11 febrero, 2019

Maneras de estar juntos: cinco lecciones del premio Aguascalientes (2)

de José Ramón Ruisánchez Serra | Ensayos

Segunda parte de dos. Puedes leer aquí la primera parte de este ensayo.

 

Luis Vicente de Aguinaga

La poesía de Luis Vicente de Aguinaga cierra y, simultáneamente, impide cerrar. Convoca una imagen pero no la obvia. Esboza y trabaja dicho esbozo con minuciosidad, sin iluminarlo ni borrarlo. Sus labores de amor bordan lo infinito. Y puesto que sueno sibilino, cito de “Punto”, un poema de Reducido a polvo, poemario ganador del premio Aguascalientes en el año de 2004: “Escribes una línea, o la trazas.”

No dice “escribo”, ni “trazo”. Es un tú quien realiza la acción en el poema. El yo observa y se convierte en amanuense o crítico de las acciones que realiza esa otra persona, quien, al ser indicada tan solo por la gramática, podría ser otro personaje lírico o el lector. Tú.

Cuando digo “escribes una línea, o la trazas”, dejo sin decir, pero no excluyo la posibilidad de que esto se traduzca como “lees un verso”. “Lees un verso” quiere decir siempre “reescribes una línea” —como no la habías leído antes, escribes y reescribes—. Del mismo modo, trazar admite la lección originaria pero también sirve para decir copiar, calcar, recorrer la línea que me han dado. Retomo el primer verso para leer completa la primera estrofa:

Escribes una línea, o la trazas.
Viene después el término: escribes una orilla.
El punto me lleva de regreso
a lo que no eras tú, ni era un donde, ni podría
ser lo mismo
comenzar otra vez, porque nada comienza.

En el origen del verso está la práctica muy física de, al final del surco, en la orilla del campo, dar vuelta al arado. “El punto me lleva de regreso”. El punto que marca el final de la línea, en tanto oración, señala el lugar desde el que tengo que construir el sentido. En una oración sólo entiendo retrospectivamente. Qué dicen esas palabras ahora que han cristalizado. Qué me quisiste decir con esas palabras. Y entonces, desde tus palabras, te construyo.

Lo digo con menos donosura que Luis Vicente, pero es inevitable: el poema es la mejor manera de sugerir algo. Yo cometo la vulgaridad de decir algo que me sugiere. Él canta y yo gloso. Y entonces retomo “El punto me lleva de regreso / a lo que no eras tú”. A lo que no eras tú pero que, al volver desde lo que dijiste (de lo escrito o dibujado), se convierte en tu quién, en tu dónde. Hay alguien en el lugar al que regreso desde el punto, pero solamente porque regreso.

Como se puede adivinar, se trata de una más de las cifras del “entre”, de lo que sólo te constituye en la medida en que te otorgo mi atención. Pero, al mismo tiempo, mi atención ha sido forjada por ti. De Aguinaga señala con fineza el borde, último lugar donde hubo algo:

El punto es la disolución de tus palabras
y tú mismo lo inscribes.

Me gusta especialmente ese verbo, aquí. El punto como disolución de las palabras, pero también como mínima grafía que marca esa orilla. Invita a otras palabras con la misma raíz, como circunscribir. Un punto es:

Un terminar más pronto
que fuera demorándose, atrasando

            este círculo repleto
y breve: su propio acabamiento.

Pero justamente para ser nada, para ser casi invisible (posibilidad única de una geometría elemental), este punto hace prodigios. Aprende a saltar —demorándose, atrasado— de verso en verso. E incluso hace el doble mortal y pasa de estrofas sin suceder. Y es que, al no coincidir con el final del verso; al resultar sorprendente, travieso; en vez de obedecer a las leyes inflexibles de “redacción correcta”, el punto escapa a la necesidad gramatical y se vuelve punto de vista, punto de fuga. Después de este poema, el modesto signo tipográfico se convierte en algo más. Leo el símil al final del poema:

Como los cuerpos que trabajan, y las manos grises,
la cara igual que sucesiones
de polvo.

          Los cuerpos que se agotan consumándose.

Si no se dijera el plural, el poema no lograría todo lo que logra. “Sucesiones de polvo”: los versos son fragilísimos. Nuestro trabajo es habitar su evanescencia y compartir lo que vimos. Como dos amantes que se agotan, no consumiéndose sino consumándose: llevados a su grado máximo.

