18 noviembre, 2019

Jorge Leonidas Escudero

de Ricardo H. Herrera | Ensayos

Hablar en verso, de ser factible hacerlo fuera de un ámbito consagrado a la poesía, se parecería bastante a hablar en otra lengua, ya que difícilmente alguien podría respondernos del mismo modo si así lo hiciéramos. Por directo que uno sea en el acto de expresarse por escrito, lo cierto es que la palabra cobra una vida nueva al asentarse sobre el papel. Los signos cristalizan al inmovilizarse en el espacio en blanco, emiten reflejos, absorben silencio y acaban por generar una lengua otra que, en el mejor de los casos, coincide con una voz propia. La mayor o menor distancia entre el habla de la comunicación cotidiana y la lengua de la poesía varía según operen dos factores determinantes: lo que acontece en la corriente literaria preponderante del momento histórico y el propósito que alienta en la imaginación verbal de quien escribe, propósito que puede concordar o no con lo que se está haciendo en derredor suyo, lo cual lo inducirá a ahondar o a moderar la extrañeza de esa lengua otra. “O subir o bajar”: tal fue la alternativa que se le presentó a la mayoría de los poetas argentinos del siglo veinte cuando evaluaron el estado en que se encontraba el idioma y se aprestaron a escribir. “O subir o bajar”. Leí por primera vez tal dilema en la cubierta de la edición original de El alejado, libro de Ricardo Molinari publicado en 1943. Con quince años de antelación, Borges había explicitado esa alternativa en El idioma de los argentinos (1928): “Dos deliberaciones opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen la escritura de ahora. El que no se aguaranga para escribir […] trata de españolarse o asume un español gaseoso, abstraído, internacional…”

A propósito de esta disyuntiva, viene al caso detenerse en la lectura de la poesía de Jorge Leonidas Escudero (San Juan, Argentina, 1920-2016), ya que entre bromas y veras, bajando y subiendo a un tiempo, concluye por abolir el dilema. Extemporánea, impulsada por la fuerza de arrastre de la tradición de la lengua y del cancionero tradicional en sus vertientes folclóricas y tangueras, la obra de Escudero se inscribe en la veta dialectal de la expresión, pero incorpora a su filiación un toque ultramundano: la condición visionaria de la poesía en su versión simbolista. Haciendo pie tanto en lo cósmico (“m’ encaramo en las palabras, miro/ cielos a ver si la palabra única/ me resume todo lo a decir”)1 como en lo doméstico (“on Jorge”), sin acusar grietas insalvables entre en lo “pseudo hispánico” y lo “plebeyo”, entre lo sublime y lo risible, su poesía ignora el conflicto de las tendencias antagónicas señaladas por Borges, soslayando el trasfondo ideológico que ambas entrañan. Escudero deja de lado ese conflicto (casi lucha de clases) pero paralelamente suscribe otro, concerniente a la posmodernidad: la tensión entre lo serio y lo banal. No se trata de una mera sustitución de términos para definir lo mismo, no son sinónimos lo guarango y lo banal; y la seriedad de Escudero no se expresa en un “español gaseoso, abstraído, internacional”. Todo lo contrario: el poeta dice lo suyo anterior —premoderno y cordial— blindado por la comicidad que genera el distanciamiento epocal de su idiolecto criollo. Como si viniera de lejos —eso logra sugerir con su tonada— echa un vistazo escéptico sobre el espectáculo de la cultura poética argentina contemporánea, un poco como aquel paisano imaginado por Estanislao del Campo que fue una noche a ver el Fausto de Gounod en el Teatro Colón. Otro tanto sucede con los severos contratiempos de su vida sentimental: los conjura con una hilaridad terapéutica, catártica. El humor que constituye la virtud central de su poesía.

