18 febrero, 2019

Algunas observaciones del gato de cheshire sobre los mundos que caben en un frasco de pastillas

de Ángel Ortuño | Reseñas

Dora Moro, Geodón, Luzzeta, Guadalajara, 2018, 42 pp.

“Efectos secundarios” es una frase curiosa. Por decir lo menos. Revisen ustedes las indicaciones de su medicina favorita, de su fármaco indispensable. Revísenlo ahora, sí, no me crean. ¿Ya lo hicieron? Pues bien, se habrán dado cuenta de que esa lista de probabilidades, esa especie de relato paralelo, de camino que no parece juntarse con el de la prometida cura o, al menos, del temporal alivio, describe minuciosamente las estaciones por las que pasaremos en la ruta de sentirnos mejor. Y eso, si hay suerte.

No me parece extraño, entonces, que Geodón, de Dora Moro (Guadalajara, 1969), comience justo con un poema que se titula así. Pero detengámonos un momento; ya estamos en los efectos secundarios y hemos pasado por alto el nombre del medicamento.

Geodon —así, sin el acento que vuelve la palabra aguda— es el nombre comercial de la ziprasidona, un antipsicótico atípico. Hay aquí varios elementos que, si bien son paratextuales —como les gusta decir a los iniciados—, podemos convertir con provecho en claves de lectura de un libro felizmente ajeno a facilismos líricos, y por completo atípico en el panorama de los proyectos de escritura más interesantes y desafiantes que he tenido ocasión de leer en estos años.

Lo primero que llama la atención es el cambio de nombre. Una operación discreta pero que genera una serie de ondas concéntricas de disonancia cognitiva. Se trata de lo que canónicamente llamaríamos metatonía. Por supuesto, el fenómeno sonoro registrado con ese nombre alude al cambio de acentuación de una palabra con motivo de sufrir ésta un accidente de número. (Les pido una disculpa: mi medicamento favorito, el modiodal, ocasiona unos arrebatos de verbosidad incontrolable.) Vamos: es lo que ocurre cuando pasamos de “carácter” a “caracteres”. Acá, me temo, la intención es insoslayable. Sé que si le preguntaran a Dora, lo más probable es que dijera “pues, para no tener problemas legales por el uso de una marca comercial”… pero sonreiría al decirlo. Y esta operación, la ironía, es una de esas claves que no debemos perder de vista para transitar por Geodón (ahora sí, con ese acento agudo).

El nombre resultante hace pensar —o, al menos, a mí me ocurrió así— en campos tan lejanos de la farmacología como la geología o la mitología griega. Dije lejanos, y les puedo asegurar que Dora sonríe nuevamente. Porque, además, por si faltara algo, la ilustración de la portada —obra de Dora, que también cose, teje y borda, habilidades de motricidad fina con las que me hace sentir como si yo fuera un tiranosaurio rex entrando a tirar patadas en una exquisita cristalería—; la ilustración de la portada, decía, es un dibujo muy peculiar: a la manera de las ilustraciones victorianas para referirse al pequeño mundo de las hadas, un par de diminutos personajes llevan, a tumbos, una botella llena de capsulitas azules. ¿Cómo no suponer una puesta en abismo, una advertencia sobre que el libro es una botella, y los versos en él contenidos, esa misteriosa droga?

Geología, dije, y también mitología griega. Ambas conjeturas —falsísimas— evidencian un procedimiento que campea a lo largo de todo este libro, una reafirmación de aquella formidable intuición de Pierre Reverdy al respecto de que la metáfora consiste, fundamentalmente, en el acercamiento de realidades que se suponen lejanas, no para encontrar entre ellas efectos de simpatía sino para generar una tercera realidad, inexistente hasta el momento mismo de nombrarla pero necesaria por su propia evidencia.

“Tu afán de levantarte a las cinco y media es directamente proporcional al sueldo que recibes”, dice uno de los versos que consigue, con gran eficacia, esta trasposición de la rutina más plana hacia el autoescarnio en el que la oficina pareciera desvanecerse como si se tratara de una alucinación. La ziprasidona, dicen, ayuda a pensar con lucidez. Y la lucidez alcanza cotas casi insoportables si no fuera por el medicamento:

Porque no sé, no lo sé, la cordura se envanece de ser aburrida de contener al civil, al empleado y al siervo, como si dentro del sistema social los honorarios pertenecieran al más reptil de los cofrades.

Por qué, no sé, la vida se me ha vuelto una meseta donde no puedo desayunar las delicias de lo torcido.

Son versos que pertenecen al poema epónimo del libro. Son versos de Geodón dos veces.

Conforme el libro avanza, la noción “versos” va dando paso a algo más, por vía de una proliferación que es, al mismo tiempo, una suerte de efecto palimpsesto: incluso la disposición tipográfica de párrafos y líneas continuas nos haría suponer una transición hacia el poema en prosa. Pero estos asideros normalizadores no le van, no le ajustan a un libro cuya materia verbal se activa al revolverse contra esas mismas convenciones que pretenderían domesticar una escritura —curiosamente referida a procesos farmacológicos de domesticación del cerebro.

“¿De dónde provienen las sustancias que acomodan tus nervios en un tejido neutro, suave y ordenado?”, se pregunta hacia su final el libro, en un texto titulado “Lamotrigina” —es decir, una fenilitriazina útil para controlar la epilepsia y el trastorno limítrofe de la personalidad (borderline)—. Y asoma aquí algo, una metáfora central que, por lexicalizada, funciona como ese maravilloso tejido del traje nuevo del emperador que sólo los tontos no pueden ver: texto significa tejido, escribir es tejer, y los diseños fascinantes de este conjunto de textos, a la vez familiares y extraños, esa tercera realidad surgida de los hechos crudos de cada día y su trasposición medicada, ese funcionamiento de telar que va reuniendo hilos —al principio dosificados como versos— en la densidad de un apretado tejido final… Todo esto que nos envuelve como lectores es obra de una tejedora.

Y Dora, por supuesto, vuelve a sonreír.


Ángel Ortuño / Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco, 1969. Es poeta. Autor de Las bodas químicas (Secretaría de Cultura de Jalisco, 1994), Siam (Filodecaballos, 2001), Aleta dorsal (Arlequín, 2003), Minoica (con Eduardo Padilla, Bonobos, 2008), Boa (Mantis, 2009), Mecanismos discretos (Mano Santa, 2011), Perlesía (Bonobos, 2012), 1331 (Práctica Mortal, 2013) y El amor a los santos (Ediciones El Viaje, 2015). Sus libros más recientes son Tu conducta infantil ya comienza a cansarnos (2017) y Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas (2018).