Todos los bullicios del mundo

No es que ya haya perdido el lugar adonde volver,/
más bien,/
me he vuelto este lugar de regreso./
El anochecer huele/
como si todo mundo tuviera un poco de ganas de llorar/
y los días de primavera también anochecen gradualmente.

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La “romántica” olvidada

¿Qué es lo que me preocupa y qué estoy esperando?/
En el pueblo, me aburro; me apena la ciudad./
Placeres de mi edad/
Jamás podrán salvarme de este paso del tiempo./
Antes, las amistades y encantos del estudio,/
Llenaban sin esfuerzo mi tan tranquilo ocio:/
¿Qué objeto entonces tienen mis deseos tan vagos?

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¿Qué escriben los pájaros en el crepúsculo?

Bandadas de gansos escriben/
una palabra en el cielo. Una palabra/
golpeada como un gong/
antes de yo nacer./
El cielo se mueve como ganado que muge./
Estoy tan vacía como piedra, como campos /
arados pero sin sembrar, desnuda/
y ciega como una piedra. Ciega/
a la palabra, ciega/
a todo excepto a la llamada de los gansos.

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Silencio nocturno / Si acaso

No des cancha a los malos pensamientos./
Si en noviembre o diciembre muero,/
me ahorro la fatiga de morir/
en un enero o febrero de hielo/
o en la matanza de marzo.

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Baudelaire, el albatros

Baudelaire, más que otros poetas, invalida toda pretensión de objetividad, invita más bien a referir la experiencia de leerlo. Y aun esa experiencia debería datarse, porque el Baudelaire que nos fascinó en la juventud tiene una faz diferente a los ojos del lector maduro o del lector que envejece, a punto tal que este último se asoma de nuevo a sus poemas y se pregunta, perplejo: pero ¿quién era entonces, quién es Baudelaire? Y sobre todo, ¿qué es?

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Quien fuera, estrella, como tú, constante

Quien fuera, estrella, como tú, constante
–No colgar de la noche en brillo ausente
Con los ojos de par en par, pendiente
Como eremita insomne y vigilante
Del agua clerical en sus rutinas
De ablución pura por la orilla humana,
O ver caer la mascarilla vana

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Como la tierra que labraste

Tienes la cara cansada,/
Como la tierra que labraste,/
Estás lleno de sabiduría,/
Tu piel arrugada de tantos problemas,/
Te conectas con tátà mbátsúun y bè’go,/
Lloras por los que se menos precian,/
Por pertenecer a tu cultura./
Temes perderte,/
Como los rayos del sol…

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Pasaje

Tendré que valerme de flores para dirigirme a ti./
Plumería silvestre (tu olor empalagoso me marca)./
Coralillo puntillista (te trenzo en mi cabello)./
Tlepatli azul índigo (borras el cielo)./
Lignum vitae (predices todas las historias)./
Rosas que crecen harapientas en la costa (quédate conmigo).

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