14 octubre, 2019

Una conversación musical

de Kenia Cano | Reseñas

Pura López Colomé, Imperfecta semejanza II. In nomine vocis. Ulteriores meditaciones en torno a la traducción poética, Dirección de Literatura / UNAM, 2018, 332 pp.

Quienes seguimos de cerca el oficio de Pura López Colomé (Ciudad de México, 1952), sabemos que cada prólogo, proemio o antesala que ofrezca —ya sea en un libro que haya compilado, traducido o reunido— es un auténtico obsequio. Nos muestra una lectura con devoción, tan clara que es preciso dejarse guiar. Y si esta guía se prolonga, nos encontramos entonces frente a un legado: cuestión puramente de vocación.

Borges, en una de sus conferencias acerca de la metáfora en Arte poética, apuntaba que era mucho más fácil aceptar una verdad a través de una imagen que de una proposición filosófica. En el momento en que alguien nos quiere instruir, huimos, lo enjuiciamos. Pero si se nos expone un camino, una dificultad; si se nos transparentan algunas tareas de amor, entonces nos quedamos cerca. Presenciamos la labor no sólo de traducir de una lengua a otra, sino de un fondo a otro, de una verdad semejante a otra.

López Colomé alude con frecuencia a faros, brújulas, citas impostergables; en estas “Ulteriores meditaciones en torno a la traducción poética”, es Anne Carson quien se presenta como el umbral que le abre el camino. Tras una cita invisible con Nay Rather (2013), Pura López Colomé comparte con Carson el hecho de estar “convencida de la sinonimia entre poesía y traducción”. En ambas tareas, el oficiante se topa con lo intraducible: un espacio pleno de sí, que el poeta-traductor deberá saber leer para materializar la visión. Huyendo de las generalizaciones, la autora expone algunos casos de poetas del canon anglosajón a través de seis ensayos con poemas en edición bilingüe.

La autora ha pasado buena parte de su vida meditando frente a sus poemas predilectos, sus querencias; ha gozado del tiempo concedido para sopesar, medir, vislumbrar líneas y vacíos, amando el lenguaje, el ser de palabras de Susan Howe, Alice Oswald, Louise Glück, Dionne Brand, C. D. Wright y Lucie Brock-Broido. (Recordemos que el primer volumen de Imperfecta semejanza estuvo dedicado a poetas como Emily Dickinson, Elizabeth Bishop, Marianne Moore, Fanny Howe e Hilda Doolittle. Es preciso leerlo todo de vuelta y no olvidar el apéndice que dedica al trabajo de la traducción poética en México, a los diferentes proyectos y casas editoriales dedicadas a esta labor de índole devocional).

A diferencia de las disertaciones escritas para exhibir logros o desaciertos, conquistas o derrotas irremediables, Imperfecta semejanza parece más un testimonio de vida, una confesión del quehacer en el hacer; comparte desde la sinceridad y la práctica el amor a la poesía, las principales preguntas que esta genera. En el libro Visita guiada a una sala de estar (2018), López Colomé nos cuenta su propia historia como lectora y los encuentros más significativos que la han formado y que han “afinado su instrumento” como poeta. En este tránsito se evidencia, por supuesto, la relación entrañable que tiene con el inglés y la traducción, profundamente enraizada desde sus orígenes: un camino de ida y vuelta entre las lenguas. En algún punto del libro, la autora comparte cómo una maestra de un internado, en Dakota del Sur, le recomendó que tradujera algún poema en inglés para no perder vocabulario en español; le sugirió, además, traducir algo pequeño: nada menos que un poema de Emily Dickinson.

Escuchar es lo que ha hecho López Colomé desde niña. Así como escuchó poemas como oraciones en boca de su madre, o abrazos sostenidos en otra lengua y poemas desde el internado en Saint Marty High School que disiparon toda nostalgia, supo también hacerlo con Tomás Segovia cuando le dijo: “A quien hay que traducir es a Seamus Heaney; escúchalo con atención”. Y ella no sólo se abocó a la tarea, sino que descubrió en sus líneas un secreto mayor: “Lee poemas como oraciones y, de penitencia, tradúceme algo de san Juan de la Cruz”.