 

Jorge Humberto Chávez

El 6 de octubre de su año Armando El Choco nos comentó en una fiesta que lo  
   habían ido a buscar
y lo encontraron un mes más tarde esa mañana que calentaba el motor de su        
   auto para llevar a sus hijas a la escuela
en 1967 íbamos al río Bravo a lavar los coches del barrio primero el del Chato     
   luego el de Bogar y al último el de Huarache veloz
en 1990 los policías iban al río Bravo a pescar muchachas que esperaban en la     
   orilla para cruzar a El Paso
en el año 2010 ya sin río casi un migra y Sergio Adrián de 13 años pelearon él     
   con una piedra en su mano y el agente con un revólver
ese mismo año en una tienda de Salvárcar el empleado se negó a pagar una         
   extorsión y recibió un tiro en la cabeza
y 17 vecinos suyos fueron cazados uno a uno mientras celebraban la victoria
   de un partido de tach
oh jóvenes hijos de Cadmo yo sé que quisieran estar en otra parte pero hoy         
   están aquí cantaba el viejo Ovidio
y a ti mujer que sacaron de su casa y amenazaron con matar a tu marido si no      
   subías a tu último paseo en auto
te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río
   ni llanto

Esto es “Otra crónica”, de Jorge Humberto Chávez, uno de los poemas más notables que se han publicado en México en los últimos tiempos. Chávez —ganador del Premio Aguascalientes en 2013— escribe a Ciudad Juárez desde Ciudad Juárez. Escribe, inevitablemente, sobre la violencia de Ciudad Juárez. Pero hace más, y aquí se explica el interés y la importancia perdurable de sus poemas: Chávez hace historia —de la manera en que se puede hacerla en un poema: de forma minuciosa e intencionadamente íntima—. Una historia que no explica ni desvanece su misterio, sino que, al contar, preserva algo y nos lo presta. Algo que no es de quien lee, sino del otro.

Incluso en los momentos en los que parecería más lírico, el poeta hace historia. Convierte sus materiales en historia: privilegiando lo que se perdió, lo que se fue secando y rompiendo. Su poesía no sólo es lo que sucede, sino también lo que se ha vuelto imposible; contamina el pasado, el recuerdo personal, el miedo de infancia que hoy resulta profético de una manera mucho más terrible que entonces.

Al inicio de su temprana y poco socorrida Teoría de sujeto, Badiou establece firmemente que “Todo lo que existe es así, a la vez, él mismo y él-mismo-según-su-plaza”. Éste es el percance en el ser de la unidad. Dice Badiou: siempre que A se da es emplazado y entonces ya no es sólo A, sino también su plaza.

Lo que me permite pensar aquí Badiou es la relación entre el individuo y el sujeto: el individuo es sólo el lugar indexado por un emplazamiento del sujeto, que al mismo tiempo está escindido entre su generalidad y sus singularidades. Este planteamiento brilla, en particular, cuando recordamos y lo hacemos atravesar ese versículo de Chávez: “oh jóvenes hijos de Cadmo yo sé que quisieran estar en otra parte pero hoy están aquí cantaba el viejo Ovidio”. La importancia del citado versículo como interlocutor con la lectura que Badiou hace de Hegel, consiste en mostrar que todo lo que existe en su plaza, muy posiblemente comparta o haya compartido o vaya a compartir esa plaza con alguien más. Tal plaza compartida puede leerse como la famosa circunstancia de Ortega y Gasset, pero también de una manera menos pasiva: yo, A, me reconozco en la plaza p y reconozco en B la misma plaza: somos comunidad porque compartimos espacio, pero también, en la medida en que lo compartamos de manera activa, saltamos a lo político y podemos ser —siguiendo aquí la brillante sugerencia del traductor de Badiou al inglés, el filósofo belga Bruno Bosteels— comuna.

2 Gringos rondan la casa de mi infancia

            Para Balta, Irma, Paquín, Fer, Mike, Carmen y Concha

Y leo su dedicatoria, larga, porque es parte del poema. Porque es parte del luto al que convoca. Porque es una lista de nombres en este libro lleno de nombres.

1. Neil Armstrong
Observaba desde la acera el polvorón de la luna. Había oído a una mujer en el patio de la finca: decía que al pisar Armstrong la luna ésta se desharía por el peso de su pie. Yo no creía, pero por si acaso seguía la crónica en el televisor y cuando el astronauta estaba a punto de saltar de la escalerilla traspuse la puerta a esperar cómo desde el cielo nos caería una lluvia de finos y delgados escombros.

2. Charles Manson
Dormía yo en la litera inferior. Sabía que muy cerca de mi casa, mil millas al oeste, a sólo trece horas en auto, en Los Ángeles, Charles Manson también estaba en su litera de la prisión, despierto, pensando en la fuga y en refugiarse en Ciudad Juárez. Mañana por la noche estará aquí, pensaba. Veía su pelo largo y revuelto, sus ojos ruines, su risa desafiante. Podía dormirme, pero lo hacía con el corazón estrangulado por la mano del hombre que al día siguiente vendría por mí.

El recuerdo de infancia ha dejado atrás la inocencia porque, desde el presente, su re-enunciación revela la naturaleza profética del miedo original. La índole de la profecía es oscilante, compartida entre quien la enuncia y quien ve cómo se cumple su enunciado críptico. No se desmoronó la luna sino el fundamento mismo de la sociedad juarense. No llegó el asesino, sino que se desmigajó en decenas de asesinos.

