11 noviembre, 2019

Del poema vagabundo

de Rodrigo Flores Sánchez | Reseñas

Willy Gómez Migliaro, Moridor & otros poemas, Cinosargo / Mantra, México, 2019, 101 pp.

Moridor significa, según el diccionario, “tenaz”. Pero esta palabra, como nos hizo ver un autor combativo y suspicaz, José Revueltas, no quiere decir únicamente intransigencia. En su caso, saber leer “lo moridor” es elegir una alternativa crítica de representación: “Este lado moridor de la realidad, en el que se la aprehende, en el que se la somete, no es otro que su lado dialéctico: donde la realidad obedece a un devenir sujeto a leyes, en que los elementos contrarios se interpenetran y la acumulación cuantitativa se transforma cualitativamente”. Para Revueltas no hay un “realismo espontáneo, sin dirección” —y, yo agregaría, tampoco lirismo impoluto o vanguardismo programático— que sea capaz de aprehender la realidad más allá de lo evidente, sino que la labor de un escritor consistiría en discernir “la dirección fundamental” dentro de “ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata”.

El enunciador de Moridor & otros poemas, de Willy Gómez Migliaro (Lima, Perú, 1968), además de ser próximo a la concepción dialéctica del autor de Los muros de agua, despliega algunas estrategias vitales del voyeurista Charles Baudelaire. Como en los Pequeños poemas en prosa del poeta dandy, el libro de Gómez Migliaro debe leerse no como una colección más o menos estable, ordenada y temática, sino como un paseo que anuncia nuevas luchas desde el lenguaje, pero también frente a él. En estos poemas vemos a Debussy ofreciendo violines en un restaurante. Además, percibimos sangre fría, calles, cáscaras de plátano, fiestas de cumpleaños, edificios de una ciudad que se debate entre las ruinas y los laberintos, pero también desplazamientos, titubeos y enigmas. Como dice uno de los poemas: “No quiero ser hablador, pero todo puede ser movido./ Aunque te hagan quedar como un idiota, no eres más/ que un perro amistoso en el fondo del habla”.

Si en el poema “El extranjero” Baudelaire adopta la refracción ante el mundo y niega amar a su familia, los amigos, la patria, la belleza, el dinero y la religión, optando en cambio por las nubes que pasan —es decir, el cambio, el devenir y lo fugitivo—, Gómez Migliaro, en el primer poema de este libro, que opera como una declaración de principios, da cuenta de su lucha. Su modelo es el de las “reconstrucciones a través de asignar nuevas batallas a uno dentro & fuera entre la ilusión de decir todo o nada”. No desea elegir entre una estética pacifista o una turbulenta, sino descubrir en el lenguaje lo extranjero, lo flexible, lo insólito, que le permitan designar una realidad cada vez más inasible y escurridiza a la manera de Rubén Darío, quien hace más de cien años escribió: “Que lo que diga la inspirada boca/ Suene en el pueblo con palabra extraña;/ Ruido de oleaje al azotar la roca,/ Voz de caverna y soplo de montaña”.

Las palabras, como mecanismo proteico por antonomasia, permiten acceder a la experiencia de lo que Walter Benjamin, en relación con el flâneur, llama “el tiempo desaparecido”, lo que no es otra cosa que el espejismo mnemotécnico. Dice el autor de El libro de los pasajes: “Para él [Baudelaire] todas las calles descienden, si no hasta las madres, en todo caso sí hasta un pasado que puede ser tanto más físicamente fascinante cuando no es su propio pasado privado […] la calle sigue siendo siempre el tiempo de una infancia […] En el asfalto por el que camina sus pasos despiertan una asombrosa resonancia”. Este apunte del filósofo alemán está en sintonía con la poética de Moridor, pero también de otros títulos del autor, como Construcción civil (2013), donde el recorrido es no únicamente itinerario obligado, sino un surtidor de experiencias donde la memoria puede ser “el manantial donde empezaremos a emerger con el detalle de cualquier cosa haciéndose pronunciación”.

Lejos de un lirismo amelcochado y confesional o de un realismo sucio y ancilar, los poemas de Gómez Migliaro son objetos centrífugos, formas problemáticas y aceradas que permiten acceder al cascarón del mundo; es decir, la poesía cristaliza aquí como táctica de resistencia individual o militancia íntima, frente a la proliferación de lenguajes cada vez más pragmáticos y homogéneos. El hablante de este libro no se deja encantar por los señuelos del espacio público, las juergas, las ideologías o el poder, sino que se mantiene al margen de la celebración, como en el poema “Entre luciferianos”. No se niega la realidad sino que se vigila, con la cautela de quien sabe que “la gente es seducida para fundar/ en una patria de amor,/ repúblicas de odio”.

