14 octubre, 2019

El paraíso perdido de John Keats

de Mario Murgia | Ensayos

…this earthly love has power to make
Men’s being mortal, immortal

John Keats, Endymion



El edificio marcado con el número 10 de la calle conocida como Keats Grove, en el barrio londinense de Hampstead, alguna vez llevó el nombre de Wentworth Place. Llamaron así a la mansión que ahí se ubica porque la propiedad perteneció al malhadado político liberal (y radical) Charles Wentworth Dilke, defensor de los movimientos laborista y feminista durante el siglo XIX en Inglaterra. En esos ayeres, Hampstead era un suburbio rural y boscoso de Londres, donde algunas familias con cierta posición social comenzaban a construir villas de descanso para los días más cálidos, o menos fríos, del verano inglés. A pesar de su considerable extensión de terreno y de su arquitectura al estilo de la Regencia, Wentworth Place no era particularmente lujosa. Para amortizar gastos, la casa se había dividido en dos: de un lado vivía la familia Dilke; del otro, Charles Brown, personaje involucrado también en la política, aunque conocido más bien por las personalidades con las que se juntaba. Entre aquellos amigos notables se contaba nada menos que el joven poeta John Keats, a quien Browne invitó a mudarse con él como inquilino cuando el hermano del poeta, Tom, murió de tuberculosis en diciembre de 1818. Keats vivió en esa casa hasta agosto de 1820, cuando viajó a Roma con la esperanza de que el clima mediterráneo de Italia lo ayudase a combatir algunos de los síntomas más dolorosos de la tisis que también padecía y que acabaría por matarlo al año siguiente.

No es difícil imaginarse las razones por las que hoy en día aquella calle se llama “Keats Grove”, o por qué Wentworth Place ahora alberga la Keats House, que funciona como museo, biblioteca y sede de la Keats Foundation. Allí, el poeta romántico escribió piezas tan célebres e influyentes como “The Eve of St. Agnes”, “La Belle Dame Sans Merci”, “Hyperion” y el dulcísimo soneto “Bright Star”, cuya versión final dedicó a Fanny Browne, el amor de su vida ⁠—y quien providencialmente se mudó, junto con su madre viuda, a la mitad desocupada de la mansión en 1819, año en que los Dilke abandonaron el lugar⁠—. Lo que poca gente sabe o se imagina, sin embargo, es que la casa aloja, entre muchos otros objetos de alto valor histórico y literario, un pequeño volumen que, con toda seguridad, fue inapreciable para Keats cuando su enfermedad lo obligó a aislarse cada vez más en sus habitaciones durante el par de años en que escribió su poesía más memorable. Se trata de una edición de 1807 del poema épico de John Milton, Paradise Lost, “adornado con bellas láminas” que representan las escenas más espectaculares y conmovedoras de la epopeya prelapsaria.

¿Cómo sabemos de la importancia que tuvo para Keats aquel librito? Porque, como todo ejemplar leído por un lector exaltado, cunde de notas y de glosas. Ese Paraíso perdido está amorosamente desgastado no sólo por el tiempo, sino por los dedos y los ojos de su primer dueño. En los márgenes de muchas de las páginas del ejemplar pueden observarse las cursivas que comentan los pasajes que despiertan mayor interés en Keats, las líneas que subrayan los versos más cautivadores y los trazos de una pluma que se regodea en los ecos sublimes de Satanás, del Redentor y de los primeros habitantes del mundo creado. La portadilla del libro, en especial, contiene varias consideraciones no sólo sobre los versos de Milton, sino sobre las visiones y expectativas del mismo Keats en cuanto a los alcances de Paradise Lost como obra de un genio de la evocación lírica. He aquí la transcripción de esa glosa del poeta:

El Genio de Milton, más específicamente con respecto a su envergadura e inmensidad, lo destinó, por una suerte de derecho natural, a un “argumento” tal como el del paraíso perdido. Poseía él una pasión exquisita que va propiamente en el sentido del sosiego y del placer; la opulencia poética. Y con ello me parece que bien se hubiese sentido satisfecho si, en tal disposición, hubiere preservado el respeto a sí mismo y realizado su sentido del deber; mas en él obraba, por así decirlo, aquella misma suerte de cosa que opera en el ancho mundo para alcanzar el cumplimiento de una Profecía; por lo tanto, se abocó más bien a los Ardores que a los placeres del Canto, regocijándose a intervalos con copas de vino añejo… y son aquéllas, con algunas excepciones, las partes mejores del Poema. En algunas par Con algunas excepciones —pues el espíritu de progreso y aventura jamás podrá quedar sin fruto o recompensa—, si no hubiese él irrumpido entre las nubes que tan deliciosamente envuelven el Elíseo del verso y si no se hubiese empeñado al extremo, nunca hubiésemos visto a Satanás así descrito:
      “Mas el trueno
   profundas cicatrices había en su rostro hendido”, etc.
   (PP, I.600-601)]


Como puede advertirse en su primer comentario al Paraíso perdido, Keats no sólo describe el carácter poético de la obra, sino que además deja entrever algunas de las obsesiones temáticas, sentimentales e intelectuales que toca en sus propios poemas. El joven poeta responde al poder revelador de Milton y, al mismo tiempo, asimila la capacidad que tienen sus versos épicos para evocar la angustia del despojo y la desesperanza, la monumentalidad de una retórica que representa lo que el ojo humano no ha visto jamás y la incertidumbre ante el camino que han de recorrer los hombres, tras la desgracia de su caída, hacia la salvación.

“Milton is godlike in the sublime pathetic” [Milton es divino en lo patético sublime], opina Keats en su comentario a los versos 546-52 del libro segundo del Paraíso perdido. Lo que Keats siente por el poema y por su autor no puede sino caracterizarse como una admiración desbordada que por un lado lo inspira y, por otro, lo abruma y extenúa. En una carta dirigida a su amigo John Hamilton Reynolds, fechada el 21 de septiembre de 1819, Keats revela lo que para él debió haber sido una decisión desoladora: “I have given up Hyperion—there were too many Miltonic inversions in it…” [He abandonado Hiperión: contenía demasiados giros miltonianos]. El poeta se refiere a un poema que había concebido como una pieza extensa, heroica, en la que el titán mitológico enfrenta su terrible sino al haber sido arrojado al Tártaro por los Olímpicos. No cuesta trabajo relacionar la caída del Hiperión de Keats con el destierro infernal del Satanás de Milton. Tampoco sorprende que una de estas grandes figuras herede un tremendo sentido de subordinación —de inferioridad, si se quiere— de la otra: Keats había ya admitido sin tapujos, para bien y para mal, la injerencia de Milton en su experiencia de la vida y del quehacer poéticos. Asombra, en realidad, la franqueza de Keats al reconocer en el Paraíso perdido, y sobre todo en sí mismo, una pulsión estética y creativa que, así como puede resultar benévola, con frecuencia deviene paralizante u ominosa para un poeta que todavía busca la particularidad de su voz. Quede, pues, la herencia de Milton representada en Keats no sólo como vigor imaginativo, sino también como reconocimiento de la falibilidad del individuo visionario que, después, hizo del poeta frágil e inseguro la quintaesencia del fulgor romántico.


Mario Murgia / Ciudad de México, 1973. Es profesor de literatura, traductor y poeta. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran Singularly Remote. Essays on Poetries (MadHat Press, 2018) y el poemario El mundo perdone (Alios Ventos Ediciones, 2018).