Y si una de las formas de la oscilación intersubjetiva en Chávez es el asesino que se desmigaja —porque la banalidad del mal es uno de los nombres posibles de la intersubjetividad, uno de los regresos que nos debemos para poder leer estos años de polvo aciago—, esta misma multiplicación sucede con la víctima. Nos comparte pero también nos confiere su fragilidad, su desamparo, su patria espeluznante.

Más que conclusión, constelación

Dice Luis Vicente de Aguinaga en un libro reciente que la poesía no aspira a tomar la plaza pública, sino a crear una íntima. Tengo mucho más que decir sobre este libro, pero por ahora me limito a haberme aprovechado de esta intuición para, así, habitar las maneras en que cinco poetas me enseñaron a pensar el espacio de los juntos.

Los juntos que son, al mismo tiempo, los unidos por una misma palabra, un mismo ritmo, un silencio simultáneo y cuidadosamente atendido, y también los juntos de fuera del poema, de la vida “real”, como la llaman los que quieren pasar por prácticos.

En José Emilio Pacheco encuentro una patria evanescente que sólo se ilumina cuando la imagina su lector —lo que sugieren tenuemente sus versos—; pero, sobre todo, encuentro la posibilidad política de sortear los patrioterismos de escuela, al mismo tiempo que el canto de las sirenas cosmopolitas que pregonan las mieles del neoliberalismo global.

Coral Bracho enseña que el arco del deseo satisfecho al deseo —donde se instituye el espacio más cercano—, se puede dibujar con una curva de la sintaxis; la atracción sexual, con la atracción entre significantes. Bracho enseña, incluso en sus composiciones más nítidas, a defenderse de la transparencia en la que parecen creer los comunicólogos.

Pero también, y aquí se esboza la molécula mínima de esta constelación, este tiempo no lineal, de regresos y simultaneidades, de relecturas que me sorprenden, este tiempo enseña a pensar la teoría de la historia que estaba en Pacheco.

La relectura es la operación crucial de quien se queda. Hay que entender que el poema no hay que acabarlo de leer, sino comenzar a releerlo. Se queda pacientemente el yo de los poemas de Fabio Morábito, se queda hasta abandonarse, hasta devenir lo que se le ha aparecido. Se queda y me enseña a controlar mis ansias consumistas.

Me enseña eso y también resuena en la forma de quedarse valiente y triste, ya no el “retorno maléfico” sino el maléfico permanecer de los poemas de Jorge Humberto Chávez. Relectura de sí mismo y de un pasado modesto que se vuelve añorable al comparársele con el presente. Una enunciación en la que unos miedos bobos, infantiles, creados por el exceso de televisión, se convierten en atroz profecía.

Ahora bien, los tiempos bifurcados de la profecía escritos en su mínima expresión, como punto, los aprendo en Luis Vicente de Aguinaga. En su manera de mostrarme que el punto indica una pausa, después de la cual hay que escindirse. Deténgase aquí, avance, como me enseñaron en la escuela. Pero, también, deténgase aquí y regrese. Como dice el autor en otra parte: “Y yo / ¿he sabido negarme a la obediencia?”

Todos estos lugares que he marcado son momentos de lo que al principio llamé infelicidad —y ahora insisto en llamar también felicidad—, lugares donde el esfuerzo de lectura y relectura no dan como fruto una transparencia, sino más posibilidades de trabajar juntos: co-laborar.

Teoría quiere decir habitualmente quedarse con la parte más árida, con eso que puede llamarse concepto. Tengo la esperanza de que no usemos estos poemas tan sólo como una mina de sustantivos herméticos. De hecho, gran parte de la posibilidad teórica de estos poemas no radica en ofrecer la etiqueta de un adjetivo pegajoso, como fueron híbrido o multicultural hace algunos años, o posmoderno hace algunos años más. Ni en un imperativo: el arco que va del analize this! al queer this! No una receta que parece ofrecer el brillo de una panacea —como el neoliberalismo, pues al final también existe la teoría económica—, por supuesto con su ulterior caída.

Lo que hay aquí, lo que nos aguarda, es otra manera de pensar. Lo contrario de una receta, de un método —de la monotonía, por ejemplo, generada con la obediencia a una sola manera de medir y de rimar—, es una teoría que no puede enunciarse completamente, sino que sólo existe como aceptación, con riesgo. La teoría no como monólogo, sino como charla, danza, apuesta.

Estas maneras de estar juntos deben decirse mediante la lectura de los juntos. Desde aquí, desde un decir menos enfático, pueden surgir mejores pedagogías y políticas; maneras diversas, plurales, de la felicidad. Mi punto final me lleva de regreso a lo que no era yo, a los lectores, a sus preguntas que habrán de formar este nosotros.



Bibliografía

Chávez, Jorge Humberto. Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto. FCE, 2013.
De Aguinaga, Luis Vicente. Reducido a polvo. Joaquín Mortiz, 2004.


José Ramón Ruisánchez Serra / Ciudad de México, 1971. Es profesor en la Universidad de Houston. Es el editor de la sección de poesía mexicana del Handbook of Latin American Studies desde el año 2014. Su libro La reconciliación aparecerá este año, publicado por la UNAM.