Nacido en la provincia de San Juan hace un siglo, Escudero no necesitó remachar sus palabras en el yunque del coloquialismo programático para darle visos de llaneza y espontaneidad a su verso; contó con el auxilio del aislamiento de su tierra natal para hacerse de un español acriollado nada ostentoso, vigorizado por su innato ingenio a la hora de escribir. El hecho de haber ignorado el momento destructivo (o experimental, si se prefiere) del rito de iniciación coloquialista —la manida operación de humillar lo alto y exaltar lo bajo— le confiriere a la voz del poeta un aura especial. No sé si sus seguidores perciben que esa excepción se funda tanto en los modismos de su tonada criolla como en su fe incondicional en la fuerza de transmutación de la palabra poética. La receta, naturalmente, es inimitable; para aproximársele habría que contar con una inquietud metafísica semejante a la suya, con el agregado de haber nacido en provincia antes de que la televisión uniformara la lengua, porque su “otro hablar” fue un don compartido con sus comprovincianos, no un pastiche metropolitano fraguado en un escritorio, echándole mano a un tomo de poesía gauchesca.2

A modo de prueba, examinemos brevemente el poema “Rumbo al país donde”, del libro Viaje a ir (1996), texto que escenifica el encuentro del poeta meditabundo con un jovial amigo que pretende distraerlo del obsesivo rastreo del más allá de la palabra, zona arcana, tierra prometida de la poesía. Para comprender cabalmente el texto sólo hace falta saber que, como buen sanjuanino, Escudero fue pirquinero de joven; recién al alcanzar la madurez optó por arriesgar su nombre escribiendo poemas, a raíz de lo cual la fascinación por el oro devino obsesión por “la palabra única”:

No siai sonso
me ayer un amigo dijo pará,
dedicate a vivir el hoy;
pero lo desoí porque no escucho consejos.

Vengo resucitado y actúo
en una migración continua. Me complazco
en escarbar el horizonte porque existe
una salida y si aún no la ubico
es por falta de ver.

Mientras tanto no vos te fatigués en decirme
cómo debo vivir. Más bien observá:
de cada abismo saco la cabeza y escudriño
a ver si falta mucho o poco, o sea
estoy en la frontera del gran país,
porque de estar está,
sólo es cuestión de que me alcance la salú.

Me pellizco para mantenerme despierto.
Estoy en eso de:
“Felices los que no han visto y han creído”.3

Como lo indica la alusión al tópico del carpe diem, el lugar del convite poético es clásico; pero también anticlásico, porque lo que Escudero pretende es refutar la validez del desesperado precepto epicúreo que aconseja contentarse con el día presente, con gozar el hoy. Parodiando a Horacio, la voz de la viveza criolla abre el debate: “no siai sonso […] pará, dedicate a vivir el hoy”, intentando extraviar a uno que se ha pasado la vida huyendo de la aurea mediocritas, acuciado por la apremiante necesidad de abrirle un boquete al tiempo clausurado. Alega el poeta que viene “resucitado” y que se halla “en la frontera del gran país”, dejando en claro que se considera un sobreviviente de la fe en la palabra poética, a la que le otorga un valor mesiánico. No es necesario reiterar que la apuesta de Escudero es de raíz simbolista, lo subraya él mismo al incorporar una elocuente cita evangélica en el remate del poema. Sin embargo, no estamos frente a un creyente, ni ortodoxo ni heterodoxo; estamos junto a un poeta que no tiene nada de ingenuo y que sin embargo espera con la fe de una criatura la súbita revelación suscitada por obra y gracia de la poesía, concebida como vara de zahorí que puede dar a luz la palabra que salva.