Cuando López Colomé tradujo Isla de las estaciones (1991), de Heaney, calificó su actividad como traductora de “peregrinaje penitencial”. Penitencia para ganarse un oficio, una voz. No es gratuito que Imperfecta semejanza II tenga como subtítulo la voz latina In nomine vocis (“En el nombre de la voz”): todo lo que se precise para reconocer, comprender, dejar a la voz decir o callar también lo suyo mediante el canto. (Quizá debamos llamar a estas entregas “penitencias reveladas”, “flechas” o “navíos”.)

Conversaciones rítmicas, dice la autora, donde la apuesta mayor es conservar “el brillo” o, al menos, buscarlo. “Distribuir interpretando” e “interpretar distribuyendo” fragmentos hasta toparse con ese “margen de iluminación” que pedía George Steiner. López Colomé ofrece su poética de la traducción después de afiladas lecturas de Roman Jakobson, los citados Steiner y Carson, y Ezra Pound, entre muchos otros. Su erudición sutil no estorba para encontrarse directamente con los poemas elegidos; nos lleva de la mano, o del oído, con pentagramas que nos reta a interpretar.

No creo en el castigo.
El mundo ascenderá por la mañana,
incandescentes las puntas de sus alas.
El mundo seguirá haciendo lo que hace.
De día yo seré ligera una vez más.
O en la ecuación sonora de Lucie Brock-Broido:

I do not believe in punishment.
The world will rise by morning red

at the tips of its wings.
What the world will do it will keep
on doing. By day, I will be light again.

La autora/traductora nunca nos dice “la poesía es esto o aquello”; más bien, nos explica el modo de proceder de tal o cual poeta. En Glück encuentra lo siguiente: “Cuando uno lee algo digno de recordarse, desencadena una voz humana; pone en libertad a un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Y escribo para hablar con aquellos a quienes he escuchado”. López Colomé tal vez añadiría: “Traduzco-traslado-interpreto-reafirmo-confirmo para hablar con las poetas a quienes he escuchado”.

“La analogía vuelve habitable el mundo”, según Octavio Paz. “A la contingencia natural y al accidente opone la regularidad; a la diferencia y a la excepción, la semejanza […] La analogía es el reino de la palabra como, ese puente verbal que, sin suprimirlas, reconcilia las diferencias y las oposiciones”. La dicha del como siempre sugiere una versión, un poema análogo. Dice Oswald en el ensayo de López Colomé: “el símil es el arte curativo”. Es en la práctica de la traducción que una lengua puede llegar a otro punto evolutivo, a un estado saludable.

En este libro se encuentran seis retratos íntimos, detallados, que surgen a raíz de una intensa investigación documental; seis retratos construidos a partir de entrevistas, artículos críticos, relatos autobiográficos y, sobre todo, gracias al enfrentamiento con la obra poética. López Colomé nos acerca con pasión a la lectura de las autoras mencionadas al comienzo. A propósito, por ejemplo, de la bostoniana Howe, escribe: “No quiere dar cátedra esta gran inconforme, esta María Magdalena que decide ir al sepulcro a toparse con el vacío, la ausencia que es presencia”. Y acerca de Brock-Broido nos comparte otro símil: “se sabe nocturna, furtiva, creadora que se y nos sorprende por sus saltos escriturales esporádicos. Como cualquier felino, tiene épocas de cacería y apacibilidad. Según ha dicho en entrevistas, trabaja de noche y sólo cuando el año empieza a declinar”. En medio de estos relatos nos cuenta, por ejemplo, cómo Oswald supo que debía dedicarse a su oficio: “A los ocho años, se comprometió con la poesía. Antes siempre había deseado ser policía. Luego de una eterna noche de insomnio, se percató de los cambios en el mundo, de la necesidad de otro modo comunicativo, y de ahí en adelante mantuvo las antenas atentas a todos los detalles de su entorno. Comenzó a leer cada vez más y a reconocer el espejo natural entre palabras”.

