28 octubre, 2019

Proseos (fragmentos)

de Alfredo Fressia | Ensayos

No creo que pueda iluminar demasiado a los lectores de estas reflexiones, obra humilde de un madrugador que se despierta diariamente con los gallos para tomar su café y pensar. Pero es cierto que las perplejidades de alguien que dedicó su vida, ya demasiado larga, a la poesía pueden dar destaque a lo mucho que ignoramos, esa especie de mar magno en el que navegan nuestras tentativas, nuestra imaginación, nuestro impulso creador. Además, hacer poesía es una tarea que tiene mucho (casi todo) de solitario, y uno se siente a menudo a la deriva, enfrentado a fuerzas a veces amenazadoras que nos hacen temer el naufragio del poema, o de nuestra vocación. En semejantes condiciones tiene algún sentido oír las experiencias de navegación de otros nautas, que se han sentido tan perplejos (o también han sido tan imprudentes en la empresa) como cada uno de nosotros.

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La poesía me apareció siempre —me gusta lo de aparición— como el único modo auténtico de entender el mundo y sus objetos, de penetrar en él, de responder a su llamada. Lo que denominamos realidad exige siempre una instancia previa, que la precede como una mediación. Pasar por la poesía es una forma de des-alienarse, de reencontrase en el mundo. Por eso la poesía es siempre un descubrimiento, un cono de luz en lo imprevisto, en lo oscuro. Y, no olvidarlo, es también un juego, incluye esa dimensión lúdica no menos vital.

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Empecé a escribir antes de escribir, como todos, mirando las hormigas entre los adoquines de mi barrio en Montevideo, oyendo los relatos de aquellos obreros inmigrantes, empezando por mi familia, los hijos o nietos de italianos de mi lado paterno y los españoles de mi lado materno, aburriéndome en las clases de la escuela, oyendo el silbato de los barcos en el puerto, oliendo el jazminero del jardín. Empecé a escribir por los cinco sentidos y no conozco otro modo de hacerlo.

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Cuando era niño, en aquellas tardes silenciosas del barrio proletario donde vivíamos en Montevideo, el Reducto, al ver un poema impreso, lo que me gustaba era la forma como en espiral, aquel dibujo, vertical y cambiante sobre el blanco. Después repetía las rimas, o el ritmo; era una música inesperada que surgía de las palabras. El sentido era la última etapa, como tal vez deba ser, y entendía lo que un niño puede entender (y que no es lo poco que solemos imaginar). Hoy diría que lo que me atrae de ella es algo parecido y que podría llamarse su doble juego: el desafío a la inteligencia y la invitación al viaje. Y entiendo lo que un adulto puede entender (y que no es todo lo que solemos imaginar).

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Ser periférico es tener una identidad tal vez más consciente de sí misma. Lo seguro es que con la globalización no sucumbieron los centros y las periferias. Como prácticamente siempre escribí para un público uruguayo, no tengo esa especie de gimnasia pedagógica que tienen otros escritores, los que viven en España por ejemplo, que van haciendo un texto potable y “general”. Neutro, le dicen. 

