14 octubre, 2019

El acelere

de Reynaldo Jiménez | Inéditos

Dibujos animados yugoeslavos
se pisan, pirando bajito, descalzos.
Rápido pasan. Se prosapian y colapsan
por tolerar el miedo medio ahí.

No sé qué pasa. O se prolapsa. O se lanza
a los vacíos que dejaron los más viejos,
los ancianos de baba blanca, al dictarse
tantos piroopios tal que caben tras la tapa.

El zapateo adentro es veredicto que asuela.
Qué se le va a hacer, que nos echen
de la zona infrarroja, de la congoja
acurrucada en cada corrida de las medias.

Microbios del infinito contacto.
Del descontento, araca, contagio tanto
y para cuándo, por cuánto tiengo,
para cuál arcana convalesciencia.

Pero en qué anda la zamarrastra pátina
que se patina la guitajánfora de mermelada,
con pincelazos de enamorada suculenta,
ante la tienda de los destrozos cabizbajos.

Abisales que la curva traga.
Fumátela limón y el dibujo de la oreja.
Vas, la ternura, hasta la trampa hecha
con la camisa prestada por quien te acecha.

El ebrio bribón, obvio como la novia
del esposo infernal, inebriante de sobrio.
Sobrino del plancton atónito permuto
pertinencia interparientes de planetas

que me arranco para verte por atrás.
Se impone así el perfume de la nunca.
Luz prendida de la teta encendida:
ni cómo se llama, no entiende nada,

es la precisa. Luz que aglomera algo
tan somero como la brisa de siglos,
sigilosa hasta en la patada, en su descaro
o ese descargo hasta al más plantado

suplente del precipicio limpio de dudas.
Patas arriba, manos arriba de las rodillas,
que ya pellizcan las llagas del uso yugoeslavo.
Abuso incluso de lo más perfecto,

intacto como ese lunar que te salva un día.
Pero perdón, será por siempre la última voz.
La que te confía y después te pide de prestado
su secreto secuestro sin el menor retorno,

sin los retoños y la misma calle un rapto atrás.
Errátil como el presupuesto de los inflas.
Con las fronterizas bien puestas y de paso
en el rebusque neutro de los sonrojos,

que dan ganas, que son gomas, borran
las cacatúas y las cotorras y las pasturas
por donde pesan aquello, elfos un poco golfos,
captores en evidencia, recontrapuestos,

casi en medio de la fracción que adentro frota
de las acciones semisupinas y unos delfines
que disuelven en la boca las ínfimas espiras
de sus estelas entre el contraste en que confían.

Es la experiencia de la excreencia, cariátide
o caries, incauta hasta los arrecifes
de cifras y bulbos magneticogóticos y volúmenes
y fosas de las narices más que mejor llevadas.

Qué prendida sordejarte en la otra cuadra,
las caras aflorando de la manga enroscadas.
Qué rabia en la diosa, la extravía. Salgo abrupto
en bruto por el tubo del embrujo, con el bulto

futuro y ya neonato, como en pacto
entre el óvulo fecundo y el objeto lato
que hasta hace un rato sacudía el plato
donde los indígitos ardían sin objeto.

Si corto de entendederas, sentado
a la cena furtiva, a la hora del acto,
con dialecto de símil, las alertas
narices, las aletas en alto. Atleta

de tu atención, recortas todavía
la silueta en el manto, la cantata
entre los sumergidos destinos,
y en vez de fotos caminogramas.

Cobra un enfado biblicobabilonio,
es decir se sonroja el maestro,
o sea el destino, sin clan y clon,
honguero en el destete de los signos.

Pútrido, es decir podre converso,
condenso la malaleche en un vaso,
vozarrona patria del socarrero ardecor:
límpido, es decir impío sinvergüenzo.

Dudo no del don sí de la dádiva, pero
expreso cuanto enjugo la ruta, apuro
el trago en el comedero ayer, disperso
los contrafrentes moluscos

en esa lengua que se amura viuda
o huérfana quién sabe dispensada.
Qué raíces la distraen atrapándola,
tarántula que se hace la distraída,

o porque se distrae, se las trae
bajo la manga el as, hazmerreír
del que se trata a fin de cuentas
este tratado del intento, disparo

a esas perdidices que desperdician
su tiempo en soportar el silencio
en cuanto espectro en vez de verlo
por el costado de los cortejos

que dan en medio, reflejos azules,
lilas que meten miedo de por síes,
nanosegundos en un arco de hoguera
primera o última pero de última

en espera, con la pregunta untada,
en tren de espera lenta, con esa
estadía entre las estaciones nerviosa,
apenas pasa con el rayo subyo.

