18 noviembre, 2019

La memoria proliferante

de Ángel Vargas | Reseñas

Manuel de J. Jiménez, Savant, Sol Negro, Perú, 2019, 154 pp.

Pareciera que un libro como Savant está destinado a no conectar con los lectores. Primero, porque es una entrega atípica por su extensión, al menos en México, si lo comparamos con las poéticas jóvenes que apuestan por la brevedad; y luego, por la premisa de los “sabios idiotas”, personas con capacidades mentales extraordinarias y desproporcionadas. En estas personas, la memoria fotográfica y sinestésica, la facilidad para aprender idiomas, realizar cálculos matemáticos o ser virtuosos intérpretes musicales, convive con la nula o poca capacidad para relacionarse con el mundo y las personas; es decir, personajes fuera del espectro de lo normal, outsiders, desvinculados, inútiles y torpes. Esas características son las que Manuel de J. Jiménez (Ciudad de México, 1986) utiliza para perfilar al yo poético de este libro, y afronta un reto de escritura que, en principio, suena sumamente complejo. ¿Cómo y desde dónde escribir un libro de poesía cuyo personaje tiene pocas capacidades emotivas y empáticas, si la poesía, tradicionalmente, se asocia a la conexión emotiva y reflexiva con el mundo? En Savant, la construcción del yo tenía que ser fiel, o congruente, con el “personaje tipo” que se planea explorar. Contra todos los obstáculos y pronósticos, Jiménez entrega un libro-monstruo. Un libro mestizo. Un libro profundamente interesante y ejecutado con destreza.

¿Pero qué es, en realidad, Savant? ¿En qué cajón lo ponemos? Los recursos de construcción hacen de Savant un libro transgenérico, una obra completa que transita todo el tiempo entre lo narrativo, lo poético y lo ensayístico, e incluso lo teatral. Y creo que ese era el destino de un proyecto de esta naturaleza. La proliferación, no sólo de la memoria del savant, sino de la escritura poética misma, se expandió hasta desbordarse y dialogar con otros géneros, ocupando espacios poco habituales para la poesía. No digo espacios prohibidos, sino territorios a los que el grueso de los escritores temen. Por supuesto que la escritura de Jiménez es heredera de poéticas sudamericanas, caudalosas y experimentales, que en muchísimos casos son más arriesgadas que las poéticas mexicanas de largo aliento, pero la digestión de estas y aquellas tradiciones resulta en un producto con personalidad propia.

En Savant la desmesura, la proliferación, el cruce de los discursos matemáticos, enciclopédicos y poéticos producen, digamos a la manera de Lezama Lima, una sobrememoria y una sobreescritura: memoria tumoral, proliferante, exacerbada, erótica, obscena, que crece a partir de un solo recuerdo, una imagen de recuperación, una imagen imantada que permite aglomerar la memoria dispersa.

Savant logra crear empatía en torno a un personaje casi antipático. Eso no solo es un logro, sino una lección que nos hace ver que el pathos no necesariamente se construye a partir de la emoción y la manipulación fácil de las situaciones. La estrategia del autor para generar afinidad en el lector desde la voz de un yo tan distanciado de las relaciones humanas —y a la vez tan observador de los fenómenos del mundo—, es uno de los varios aciertos del libro.

No es fácil crear ternura a partir del lenguaje matemático; ni un pathos desde la impersonalidad y la torpeza del sabio en un libro cuya belleza se construye con elementos y discursos que en sí mismos, o aislados, difícilmente podrían parecer bellos o eficaces en la poesía.

La enunciación del yo que recuerda todo —su hora de nacimiento, los colores y sabores de los números, definiciones, fechas—, pero que es incapaz de hacerse el nudo de la corbata o andar en bicicleta, nos hace pensar en nuestra propia inutilidad, en lo que sabemos pero no podemos hacer, en lo que sentimos pero no logramos expresar. Nos acerca al yo lírico de una forma poco usual.

Manuel de J. Jiménez nos hace creer que conoce cómo es la mente de un savant. Construye. Recrea. Maqueta el proceso mental de un sabio y crea empatía a través de las dificultades de socialización del yo. Nunca nos dice que el savant no sabe relacionarse con los otros; nos muestra esa distancia, fabrica esa imposibilidad.

También hay un impulso narrativo, derivado del recuerdo y la fragmentación de la memoria, que permite crear momentos fluidos y rítmicamente valiosos, y que hacen moverse a la obra hacia el pasado, porque la mente del sabio actúa desde esas coordenadas.

Quizá Savant escape a todos los consejos de construcción que hemos escuchado una y otra vez en talleres. Quizá no resulte fiel a la preceptiva poética. Y qué bueno. Este es un libro que, aparentemente, no economiza porque no es su naturaleza: su vocación es abarcadora; funciona mediante la acumulación, pero eso no significa que el autor no haya discriminado los elementos a usar. En este caso, la escritura replica la abundancia de la memoria y la réplica entraña siempre un ejercicio de control, conciencia y dominio de la técnica. Savant es una lectura que consigue no dejarnos indiferentes ante su abrumadora recreación de la memoria.


Ángel Vargas / Acapulco, Guerrero, 1989. Poeta. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de A pesar de la voz (Mantis, 2016), Límulo (FETA, 2016), El viaje y lo doméstico (Praxis, 2017) y Antibiótica (FETA, 2019). Ha sido becario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2019.