“(P)reguntarse por el sentido de la vida se convierte en una obsesión torturadora tan sólo cuando la vida misma no proporciona un sentimiento suficiente de ser vivida con sentido, cuando surge el deseo de lograr un sucedáneo intelectual de ciertos valores perdidos”. Tal vez esta tesis de Leszek Kołakowski4 permita comprender la paradoja que encierra la trayectoria vital y poética de Escudero, una escritura que desdeña considerar el presente como objetivo, como meta. ¿Tenía sentido el presente cuando era joven el autor de Viaje a ir, cuando se lanzó a la aventura de buscar oro en los cerros? Dudo que el pirquinero se formulara esta pregunta, pregunta que sí se hace el poeta cuando comienza a escribir en la madurez, cuando la responsabilidad intelectual le veda el conformismo de abandonarse al goce de un presente hecho de meras sensaciones desesperadas. Comienza entonces la busca de una “salida” metafísica, cuasi religiosa.5 Acepta sin quejas (más bien con orgullo) el hecho de verse sometido a un desasosiego estimulante, que lo incita a la búsqueda de significancias arduas. Es su original concepción de la lengua de la poesía la que le permite atestiguar con ardor una fe tan antigua, tan animosa y esforzada. El horror a lo banal, a lo efímero, le ofrece un cabo: “Una esperanza bruta me asiste”.

¿No es un formidable hallazgo de adjetivación esta suerte de arcaísmo, este modo de darle fuerza extrema y rara expresividad a algo tan anacrónico y absolutamente necesario como lo es la esperanza en una época de decadencia? A medida que la posmodernidad se expande, la poesía se banaliza; “loj escribidore” reemplazan la experiencia con la experimentación,6 cambian la real visión de la Vía Láctea en la oscuridad selvática de los cerros por la lectura de un traducido Coup de dés sin pies ni cabeza. Esta miseria la tiene bien sabida Escudero, de ahí su reverencial respeto por la escritura de Domingo Faustino Sarmiento y por el habla de los tiempos idos, con su bella penuria, con sus cadencias rudas y cálidas. Es en ese “otro hablar” que incorpora la fuerza del pasado (quiero decir: la lengua española en toda su magnitud) donde se funda el ethos desde el cual el poeta toma posición frente al mundo contemporáneo:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una esperanza bruta me asiste.

Y voy a lo invisible sin saber qué
ni cuándo ni si
podré poner pie nel umbral de
o me consumiré andando el camino.

¿Estoy quizá hablando de la nada
o del todo que es lo mismo?
¿Será eso el
silencio total ah? Me asusto:
¿buscar la palabra única será
instinto de muerte? 7

Un silencio absoluto le hace eco a este indagar a ciegas. Evidentemente, Escudero carece de respuestas para sus acuciantes interrogaciones, preguntas que miden con justeza los riesgos del trascendentalismo. Sin embargo, el hecho de que no haya respuestas no torna vano su discurso; más bien le confiere tensión, lo carga de fatalidad, algo que se percibe en los agudos cortes del verso —“saber qué”, “ni si”, “umbral de”— que generan un ritmo de ascenso ríspido. Navegar è preciso / Viver não è preciso, podría decir con Pessoa. Es la banalidad del presente la que —por contraste— hace aflorar el ansia de un fundamento invisible. Y lo que nace de esa zozobra, nos convence. Es poesía.

A partir de una simiente cultivada hacia el final de la vida, distante de la escena literaria metropolitana, la poesía de Escudero desconfía del rumbo de nuestro decir cosmopolita, no porque la escritura actual le plantee dificultades de desciframiento —por su hermetismo o por su erudición implícita— sino por su desarraigo, por su insignificancia. Nacida en provincia, templada en la intemperie, su palabra propone un hablar que se sobrepone a la incertidumbre con su querer creer. A propósito de la relación de Escudero con el entorno, y a fin de explicitar la polémica que promueve entre lo serio y lo banal, entre su querer creer y el nihilismo trivial, se justifica transcribir aquí su poema “Loj escribidore”, del libro Aguaiten (2000):8

Aquí voy a hablarles de ajenos atrevimientos,
y no es porque yo sea mejor que naides.
Sino porque hoy
amanecí temeroso por falta de sueño.

¿Qué les he de contar?
Qui últimamente fui a una biblioteca
y estoy sustao con la poesía
al ver tanto libro sin tuétano.
Muchoj escribidore se dan güelta el cerebro
y como a bolsillo vacío naa les cae.

(Disculpen que hable así,
pero es que estoy mal dormido. De pronto
se me atraviesan palabras de antes
y me regodeo diciéndolas.)