El acelere está contento con tanta puerta,
con letra suelta, casi verdugo de tanto verla,
en cada antro que ni te cuento en cuanto eco,
en casi gesto los digerismos que van ligeros,

con su ropita de antes puesta entre veras
calcinaciones sin fondo que llevan la mueca
puesta en su ya pirueta justo en el borde
de una pileta perfecta de tan intacta vacua

sin agua, sin plantas que te salgan de la boca,
porque se alocan junto a piscinas subitáneas,
hechas de espuma pero sin nadie para nadarlas,
dadas al anonadar que se demora en mirarlas.

Tocarlas con cuántas mudanzas de los brazos
de las pieles emplumadas por antiguas
muertes acumulándose al amparo de la máscara
que salta a la vista apenas la abra la pala que le toca.

Bienvenidas que se ajustan la cantata.
Habrá un día en que falte apenas un rato y aparezca
hecha la toca que escuchara en tanto tacto, aun
cuando la pátina escurre sobre la encerada madera,

crujido de las albas, en las plazas juanas, en las ramas
de las imantaciones que amamantan a sus crías,
hasta las manos endiabladas por la exacta premura,
o violadas por el sátiro de la carcajada, el maquillaje

corrido, laguna de lugar, garúa que te hace algo,
raspa la espera de antiguo sobresalto.
Te hace algo, te aglutina y luego te agudiza,
después cuenta las fichas que le caen terceros ojos.

Microdios multilocales y celulares intersectos
de los infinitos ligares del contacto.
Que se hace prisa y la crisma se rompe contra la estatua
de sí mismo, sin que la pidas, ni la aglomeres o cohartes.

De los cortejos separado por los cortes del camino.
De los mutuos clavándose los órganos.
Sucedía un día en el carnal canino del sendero primo,
con los nonatos a cuestas del fascinio que rehílo.

De los hijos del reino noire, del socaire del aguante
del plafond de los desfondes de la curva que los abarca
y los pone a flotar en el bar de un barco de la comarca.
Se reflejan en los vicios sediciosos, sobre un mustang,

un colt, una luger, bala predecida, predicha, salida
cursora de un silbido tan tajante que antepuesto,
contra las cortezas rebota, hecha la tarde intacta
por su veta infinitiva. Huelga saliva de las larvas.

A la deriva del contacto los microhilos.
Ponerme a bailar yo me pondría, pelos de punta,
pregunta que ondula a fuerza de sustos,
con cierto disgusto qué onda en el resabio.

Labio aquel del que la vio y que dispensa.
Hablores y brrrlas y sussus.
Y el espectro a la umbra del antro,
antromorfo de mórbida fortuna,

sigiloso como en puntas de pie,
o a pie juntillas, asomado a la cuna
en que se incuba la incógnita
fortuita con mareo de enamorares.

Estos dibujos no tienen modales,
hacen de sapos de otro lodazal,
disciernen a cada moral ondina
sucesiva a la par que en ciernes.

Los anima una moviola a sangre,
para que el delta de las propicias
proporciones se vuelva la novia
del escondrijo en un solo trazo,

tal en un rapto cuyo captor bosteza,
harto de observar silencio, mismo
en la presteza en que se calcinan
los humores a su deshora demorándose.

Serán dibujos carcomidos por la impronta
casi leprosa de otras manos ignorantes
de su escasa dimisión ante el milagro
huidizo y anterior, ríos del ralentamiento

del espacio inacabado entre los dedos,
finitos todos esperando acá parados
que la cola de una se detenga.
O bien diflujos microcromáticos.


Reynaldo Jiménez / Lima, Perú, 1959. Es poeta y traductor, afincado en Buenos Aires desde 1963. Fue editor del sello y la revista de poesía tsé-tsé. Publicó, entre otros, los libros de poemas Las miniaturas (1987), Ruido incidental / El té (1990), 600 puertas (1993), La indefensión (2001) y Musgo (2001), y los ensayos Por los pasillos (1989) y Reflexión esponja (2001). La editorial española Libros de la Resistencia publicó recientemente el primer tomo —de tres— de su obra poética reunida bajo el título Ganga.