7 octubre, 2019

Aspectos reunidos y aspectos separados

de Gabriel Wolfson | Reseñas

Balam Rodrigo, Libro centroamericano de los muertos, FCE, 2018, 141 pp.

Hugo García Manríquez, Lo común, Meldadora, 2018, 54 pp.

Sea un concurso de vacas lecheras. Los jurados son expertos en leche. Quién sabe, no obstante, si han probado leche en los últimos tiempos, o si llevan rato sólo tomando leche de tetrapack. No importa, ahí están y hay muchas vacas porque el premio es relevante. Pero en este concurso no es requisito que los jurados prueben la leche de las vacas. Pueden hacerlo o no, y no está claro de qué depende. Porque, por otra parte, las vacas están cubiertas por lonas gruesas, como coches de colección. Nadie puede garantizar que sean vacas, y sin embargo el jurado debe deliberar sobre la leche que dan esas vacas o supuestas vacas incluso sin probarla. Los jurados no pueden ver debajo de las lonas ni palparlas, y nadie sabe bien cómo hacer para ofrecerles un vaso de leche. Están, pues, limitados a su oído, así que ahí ponen toda su destreza y concentración. Al final, una decisión sabia: premian al montículo cubierto de lona al que, prístina, inequívocamente han escuchado mugir. Eso, al menos, es con toda seguridad una vaca, se dicen. El público aplaude.

¿Qué se lee, qué se reconoce en el penúltimo premio Aguascalientes, el Libro centroamericano de los muertos? El libro —el Libro…— muge, hace el sonido inconfundible de la poesía, y ese sonido, grato pese a la espantosa temática, facilita las cosas. Los lectores pueden asentir o no, conmoverse o no —aunque no hacerlo parezca imposible—, gustar más o menos de lo que ven y escuchan, pero convendrán en que, tempestuosa, madura, ahí está la poesía. Y si además revisamos el objeto —ese volumen de papel liviano, demasiado poroso, merced al cual llega a nuestras manos el mensaje trascendente—, con los muchos sellos institucionales cobijándolo y, sobre todo, con el notable diseño como poemario —sus varias secciones, sus dos índices, sus alusiones veladas y reveladas, sus puntuales epígrafes, sus notas aclaratorias que nos meten y sacan del poema, diciéndonos todo el tiempo: esto es un poema—, el camino se desbroza todavía más. El Libro… hace el sonido de la poesía y se recorta en el horizonte simbólico, o en el anaquel de nuestra preferencia, con la añorada silueta de la poesía. Incluso, por si faltara, a la resignada modernización del legendario vino nuevo en odres viejos —temas nuevos, actuales y urgentes en los moldes eternos—, se le arrejunta su opuesto y complemento, el de los odres novedosos, al día: la seductora terminología de las “intervenciones, actualizaciones, incorporaciones y reapropiaciones […] a manera de palimpsesto” y la coquetería multimodal de incluir fotos, para que nadie vaya a resentir un excesivo apego a la tradición.

Es curioso que en este Libro…, de Balam Rodrigo (Chiapas, 1974), y en Lo común, de Hugo García Manríquez (Chihuahua, 1978), se contrapongan dos ámbitos en apariencia equiparables. En el de Rodrigo, una dramática oposición entre el reino purificado de los hombres de maíz —la gran cultura comunitaria enraizada en sus territorios— y el imperio de la violencia, cuya pintura se colorea de modo que una heterogénea serie de crímenes y agresiones resulte cobijada por el genocidio, ese inmanejable talismán del mal en nuestros días. Los guatemaltecos, hondureños, salvadoreños que depositan estrofas en el Libro… han salido huyendo de sus países y caen en México, una intemperie siempre más abyecta que sólo ofrece cobijo bajo la forma de un cementerio; el Libro…, encaramado en una prestigiosa tradición que halla en Lee Masters su faz más conocida, es justo eso: un camposanto elegiaco y patético que, sin embargo, a diferencia de sus personajes, encuentra un refugio y no se aparta de él. La hipérbole es el refugio. La imagen es un refugio aún más acogedor.

