21 octubre, 2019

Fuego abierto

de Luis Vicente de Aguinaga | Reseñas

Fernando Carrera, Fuego a voluntad, Toluca, Instituto Municipal de Cultura, 2018, 91 pp.

En el fuego coexisten el inicio y el término. Es un símbolo del origen y también de la devastación. La chispa divina, el fuego de Prometeo, la hoguera de la tribu, las flamas del infierno, el hogar, la llama de las rebeliones, el ardor pasional y la fiebre del enfermo son tan solo algunas de sus formas para la memoria y la imaginación. Con su nombre se invocan el peligro y la seguridad, el mal y la purificación, el deseo y la muerte.

Fuego a voluntad es el tercer libro del poeta Fernando Carrera (Guadalajara, Jalisco, 1983). No debe confundirse con el primero, Expresión de fuego (2007), si bien la palabra “fuego” designa en ambos títulos un componente fundamental en el imaginario del autor. Se diría que Carrera busca refugio y liberación en el concepto mismo de fuego, cuyas extensas y contradictorias implicaciones lo atraen poderosamente.

Organizado en seis partes, Fuego a voluntad se compone de treinta y cinco poemas unidos por el hilo temático anunciado en el título del volumen. Escritos con fuego, aunque no siempre de la misma forma, los poemas de Carrera están hechos, por lo regular, de frases entrecortadas y flujos discursivos que, al cruzarse unos con otros, terminan mezclándose y confundiéndose. Corresponde a cada lector conjeturar cuál habrá sido el comienzo y cuál será el final de muchas de las oraciones que Carrera entrelaza, yuxtapone, combina, repite o abandona sugerentemente. No utilizo este adverbio por casualidad: el sentido último de la palabra poética, para el autor de Fuego a voluntad, existe sólo a título de sugerencia.

En este sentido, quizá el propósito más ambicioso de Carrera sea poner de manifiesto una visión total de la vida y la muerte valiéndose de materiales fragmentarios, cuando no residuales. Carrera es, como ciertos neoclásicos y románticos, un pintor de ruinas, aunque lo es con una particularidad necesariamente moderna: no sólo representa la ruina, sino que sus textos aparecen como los vestigios de una devastación. Se me dirá que no hay mayor novedad en que así sea: el poema contemporáneo es, como se sabe, un ente roto y, por ello mismo, incompleto.

Tarde. Ante mí
sólo un paisaje derruido
e indiferentes rostros

Nadie

responde porque nada
pregunto. El templo ha sido destruido
(el cuerpo quise decir)
y ya no sé si piedra sobre piedra
de nuevo será la luz en la raíz
de alguna de mis pobres palabras

Ahora bien, que la edad contemporánea renuncie a los discursos totalizadores no significa que renuncie también a soñar con la totalidad. Al menos para Carrera, la totalidad existe negativamente: es una especie de totalidad en reversa, confirmada por el proceso mismo de su desarticulación. Así, por ejemplo, ante la fecha de su cumpleaños, el poeta se mira en la “sustancia que da nombre / al soy / esto y no otra cosa”, como quien consulta el oráculo de un espejo de agua y, al concebirse como una cruza de palabra, materia y tiempo, encuentra en el envejecimiento la confirmación de una identidad fija e indestructible:
  

        las palabras
para decir la piedra
que soy
el risco
que el tiempo
intolerante
lengüetea

El tema subyacente del poemario es la trascendencia. Decirlo puede sonar extraño, sobre todo ante la evidencia de los versos que acabo de citar. Después de todo, la figura del risco golpeado una y otra vez por la ola del tiempo no parece referirse a lo que trasciende, sino a lo que resiste y permanece. Pero, en el fondo, ¿no cambia poco a poco aquello que, a fuerza de resistir, deja de ser piedra para ser arena, trascendiendo con ello su condición de roca, renaciendo en las innumerables partículas minerales de su nueva condición?

Saberse humano, para Carrera, es atestiguar dolorosamente la destrucción de casas y de árboles; asistir a la conclusión de otras vidas; escuchar el último acorde, la palabra final, el soplo exhausto de una vida que sabemos a punto de agotarse; y pese a ello, pero también gracias a ello, atesorar experiencias y alimentar deseos, aferrándonos tanto al pasado como al futuro:

Duele saberse quien taló el árbol, el que incendió deliberadamente la casa donde moraba la belleza. Duelen la esperanza y la memoria: saberse vivo en medio de la devastación

En el último apartado del poemario, Carrera empareja dos poemas que son, ante todo, dos experiencias musicales. La escucha del cantaor Camarón de la Isla, por un lado, y la del Tercer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov, interpretado por Vladimir Horowitz, por el otro. Son dos atisbos al esplendor y la muerte de la belleza en momentos dominados por el amor: el amor que, al irse, nos enseña que todo se va, en el primer caso, y el amor que, incluso tras la muerte, perdura, en el segundo caso. Con ese impulso, la nota final de Fuego a voluntad es un amor morte fortior:
 

Aquí
: amor que no muere con la muerte
Fuego que
en el corazón de los que escuchan
prevalece

Desde mi perspectiva, el modelo literario más notorio en la poesía de Carrera está en los primeros libros de Luis Armenta Malpica. Pienso, en particular, en Voluntad de la luz y Des(as)cendencias, aunque sospecho que la observación puede generalizarse a la obra poética de Armenta Malpica en su conjunto. La predilección de Carrera por las mitologías de la creación del universo y la fundación de la ciudad, a las que se agregan los mitos personales del nacimiento, la familia y la identidad individual en un contexto de frecuentes alusiones y referencias culturales, lo vincula decididamente con el autor de Luz de los otros y Envés del agua. Hasta cierto punto, el interés de Carrera por el fuego puede leerse como una reacción al interés de Armenta Malpica por el agua.

Debo decir, en honor a la verdad, que ciertos giros de la expresión poética de Carrera me parecen desacertados y, por ello mismo, indignos del estilo que predomina en un libro como Fuego a voluntad. Me refiero, en particular, a dos construcciones que no son sino vaguedades de cierto pensamiento estandarizado: el cuerpo de la mujer como “misterio insondable” (como se puede leer en el poema “H”) y la muerte como partida y como “gran silencio” (en el poema “José Monge y el río”). Pero son apenas dos detalles que no le restan profundidad a un libro audaz, cruzado por auténticos hallazgos y estructurado con pasión y sabiduría.


Luis Vicente de Aguinaga / Guadalajara, 1971. Poeta, ensayista y traductor. Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2004, así como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en 2005 y la Medalla Wikaráame al Mérito Poético en las Lenguas de América 2019. Qué fue de mí (2017) es su libro de poemas más reciente.