadas y surcos de arroyo seco.
El sol en el piso dibuja copas de árboles de los que solo se ven sus troncos.

 
 
Una niña parada con su cuerpo inclinado hacia adelante y su mano derecha apoyada en su rodilla, sosteniéndose. Tiene el pelo castaño claro con una colita de caballo. Lleva puesto un pantalón de corderoy, un suéter y zapatillas blancas.

A su lado hay un señor sentado sobre una piedra que apunta hacia la nada. Ambos miran atentamente lo mismo: una libretita que él tiene en sus manos donde dibuja algo. Están frente a un precipicio. La superficie es rocosa y escalonada en tonos de rosa.

Sus dos figuras forman un círculo. El hombre tiene una pierna cruzada en la que apoya su libreta. Sobre su cuello cuelgan, hasta abajo de su pecho, unos largavistas profesionales. Su otra pierna tiene la rodilla flexionada y el pie se apoya sobre una piedra, equilibrando su cuerpo.

A un costado y descendiendo por las rocosidades hay un bastón. Es de madera con rayas en blanco y negro. Una línea de arbustos cubre casi la totalidad del fondo que muestra, a lo lejos, una sierra azul y plana. El cielo cubierto cambia de color.

 
 
Al costado de un camino de tierra hay un pedazo de suelo embarrado y alrededor muchos pastizales altos.

El señor está acostado sobre estos con la cara apuntando al cielo, sus ojos cerrados y tiene un cigarrillo en la boca.

En sus brazos abiertos se apoyan las cabezas de dos niñas. Los pies de la más pequeña no alcanzan la altura de las rodillas de este.

Una tiene los ojos cerrados y la otra no. Están vestidas iguales: jeans, zapatillas blancas y suéter rosa.

El señor, en el medio, lleva también un jean y una campera de gamuza. La mayor tiene piernas y brazos entrelazados.

Arriba de ellos el aire es limpio y fresco, y el cielo, de un azul incorruptible, es señalado, como una flecha firme, por el cigarrillo en la boca del señor.

 
 
Una hamaca paraguaya de rombos blancos y finos sostiene, tirante, al señor y a las dos niñas. Él abajo, acostado boca arriba sobre las tiras trenzadas, cierra los ojos y sonríe levemente. Un rayo de sol le ilumina el cuello y la boca. Los brazos están hacia arriba y detrás de su cabeza. Arriba de él, la mayor de las niñas apoya el torso sobre su pecho. Sonríe —apenas también—, como entre sueños. Sobre ellos dos está la más chica. Sus pies llegan hasta los tobillos de la mayor y la coronilla hasta sus hombros, formando así, una pirámide humana. Tiene la cabeza levantada (esa postura de cobra deja su boca apenas abierta). Busca la mirada del señor, o algo detrás de él. Están rodeados de árboles; el suelo y sus cuerpos tienen vetas de luz y sombra. Dos de estos árboles sostienen la hamaca, que sostiene a su vez, a los tres ocupantes reposando.

 
 
De fondo hay un rancho de piedra con una pequeña galería: dos palos sostienen el techo de chapa que sobresale. Un tablón sobre otras piedras es lo único que hay en ese corredor de piso de tierra. Unas ramas de algarrobo caen desde arriba como una cortina.

Adelante, una gran roca redonda hace de mesa. Hay platos de madera con carne asada, saleros de plástico y una botella de vidrio de Coca Cola. Sentada sobre un tronco está la niña más chica empuñando un tenedor hacia el cielo. Lleva puesto un jardinero de verano y una remera roja.

El señor está sentado al lado de ella con las piernas cruzadas como un buda. Tiene un traje de baño verde, una camisa abierta de mangas cortas y un sombrero tipo panameño en su cabeza. Ambos miran en línea recta con un gesto igual en su cara y masticando comida.

Alrededor de la mesa hay más piedras. El peñasco que sostiene el almuerzo está sostenido, a su vez, por otros más chicos. Es un día soleado. El pedazo de cielo que se deja ver arriba del rancho y del algarrobo es celeste y despejado de nubes.

 
 
Las dos niñas están acostadas en una cama doble cubiertas por un acolchado azul. Dos almohadones azules las disponen casi en ángulo recto. Cada una tiene un libro en sus manos. La más pequeña señala algo en una página de su libro. La otra frunce la boca hacia adelante y, sin soltar su libro, levanta la vista. Mira de reojo lo que su compañera le muestra.

A los costados de cada una hay dos estantes de madera con veladores encendidos. Detrás de estos, dos ventanas pequeñas tapadas con cortinas floreadas en distintos tonos azulados. Sobre la pared añil marina en la que se apoyan las niñas, hay un marco dorado con la imagen de una virgen con manto celeste. Más arriba, el cielo azul se torna negro.

 
 
El señor está sentado con las piernas tipo indio sobre el pasto. Sobre él, sentada en sus hombros está la niña más pequeña. Él tiene su torso inclinado hacia adelante y los codos apoyados en las rodillas, sostiene un cigarrillo en su mano izquierda. Los pies de la niña cuelgan debajo de la cabeza de él. Ambos tienen los ojos cerrados. Ella tiene un muñeco apoyado en la coronilla calva del señor. Sus párpados de plástico también están cerrados.

El señor, con su cabeza inclinada, le besa un tobillo a la niña. Ambos llevan ropa de verano. Alrededor el pasto es verde, sobre este, acompañando, reposan un termo rojo y una taza blanca. El sol se cuela por entre las ramas de las copas. Detrás de los árboles hay un horizonte de campo llano.


Elisa Palacio / Buenos Aires, 1987. Es socióloga egresada de la UBA. En 2015 publicó los libros de poesía Casa nueva (Editorial Gigante) y Relación de dependencia (Tammy Metzler Editorial), y en 2018 Palacio Plata Pulido, un libro colectivo publicado en México. Es codirectora del Festival Rural de Poesía de Lobos y del ciclo Todos los Bares del Mundo. Este año apareció su libro más reciente, Naturaleza social (Caleta Olivia).