Voy a esto. En una entrevista, el autor planteó que su lenguaje no se destinaba a críticos ni a colegas poetas —quienes no obstante, acaso bajo un rapto disociativo, le dieron un premio—, sino que se pensaba como el lenguaje sencillo y accesible de los propios migrantes centroamericanos. Su léxico, cabe apuntar, es mucho más variado y exquisito que la parquedad monótona y casi franciscana de Lo común. Pero el problema casi nunca ha sido de léxico. No ha sido mayormente el problema ni en Góngora ni en Darío ni en Di Giorgio. El problema ha sido el espejismo del lector común —o del lector sofisticado, para el caso—, esa entelequia, y ha sido sobre todo un problema contextual, de usos sociales del lenguaje: de formas de uso cómodas o no, previstas o no, reconfortantes o no, incluso perceptibles o no. El Libro… a ratos brinda un registro seco, frontal, crudo —que ya de por sí podría insertarse en un decir literario más o menos idiosincrático en estos días, signados por la obligación de la brutalidad—, pero ese registro no puede mantenerse mucho tiempo. Ha de recalar en la hipérbole tremendista como señal de poesía; en la prosopopeya que sigue trabajando a la nación como personaje animado y coherente, si bien enfermo o “desmembrado”, como señal de poesía muy mexicana, y en la metáfora de fácil identificación, esto es, aquella donde no importa tanto su sentido —por otra parte, de sencillo desciframiento—: lo que importa es que su forma, naturalizada antes del Libro… y consagrada en él, sea reconocida como una operación social del lenguaje que emblematiza a la poesía.

No me interesa consignar el sabor cursi o melodramático de muchas de estas imágenes ni la reiteración de su esquema: lo que subrayo es su carácter funcional, responsable de garantizar que, no obstante sus registros sociolectales o sus giros sintácticos, el texto sea reconocible y catalogable: tenga listo, digámoslo así, su pasaporte o visa para ingresar sin trabas y más bien ceremoniosamente a la república del discurso. Y una vez ahí, junto a sus pares, atildado y visible en primera fila, el texto puede hablar de lo que sea, incluso de asuntos como la infamia y el dolor, o quizá sobre todo de asuntos como la infamia y el dolor. La poesía se vuelve una especie de guía o monitor grupal, un esparcidor de sentido social, un donante de sensibilidad: como cuando, en la novela de Woolf, recién amanecido mujer y huida de Turquía con los gitanos, Orlando contrae la “enfermedad inglesa” del amor por la naturaleza y se extasía ante un paisaje: “Comparaba las colinas con murallas, con los pechos de las palomas y los costados de las reses. Comparaba las flores con esmalte y la hierba con alfombras turcas desgastadas. Los árboles eran harpías marchitas y las ovejas, grises cantos rodados. Todo, de hecho, era alguna otra cosa”. La poesía se vuelve, en especial, una comunicadora de sí misma, de su estatuto un poco ajado pero digno, estoico y relevante: una vez más, en un ritual inagotable, mil veces perfeccionado, se confirma como la alteridad de, por ejemplo, aquella infamia y aquel dolor. Así, de una misma plana del poema “¿Dónde ha quedado nuestra lengua?” entresaco los siguientes sintagmas: “La Bestia del tiempo”, “El filoso machete del silencio”, “la antorcha amarilla de su hígado”, “el pellejo de mi corazón”, “el asfalto de la noche”, “la negra tela del cielo”, y transcribo el final: “Entre los rieles de este libro yace mi lengua:/ descuartizada”. ¿Qué se entresaca aquí? Sintagmas nominales en función de imágenes; sintagmas de inmediato identificables como poesía; y una lengua que dice las violaciones, los tajos, la decapitación y, sin embargo, se ofrece íntegra, armónica, cobijada, segura. La poesía ha tomado las historias, el discurso del horror, para decírnoslo. Y ya sabemos cómo va a hablar la poesía y qué tiene que decir: ante todo, que es ella la que habla.

“Diremos entonces que, según las fantasmales leyes del mundo, la arbitrariedad del signo nos ha hecho arbitrarios. Y esto es probable. Pero la ausencia de signo no nos haría más ausentes sino, a la inversa, más concretos.” Esto dice un también fantasmal Winfried Hassler, acaso inventado por Libertella en El árbol de Saussure, y podría haber servido de magnífico epígrafe a Lo común. Podría, salvo que este libro no se esfuerza en parecer un libro de poesía. De hecho, la edición de Meldadora se presenta, sin ironía, como el “panfleto 001” y viene engrapada. No hay encomios en la cuarta de forros, imágenes en portada ni, desde luego, epígrafes. Sobre todo, no hay entonación poética, patrón rítmico ni eufonía de la que pescarnos para respirar tranquilos. Lo común arranca con una entonación neutra, apenas constatativa, con términos (como “indexicalidad”) que difícilmente aparecerán en un Premio Aguascalientes, y abre dos líneas de trabajo para el libro: por un lado, la oferta de un enunciado que se tomará a sí mismo como uno de sus objetos (“…discusiones sobre poesía/ que en el fondo son discusiones/ sobre política”) y que, por tanto, no podrá perder de vista su estatuto particular, formal y pragmático, es decir, que no lo dará por hecho; por otro, el mecanismo de tal enunciado, un mecanismo —lejos el terreno fértil de las metáforas, hipérboles y aliteraciones— basado en la yuxtaposición: “Aspectos reunidos y aspectos separados”, dice una especie de estribillo menesteroso: orbes, contornos de cosas agrupadas —que la poesía suele reunir cuando acaso debería separarlos o, en especial, que suele negarse a juntar—, aspectos cuya obligación de incompatibilidad pareciera haberse echado encima mucha poesía como objetivo no declarado pero primordial.