Sigo:
Naa que decir y escriben pa qué,
como de apuro y de los diente p’ ajuera;
y algo más pior, hacia adentro
donde únicamente ellos se entienden.

Hacen nido en el libro como pavos riales,
ponen güevadas
y sacan crías pal olvido. ¡La pucha!
se creen bonitos y andan moniando a puro cuesco.

Hubiera queríu nojarme más porque como dije
ando atravesao por falta de sueño,
pero basta por hoy en que la mala noche
me hizo hablar así de loj escribidore.

Importa señalar que la sátira no es totalmente negativa, halla su legítimo quid en un paréntesis revelador, incrustado en el centro del poema: “(De pronto/ se me atraviesan palabras de antes/ y me regodeo diciéndolas.)” Por oposición a las voces del presente —“sin tuétano”, “moniando a puro cuesco”—9 es la nostalgia por el “lenguaje ritmado”, que “permite llegar al vínculo que […] une a la naturaleza”,10 lo que fundamenta la autoridad de su invectiva.11


* Fragmento inicial del prólogo a Te quié / 77 poemas de amor, que publicará Ediciones en Danza en 2020.



1 Jorge Leonidas Escudero, “La palabra única”, en Poesía completa, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011, p. 599.
2 Cf. “Voces de la intemperie”, en El oído del poema de Walter Cassara, Bajo la luna, Buenos Aires 2011, pp. 95-102.
3 Ed. cit. p. 347.
4 “Sobre el concepto ‘sentido de la vida’”, en El hombre sin alternativa, Alianza Editorial, Madrid, 1970, p. 212.
5 “Con el deterioro físico se van perdiendo los sueños porque apura el deseo ciego de morir, de sobrevivir en su estado más brutal.” En el reportaje De la palabra al saber popular, Oscar D´Angelo, Los Andes, Mendoza, 5 de mayo de 2002. Recogido en Cartas/Documentos y poemas recuperados, Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2016, p.81.
6 “… suponen que se puede hacer poesía en los talleres literarios. Poesía, con cualquier directiva que se les dé. Hábleme de esta copa y dicen poemas sobre la copa. No, a mí me tiene que caer antes de arriba el tema.” Entrevista de Javier Cófreces, La danza del ratón N° 14, Buenos Aires, abril de 1997. Recogido en Cartas/Documentos y poemas recuperados, Ed. cit., p. 41.
7 “La palabra única”, Ed. cit. p. 599.
8 Ed. cit. p. 450.
9 La palabra “moniar” no figura en los diccionarios de uso; indica la acción con la que alguien se hace el distraído o realiza otra tarea con la intención de no realizar lo que tiene asignado. La palabra “cuesco” significa “ventosidad ruidosa” (M. Moliner) o bien, más vulgar, “pedo ruidoso” (D.R.A.E.).
10 Nota preliminar a Cantos del acechante (1995). Ed. cit. p. 307.
11 Cf. “Jorge Leonidas Escudero: Desajuste y Autorrepresentación”, en La suerte del poema de Valeria Melchiorre, Cuadernos de Hablar de Poesía, audisea & RdL, Buenos Aires, 2017. En pp. 24-26 puede leerse un minucioso análisis de este poema. También en http://hablardepoesia-numeros.com.ar/numero-24/jorge-leonidas-escudero-desajuste-y-autorrepresentacion/


Ricardo H. Herrera / Buenos Aires, Argentina, 1949. Poeta, ensayista y traductor. Su obra poética está reunida en libros como Estudios de la soledad. Poemas 1985-1995 (1995), Años de aprendizaje. Poemas 1977-1985 (2003), El espíritu del páramo. Antología poética 1977-2007 (2008), El espíritu del páramo. Cien poemas 1977-2009 (2011) y En la paz de la página (2012). Entre sus libros de ensayos se cuentan La ilusión de las formas (1988), La hora epigonal (1991), Espera de la poesía (1996) y Lo entrañable y otros ensayos sobre poesía (2007). Es director fundador de la revista Hablar de Poesía.