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El tema “gay” ocupa un sector relativamente pequeño de mi obra y no resulta, pienso a veces, muy sensual. Es que lo que más me importó siempre fue la injusticia, histórica, que se abatió sobre la libertad del amor, digamos. Fue por indignación que milité en el movimiento homosexual brasileño, allá por 1977, y que me interesé en la historia del tema “gay”. También tuvo algo de “militante” el collage de poesía homoerótica (masculina) que creé sobre la obra de nueve poetas uruguayos, aquel Amores impares de 1998. Tengo la teoría de que la literatura “gay” no existe, pero que existió, y eso dentro de fechas bastante fijas —sigo en eso el pensamiento de Dominique Fernandez—, a saber, entre 1869, que es el momento de la invención de la palabra “homosexualidad” y del personaje homosexual, según nos enseñaba Foucault, y 1968, con cierta “liberalización” de las costumbres. Uno piensa en Verlaine, Loti, Rimbaud, Wilde, Gide Proust, Mann, Montherlant, Forster, Martin du Gard, Zweig… Estos autores constituyen la verdadera literatura gay, una literatura creada sobre el doble juego de la culpa y la justificación, que teje una red infinita de alusiones, que trabaja sobre la máscara y el travestimiento, que se complace en remisiones al universo mítico, con frecuencia greco-romano, que “milita” explícita o implícitamente y oscurece (y a veces alegoriza) el significado para burlar a la censura pero también se sabe y se quiere decodificada por la parte del público dispuesta a entenderla. Balzac no necesitaba recurrir a estos juegos del estilo y de la sensibilidad cuando crea a Vautrin y a Lucien de Rubempré. En principio, los autores que hoy día crean literatura de tema homoerótico tampoco. Las feroces condiciones de la represión en ese “siglo oscuro” dieron a estos productos culturales un conjunto de características que nos permite considerarlos como un corpus bastante coherente. Hoy no me parece que se deba hablar de literatura gay. Lo que hay es una locuaz literatura de tema homoerótico, casi perpleja con las libertades adquiridas (pero que todavía están lejos de estar garantizadas, y de ahí la importancia de la militancia).

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En general los travestis de mis poemas son “siniestros”, en el sentido que se le da a esa noción de un parecer lo que no se es. Y suelen estar tras ciertos telones teatrales. Entre el mero parecer y el coraje de un ser, el travesti es una bomba de tiempo, lista para estallar en el mismo seno del ser. Dicho todo con el mayor respeto por los travestis. Dicen que, en un momento en que los papeles sexuales bipolares se desvanecen, los travestis funcionarían como agentes reaccionarios, en el sentido de que afirmarían la imagen de la hiper-mujer con su larga lista de atributos “femeninos”. Hace unos años un travesti brasileño conoció un gran éxito local. Cierto discurso feminista recordaba entonces que los hombres se imaginan siempre más eficientes que las mujeres. Cuando son cocineros, decían, son mejores que las mujeres, y ahora la mejor y más hermosa mujer del Brasil es hombre… Yo tiendo a pensar lo contrario de ese discurso que ve a los travestis como los representantes jurásicos de los papeles sexuales. Si los travestis parodian demasiadas veces a la hiper-mujer, hay que recordar que la naturaleza de la parodia es la de la ironía (un significado, dos significantes), y que tal vez los travestis hayan bombardeado más que nadie los papeles sexuales impuestos. De ahí ese explosivo lado “siniestro” que les atribuyen algunos poemas míos.

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La ironía es una forma poderosa de connivencia con el lector. Sin duda, la poesía lírica es un modo de expresión, sí, pero esto no debe ser hipertrofiado al punto de olvidar las reglas de comunicación. Y la primera de ellas consiste en dar participación activa al lector, respetarle el tempo destinado al razonamiento, a las hipótesis y verificaciones que constituyen el tejido mismo de la lectura. No respetar ese espacio de lectura suele ser un pecado mortal en poesía lírica: significa infantilizar al lector, actuar como si no tuviera una inteligencia y una sensibilidad a la altura del texto que el poeta propone. Ese respeto pasa por varios niveles del discurso poético. Uno de ellos puede ser justamente la ironía, que resulta en un llamado explícito a participar en la creación del sentido. Por otro lado, ese recurso a la pura inteligencia es también un modo de superar el mero patetismo que eventualmente puede amenazar un texto poético. Hay un sabio distanciamiento en la ironía y en la autoironía, un modo de dejar una puerta abierta también a la propia irrisión.