De un lado, seres vivientes en riesgo de desaparecer en México. ¿Por qué lo digo así? En parte, por librarme de la locución esclerotizada “especies en peligro de extinción”; también, para indicar que, aunque Lo común se concentre en un puñado de animales (como el mono aullador, el oso gris mexicano, el mapache de Cozumel, el tlacuache lanudo centroamericano o varias tortugas) y alguna planta (el arbusto de gobernadora), es claro que son muchas las formas de vida extinguiéndose en este momento en el país o a un paso de ese borde (otra forma de vida sumada a este coro: la lengua maya mediante la cual, en el Popol Vuh y aquí, hablan ciertos objetos, en especial la “piedra moledora del maíz”: bien pensado, la piedra, la mano de metate también se suma a este lado de los “aspectos”). En el otro flanco, el ámbito dual de los equipos y del presupuesto invertido en su adquisición para uso de los aparatos estatales —Secretarías de Defensa y Seguridad Pública, sobre todo—: armas, aviones, camionetas, escáneres, vehículos blindados, lanzagranadas, helicópteros y millones de pesos, millones de dólares, porcentajes del presupuesto, incrementos del presupuesto, número de efectivos de la Sedena. El libro así, en principio, remite a una composición serialística: se cuenta por una parte con una lista de elementos o aspectos (animales, plantas, armamento, empresas armamentísticas, el Palacio de Bellas Artes, sus mascarones y estatuas, presupuestos y costos, y la poesía misma) y por otra con engarces, los mecanismos mediante los cuales se trenzan o yuxtaponen tales aspectos (algo “representa” tal otra cosa, algo “es indistinguible” de aquello, algo “está conformado por” eso otro, etcétera). Y no hablo de serialismo para remitir el libro a una cierta estirpe —en realidad, la oportunidad para emplear o retomar tal o cual elemento parece aquí más impulsiva que dictada por el ordenamiento y la previsión—, sino para indicar una de las formas bajo las que se ejerce resistencia contra el impulso poético, al menos contra cierta idea popularizada de impulso poético: frente al sueño de la expresividad, del buceo interior, el trabajo de quien dispone sus materiales a la vista y luego los manipula según modos de operación no determinados por su subjetividad. De ahí que en Lo común, si bien nada los subraya, resalten dos o tres versos en los que asoma el yo (“Bombardeos que son extensión/ del impacto que recibió en el pómulo/ mi madre cuando yo tenía 17 años”).

Asoma un yo, diremos más bien: uno que, en ese momento del libro, establece uno más de los engarces entre elementos, reúne una vez más aspectos, acaso la relación menos complicada: entre la violencia estatal, generalizada o a gran escala, y una violencia única, por contraste minúscula. En este caso, unos aspectos son extensión de otros; como ya apunté, en otros casos algo (“mascarones de cabezas humanas” del Palacio de Bellas Artes) representa “miras telescópicas”, “presupuesto militar” o “munición”. En realidad, a lo largo del libro se persigue, difuminada por la serie de engarces, una sola forma de relación entre aspectos: no una forma lógica, razonada o argumentativa, menos aún la forma metafórica con que la poesía suele proyectar sus mensajes fantasmagóricos (una vez abiertas, digamos que por Baudelaire, las puertas de la poesía al horror, al asco, al estremecimiento, ni aun las retóricas de la crudeza, la abyección o la brutalidad garantizan librarse del ejercicio de embellecer): más bien, la forma que establece identidad porque sí, sin comparaciones, sin matices, sin encadenamientos sensatos: leer literatura, como leemos en Lo común, es leer “el presupuesto del ejército mexicano”, punto; percibir el arte, leemos a continuación, es percibir “el presupuesto del ejército mexicano”. Y no es que se hable de que todo es político (la poesía/el cuerpo/el sexo/etcétera), una fatalidad que, una vez advertida, agota pronto su función si solo se la repite —en todo caso, se advierte más bien contra la despolitización por sentido común: politizar la poesía en el sentido de dejar de definirla esencialmente como apolítica—; más bien, se apunta a la indexicalidad de la poesía, su anclaje más o menos disimulado, su ocurrencia en tanto presencia social, gesto que dice lo que dice al mismo tiempo que designa su lugar, su materia, la sombra que proyecta: enunciado que no puede dejar de decir algo tan simple como esto, aquí, algo tan abierto y tan necesitado de encarnar como esto, aquí, aun si en muchas ocasiones se haya olvidado de esto o haya incluso nacido sin saberlo. De ahí un momento climático de Lo común, asumidamente panfletario, cuando se plantea que el verdadero problema de escribir no es el de “la hoja en blanco” (o póngase aquí la estampa que mejor le resuma a cada quien la candorosa escritura de lo sentimental, de la sinceridad, de lo moral o de lo trascendente) sino el de tomar uno de dos partidos: el de los letrados que, ante el motín, optan por proteger la biblioteca, o el de las formas de vida y “las formas del lenguaje que/ brotan del motín”.

