25 febrero, 2019

Una belleza hablada

de Jorge Medina Vidal | Reseñas

El conflicto con la forma —constante de la poesía occidental a partir del simbolismo francés y luego retomado con intensidad terminal por las vanguardias estético-históricas del siglo XX— fue abandonado por el uso plural de la forma. Un raro paso el de la negación a la pluralidad, donde se finge la consumación de un deseo total que culmina en un estado de indiferencia. La poesía de [Jorge] Medina Vidal [1925-2008] recoge ese estado de ánimo con una convicción ejemplar. Hace suyo el estado de las cosas. Pero lo hace sin abandonar un punto de certeza heredado del romanticismo tardío: el de la “gran poesía”, un concepto —o un conocimiento— desaparecido entre nuestros contemporáneos.
[…]
La poesía de Medina Vidal literalmente somete el panorama poético a un arrinconamiento: el del conocimiento de su propia realidad. La poesía se atomizó a sí misma y sus propios elementos constitutivos sobreviven separados. […] El poema deja de ser para convertirse en un sobreviviente de sí mismo. Pero un sobreviviente cambiado por esa muerte de los otros (poemas). La mirada sólo puede volver, sólo puede recordar lo que fue el complemento del presente que señala lo que ya no es. El fue desbordado y el será restado. El señalamiento de la poesía —una mínima evocación en dos palabras— por parte de Medina Vidal, siempre fue una puesta en práctica de la capacidad de deslumbramiento.

—Eduardo Milán



Nadie llora

Deben ser inútiles las rosas
que tanto se prodigan
y deben ser inútiles los ríos
que están aquí y en todas partes,
y debe ser inútil el aire
que se esconde y agita.

Toda esta tarde
ha sido
una tarde de pájaros,
con pupilas que extienden
una belleza hablada.
Nadie llora la inútil
parición de la tierra,
pero los muertos y los que tienen hambre
quizá le encuentren
algún sentido oculto
a todas estas cosas.



Las terrazas (fragmentos)

I

Señor tasador
mi herencia actual
una terraza.

(Los brotes de bambú se alternan
hacia el cielo,
inundan el espacio de ocre claro
y un verde silencioso,
pudieran deslizarse las aplysias
doradas por el aire).

Señor tasador
veinte tumbas cabrían
en esta terraza,
con suaves parámetros y escayolas y lemas.

el mío
siempre inclinado hacia el Nordeste

tapizado de lona
verde y blanca,
húmeda hacia el extremo que pudiera
siguiendo la costura
llegar hasta la beta Casiopea,
un extremo más triste
el de la aurora.

Una mesa
y mantel,
dos libros, cenicero. Señor Muerte
además hay una rosa
que camina también por la terraza,
con cetro y la corona
rutilante.
Y al único habitante te lo llevas.
 
XV

Llegan a la terraza
los que no necesitan acertar en el juego.
Los que juegan y están lejos
sin jugar,
los que traen un dado mágico
sin números
pero con furia arrojan algo en el cubilete.

Llegan a la terraza
los que van a morir completamente,
—los que tienen, en cambio, un mundo a ganar—
y ese mundo es de polvo
y hacen rosas con el polvo
y es una tierra gris en el envés de la mano,
y es polvo que cae
sin atracción
hacia una profundidad que se levanta.

Llegan a la terraza
y crean rincones de silencio,
grupos de soledad,
realidades que pueden
o no pueden
ser palabra o silencio.

Llegan a la terraza
los que nunca se movieron
y los otros,
reunidos en columnas,
espaciados,
ostentando que nadie va primero
para hacer una senda por el aire.

Y las duras luces de las estrellas
lo observan todo.


Jorge Medina Vidal / Montevideo, Uruguay, 1925 – 2008. Poeta, crítico literario y catedrático. Su obra, una de las más finas de la poesía uruguaya del siglo XX, sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de su país. De su producción poética, cabe destacar los títulos Para el tiempo que vivo (1955), Las terrazas (1964), Harpya destructor (1969) y Situación anómala (1977), así como Poesía selecta (2013), bajo el cuidado de su colega —y, durante algún tiempo, alumno universitario— Eduardo Milán.