Hay una veta en la poesía peruana que se ha mantenido atenta y vigilante frente a las infatuaciones del lenguaje lírico, una que sospecha de las golosinas sentimentales y pseudomísticas que se ofrecen en las confiterías lingüísticas y verbales. Desde César Vallejo, pasando por Blanca Varela y el movimiento Hora Zero, hasta desembocar en autores tan disímiles como Mario Montalbetti o Domingo de Ramos, lo conversacional y digresivo, en coincidencia con una vena ensayística y narrativa, es una línea trasversal en la literatura en ese país. Esto no quiere decir que no haya diferencias y contrastes entre las propuestas de estos autores, pero sí que hay un aire de familia algo pendenciera. No es casual que los poemas de este libro dialoguen explícitamente (léase el poema “Versión del amor”) con algunos compatriotas de Gómez Migliaro como Antonio Cisneros, Pablo Guevara, Luis Hernández y Rodolfo Hinostroza bajo un halo de tensión e ironía, pues una tradición literaria significa justamente observar, dialogar y discutir crítica y a veces belicosamente con un corpus de obras, y no solo subordinarse u homenajear a cierto personaje, un estilo o cualquier doctrina. “Hiedra, alguna vez llamé hiedra ese jardín constituido/ y oscureciendo para nada en un montaje textual/ de candados y temblores./ De enorme grosería filosófica”, se lee.

La autoconciencia del hablante está presente a lo largo de estas páginas; nos recuerda que la poesía es una forma de representación, un instrumento que nos permite interrogar y dialogar con la realidad sin ser un objeto cerrado en sí mismo. Como quería Jack Spicer, la poesía debe aspirar a crear la realidad y trascender el mero simulacro; a que, si se nombra un limón, este pueda exprimirse y saborearse en los poemas, pero el sujeto que enuncia en Moridor sabe que “Nuestro lenguaje forma murallas. Es una/ defensa extraña./ En un tono de ‘desasimiento’/ lo mítico se hace críptico”. Frente a esa imposibilidad inherente a la creación, estos mismos poemas plantean una tentativa: “No importa por dónde vamos si la palabra amontona. Eso que vemos somos nosotros”. Es decir, a pesar del desdoblamiento y la máscara que porta la palabra poética, el autor parece decirnos que siempre habrá una huella testimonial.

Pero los poemas de Moridor no se remiten únicamente a la autorreferencialidad; todo lo contrario. Lo doméstico, lo urbano, lo cotidiano, la infancia, la vida en pareja, el orden político, la violencia, el capital, la familia o la paternidad son otros ámbitos en los que se entrometen. Por eso es difícil hablar de un tema; más bien, hay una mirada desencantada y lúcida, omnímoda, que abarca los distintos componentes de lo que llamamos realidad, en una ética y estética no muy distantes de la poesía esquiva practicada por el estadounidense John Ashbery. Frente al torbellino especular de las sociedades contemporáneas en Latinoamérica, el hablante descarnado y al mismo tiempo flemático de Gómez Migliaro es una hidra que planta cara a un mundo anfibio y difuso. La ironía opera como un recurso retórico que permite sortear cualquier efectismo sentimental, cualquier autocomplacencia ideológica. Por ejemplo: “Cobramos vida al sabernos silenciosos/ preocupándonos por la caída del cabello/ y la cremas de lechuga para la piel./ Así vemos venir la ayuda psiquiátrica/ cerrándose ante nosotros/ como tatuajes y helechos y burbujas de detergente”. O también: “Creamos el viñedo, el himno de paz/ y nos sumamos a otras estampidas”.

Frente a una literatura cada vez más chata, promovida desde la opaca moralidad de las redes sociales, en la cual la anécdota ha sido elevada a categoría ontológica y los lugares comunes se asumen automáticamente como recurrencias inevitables; frente a un mundo difuso donde se homogeneizan los discursos y los matices ideológicos devienen diferencias irreconciliables, y en el que el capital prioriza los bestsellers y quienes toman decisiones continúan pensando que promover la lectura es vender libros malos a bajo precio, la poesía de Willy Gómez Migliaro, sediciosa e indócil, resulta un estímulo imprescindible.


Rodrigo Flores Sánchez Ciudad de México, 1977. Es autor de los libros de poesía Tianguis (Almadía, 2013), Zalagarda (Mano Santa, 2011), estimado cliente (Lapsus, 2005 y Bonobos/Setenta, 2007) y baterías (Invisible, 2006). Escribió con Dolores Dorantes el libro Intervenir (Ugly Duckling Presse, 2015). Su obra fue recogida en el libro biautoral Flores + Espina (Fondo de Animal, 2012), en conjunto con la de Eduardo Espina. Antologó La noche. Una cartografía de la Ciudad de México (Auditorio Nacional / Conaculta, 2013).