Puedo decir que estoy de acuerdo con las opciones políticas del Libro… de Balam Rodrigo: solidaridad con los migrantes centroamericanos, repudio a la violencia estatal y criminal, compasión por quienes sufren el dolor y la pérdida, de la misma forma en que, a ratos, puedo distanciarme de las de García Manríquez: su englobamiento radical de todo lo letrado bajo el signo de la opresión. Pero también podría decir que nadie entre quienes lean estos libros discreparía de aquella solidaridad, repudio, compasión: se trata de los mensajes que día a día nos repetimos en las redes, el progresismo y la bondad que, en su versión más rudimentaria, alcanzan las cotas del eslogan o el pictoline. Lo común, más bien, se resiste a ser discurso ornamentado transmisor de mensajes, y en cambio pone a operar signos y estructuras para que las cosas hablen, los aspectos colisionen, las posiciones se tornen complejas, problemáticas y se mantengan en apertura, sin clausurar enunciados que, fuera del texto, como sujeto político, seguramente el autor firmaría. En el Libro… hay discurso plasmado, que se nos ofrece para su visita y contemplación; en Lo común hay mecanismos que se ponen en marcha sin conocer del todo sus posibles resultados. Uno de los principales: aquel que, al reunir aspectos, hace visibles, mediante la contundencia y la implacabilidad, ciertas terribles oposiciones sociales que, en el discurso cotidiano, intentan no existir, o en todo caso pasar por yuxtaposiciones apenas azarosas. La poesía, parece sugerirse, no tiene garantizada su pureza frente a la violencia y el sufrimiento, y no podría prolongar su ejercicio si antes no pasa por la prueba de fuego de situarse, como aspecto social y no como discurso tematizador, reunida junto a esa violencia, atadas ambas al mismo punto de la misma historia.

La poesía tiene un aspecto reconocible: canta, llora, muge y, entonces, identificamos ese aspecto único. En la modernidad, la poesía, sobre todo, se muestra visualmente como tal: tiene el tamaño, el contorno y la disposición únicos. Como Ullán en aquella serie de poemas donde extractaba notas rojas, de opacidad y timbre franquista, y las disponía como estrofas claras y audaces, García Manríquez también encuentra su materia en los archiveros o vertederos del discurso actual: notas de prensa que quién sabe a qué otras notas de prensa plagiaron, informes de la Sedena, entradas de Wikipedia o la Norma Oficial Mexicana. Pero no para “recrearlas”, ironizarlas, recontextualizarlas ni atractivamente intervenirlas. ¿Que no se puede poner tal cual un párrafo de El Universal en el poema? Claro que sí. Se trata, recordemos, de reunir aspectos, de negarse a santificar una exclusividad lingüística, de aceptar que el poema señala un momento donde esos son los discursos predominantes. Pero, también, de mantener en el presente el hecho de que ese poema que señala los discursos predominantes es, a la vez, un discurso de cierto tipo, indexado en la Historia y por tanto, como cualquier otro, sujeto a los vaivenes y conflictos de su tradición y su contexto discursivo. Esto que ven aquí, parece decirnos Lo común, es un poema porque pone de relieve los modos en que, desde hace tiempo, la poesía lleva construyendo o fintando su aspecto, y lo hace al partir no de una fuente o un archivo lírico sino de material burocrático y mediático. Y lo es, además, porque echa mano de “la operación/ básica de la poesía: la interrupción”: no la imagen, no el sonido que complace, sino el corte, la cesura, la irrupción, la emergencia de lo no esperado y lo nunca convocado. En el espacio donde la guacamaya roja está en peligro de desaparecer, la poesía reparte premios, la Sedena compra helicópteros y el poema interrumpe.


Gabriel Wolfson / Puebla, 1976. Narrador, ensayista, crítico literario y editor. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri en 2003 por su libro Ballenas (Fondo Editorial Tierra Adentro). Es autor de Los restos del banquete (Libros Magenta, 2009), Profesores (Conaculta, colección El Guardagujas, 2015) y Be y pies (Tumbona, 2015), entre otros, y editor del sello Cabezaprusia, con sede en Profética Casa de la Lectura.