Junto con los retratos recibimos, como lectores, el propio autorretrato de López Colomé: devota de la lengua, entregada a una labor exigente y autocrítica. Junto con Oswald, podría afirmar: “soy una brecha, articulo espacios”. O bien: “me dedico a la poesía porque así mantengo el infinito en mi vida cotidiana”. ¿Semejanza imperfecta también entre poetas?

Una parte fundamental de estos ensayos transparenta el modus operandi de las escritoras abordadas. Varios resultan profundamente inspiradores. Por ejemplo, el caso de Howe: su amor a las artes visuales, el libro de artista que dedica a Dickinson o su práctica de conversar frente a un cuadro: “no tenía miedo de escribir frases, se la pasaba haciendo listas de palabras al pie de una imagen”. López Colomé observa también el proceso por el cual Howe transcribe e interviene textos de su autoría y de otros, cortando, insertando cosas de manera atípica —“les inyecta otra sangre sonora y les adjudica otro esqueleto sintáctico […] un cierto fragmentar sin romper”—. Al atender estas dinámicas, la autora procede como las poetas que traduce y, en consecuencia, actuar con libertad. Una lección aprendida bajo el auspicio de Heaney: “Si te lo encuentras, ya es tuyo”.

Imperfecta semejanza II pone en escena un diálogo entre los poemas escritos en inglés y las interpretaciones de López Colomé en español. Ésta, a mi parecer, es una de las partes más propositivas del libro. Lecturas asistidas donde no hay obviedades, donde cada caso requiere (y ofrece) un acento preciso. A veces, el inglés va la cabeza; en otras, el español. A veces, poemas enteros se alternan; en otras, se citan solo algunas líneas. Incluso los poemas llegan a desplegarse en columnas paralelas, como si se pudiera hacer una lectura a dos voces. Aquí está el trabajo de la partitura. Avanzamos bajo la batuta de una directora de orquesta para dar inicio al juego del lector: asistir a una transformación con ojos y oídos gozosos, atestiguar una anhelada conversación musical.

Veamos, por ejemplo, lo que sucede en este fragmento del poema “Y vi un ángel de pie bajo el sol”, de Howe:

… Reader I do not wish to hide
in you to hide from you
It is the Word to whom she turns
True submission and subjection.

… [Lector no deseo esconderme]
esconderme en ti de ti
Ella se dirige [a] la Palabra
Eco: Ella se vuelve [a] la Palabra
Verdadera súbdita sumisa.

López Colomé se refiere a esta traducción como su “contribución más arriesgada”, incluso “cuestionable”. ¡Qué regalo encontrar en este libro los comentarios que evidencian esas dudas y tomas de decisiones! Y, también, el juicio atinado de una lectora aguda. A propósito de la puntuación en el citado poema, López Colomé apunta: “Howe inserta propuestas críticas a ‘lo metafórico’, diríase, para poner en tela de juicio las poéticas —la suya incluida—, casi en franca burla. He colocado esas consideraciones entre corchetes, conservando la posibilidad de leer la parte puramente metafórica sin someterla al dedo flamígero, y que el lector (a quien ella convoca ahí, por cierto) elija”.

“Lo que se articula se fortalece”, anota Pura López Colomé siguiendo a Czesław Miłosz. Como lectores presenciamos con placer y gratitud un significado que, al revelarse, “alude a otro y a otro, y así sucesivamente”. Cierro con esta cita de Paz, que ilumina el trabajo de López Colomé: “¿Qué es el poeta, en el sentido más amplio, sino un traductor, un descifrador? […] cada poema es una lectura de la realidad; esa lectura es una traducción; esa traducción es una escritura: volver a cifrar la realidad que se descifra”.


Kenia Cano / Cuernavaca, Morelos, 1972. Es poeta y artista visual. Autora, entre otros, de los libros de poesía Oración de pájaros (2004), Del amor ileso (2008), Un animal para los ojos (2009) y Las aves de este día (2009), por el que recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer. Entre sus libros de artista, donde se combina lo visual y lo textual, se encuentra Imágenes para la boca inquieta de mi padre (2016). Su libro más reciente es Diario de poemas incómodos (2017), que incluye una muestra fotográfica de un diario intervenido.