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No creo en poetas locuaces, en los “nerudianos”, siempre llenos de genitivos. Un poema solo debe ser escrito cuando ya no puede no ser escrito. Cuando ya ha cobrado densidad dentro de uno, y quiere nacer. Entonces sí, que nazca como pueda, y hasta como quiera. Generalmente viene con su final, su ritmo, su tono, y el poeta funciona —en mi caso, hablo sólo de mi experiencia— como un lector. No creo en “filosofías de la composición”, como la de Poe, y que tanto seducía a un poeta que admiro como João Cabral de Melo Neto. En la última entrevista que Cabral concedió, cuando ya estaba en ese proceso depresivo que sin duda colaboró para precipitar su muerte, cuando decía que “el Valium es el paraíso”, logra sin embargo hablar de poesía con pasión, y dice:

Para mí, la poesía es una construcción, como una casa. Eso lo aprendí con Le Corbusier. La poesía es una composición. Cuando digo composición, quiero decir una cosa construida, proyectada, de fuera hacia dentro […] Yo sólo entiendo lo poético en ese sentido. Haré una poesía de tal extensión, con tales y tales elementos, cosas que voy colocando como si fueran ladrillos. Es por eso que puedo pasar años haciendo un poema: porque existe un plan.

[Cadernos de Literatura Brasileira, marzo de 1996]

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Yo me sitúo en la antípoda: definitivamente yo no sé “construir” un poema, no lo lograría y no es lo mío, soy el anticonstructivista. El poema, pienso, tiene derecho a nacer solo. Esa especie de autonomía del poema respecto al poeta, esa “vida propia” la sentí siempre, y quizás me asombra más cuando escribo en metros y con rimas ver ese nacimiento del poema, surgiendo uno no sabe de dónde. Proust hablaba del “otro yo” del escritor, yo hablaría del “otro yo” que crea el poema.

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El tiempo de la poesía es ajeno a los relojes y los calendarios, es el antitiempo. Y eso está en la base de la vocación de eternidad del arte. Sin duda, la literatura y la música son “artes del tiempo”, supuestamente por oposición a las artes plásticas, pero lo son también porque descomponen el tiempo cronológico y crean el suyo, su tiempo propio, que vuela o entonces se desplaza con infinita lentitud. Sí, el poema es un agujero negro, al mismo tiempo recuerdo y profecía, pasado y futuro. Él nos domina, nosotros no tenemos o casi no tenemos dominio sobre él. Asomarse a un poema es disponerse a aceptar ese tiempo otro, enrarecido o liberador.

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Para que el poema exista uno debe crear las condiciones para la libertad del verbo, esa libertad donde la lógica “euclidiana” deja de existir, donde muchas paralelas pueden pasar por un punto exterior a una recta. Paradójicamente eso significa recuperar la lógica del poema, que es la prístina. La línea recta, tan pensada, tan cartesiana, no existe en la naturaleza, y es un principio ajeno también a la poesía. En cambio el meandro, sea voluta o curva inesperada, eso es “la sangre del poema” y lo que puede parecer peligrosamente “irracional” a la razón construida. En fin, la poesía vino al mundo para unir al ser humano a la libertad primera, la del día de la Creación.

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Amo las preguntas, no las respuestas. Las preguntas son definitivas. Fieles, vuelven siempre como planetas. Las respuestas decepcionan tantas veces, son precarias, efímeras, cometas extraviados, brillan, se disuelven.

Las respuestas se alborotan, son ruidosas, golpean como polillas contra el silencio de las preguntas.

Los hombres comparten las respuestas entre sí. Ya las preguntas se comparten con Dios.

Por eso los filósofos buscan respuestas. Los poetas buscan preguntas.

Los poemas con respuesta nos atropellan. El buen poema acaricia cada pregunta y sabe que en ella encontrará su grandeza y su fracaso.


Alfredo Fressia / Montevideo, Uruguay, 1948. Poeta, traductor, crítico literario y ensayista. Radica desde 1976 en São Paulo, Brasil. En Eclipse. Cierta poesía (2003, 2006 y 2013) se encuentran seleccionados más de cuarenta años y veinte libros de trabajo poético. En 2018, la Junta Departamental de Montevideo le concedió el título de “Ciudadano Ilustre” de su ciudad natal. Ese mismo año recibió el Premio Morosoli por su trayectoria en la categoría Poesía.