20 abril, 2020

Lectura creativa

de Mario Montalbetti | Reseñas

Juan Alcántara, Cuaderno Nielo, Matadero Editorial, Ciudad de México, 2019, 64 pp.

Voy a comenzar por el final.

O por lo que podría pasar por el final de una presentación.
Un final que intenta recuperar lo dicho anteriormente.

Y el final es el siguiente:

hay una asimetría inconmensurable
entre escribir poemas y leerlos.

Me explico.
Cuando escribimos poemas somos revolucionarios
lo hacemos con gran energía,
con rebeldía y violencia contra la lengua,
radicalizamos nuestro pensamiento

y radicalizamos su expresión en nuestros versos.
O, al menos, tratamos de hacerlo.

Pero cuando leemos,
cuando leemos poemas somos unos mansos corderitos,
sumisos y obedientes a la clausura semántica y comunicativa
impuesta por el sistema,

obsecuentes hasta no poder más.

Cuando leemos un poema devenimos presas nerviosas
de la necesidad de responder “¿qué dice el poema?”.

Nunca somos presa de esa necesidad cuando lo escribimos

porque cuando lo escribimos no tenemos la menor idea
o, tal vez, solo tenemos la menor idea,

de qué es lo que el poema dice.

Y ese es el final de mi presentación

porque el libro de Juan Alcántara es un hermoso ejemplo de lectura,
de la lectura que debemos aplicarle a lo que leemos,

de la lectura que se coloca al mismo nivel que la escritura.
O sea, de escribir como forma de leer.

Un final alternativo pudo haber sido:
en lugar de tanto taller de escritura creativa
deberíamos dedicarnos
a construir talleres de lectura creativa.

Y el libro de Juan sería lectura obligatoria.

Entonces, liberado del final, puedo llegar al comienzo.
¿De qué va Cuaderno Nielo?

En el siglo XIII se reunió, anónimamente,
una serie de 100 cuentos medievales
escritos en dialecto toscano
bajo el nombre de Il novellino.

(Hay una excelente edición de Isabel de Riquer
bajo el título de El Novelino en Alianza editorial, Madrid, 2016.)

No llegan a ser pequeñas historias morales
pero no están lejos de serlas.

Pretenden sabiduría. Y a veces lo logran.

Alcántara lee esas historias
(y ahora el verbo debe adquirir todo su peso creativo)
las lee,

y las lee en poemas.
Iba a decir que las convierte en poemas
pero no es eso lo que hace:

las lee escribiendo,
es decir, las lee como escribimos poemas.

¿Qué es leer como poema?
Les daré un ejemplo.

En El Novelino, se repite la conocida historia
de Diógenes y Alejandro.
Es la número 66 y dice así:

Había un filósofo muy sabio que se llamaba Diógenes. Un día este filósofo se mojó [al caerse dentro de] un charco de agua y se puso al sol encima de una roca. Pasó por allí Alejandro de Macedonia con un gran séquito de caballeros. Vio al filósofo y le dijo:
—¡Eh!, hombre miserable, pídeme algo y te daré lo que quieras.
El filósofo le contestó:
—Te ruego que te apartes del sol.

La explicación normal es obvia:
Alejandro es un ser poderoso;
noten: viene acompañado de un séquito de caballeros,
trata a Diógenes de miserable,
exhibe una arrogancia exquisita: “pídeme algo y te lo daré”.
Es decir, además de poderoso es un patán.

Diógenes, por otra parte,
hace de la pobreza una virtud.
Diógenes no tiene nada.
Sus únicas pertenencias son: un manto, un bolso, un báculo y un cuenco
—y el día que vio a un niño que bebía agua con sus manos
se desprendió del cuenco. 

Entonces, la moraleja obligada, la que nos cuentan,
es que Diógenes era tan austero y probo
que lo único que le pide al patán de Alejandro

es que “no le haga sombra”,
es decir, que se retire para poder secarse al sol.

Es admirable.
Todo es muy bonito y muy edificante.
Lo es si ustedes creen en el lenguaje de Trump
o en el de Bolsonaro
o, para tal caso, en el de Vargas Llosa,

que es la misma frivolidad narcisista
envuelta en papeles de distintos colores.

Pero lo que Alcántara lee
(o lo que yo leo en lo que Alcántara escribe)
es otra cosa.

Y es esto.
Alcántara vierte la vieja historia moral
apenas en cuatro versos.
Son estos:

por estar viendo las estrellas
SI TE CAES EN UN AGUJERO LLENO DE AGUA
que nadie te diga nada y
PONTE AL SOL SUBIDO EN UNA ROCA

En la lectura de Alcántara, Alejandro desaparece.

Alcántara dice: “Que nadie te diga nada.”
Alejandro se convierte en uno más, en cualquiera, en nadie.
“Que nadie te diga nada”…

y si te dicen algo,

lo que debes hacer es alzarte en contra de ese lenguaje,
de esa frivolidad,
de esa maravillosa ignorancia,

ante la cual no hay, no debe haber, tolerancia posible.

Lo que debes hacer es alzarte en contra de ese lenguaje,
es decir, subirte a una roca.

Pero eso no es todo lo que dice la lectura de Alcántara.

Dice además:

que nadie te diga nada
si te encuentran viendo las estrellas.

Ver las estrellas está en el origen
de nuestra palabra “considerar”:

sider es la raíz latina de “astro”.
“con + siderar” es por lo tanto
ver juntos las estrellas, examinarlas juntos.

Nosotros diríamos ahora que considerar es, entonces, leer las estrellas

Por lo tanto, la apretada lectura de Alcántara
da sus frutos:

si estás leyendo las estrellas,
si estás considerando,
que nadie te diga nada
es decir,
que nadie te diga
qué es lo que debes leer en las estrellas.

Y continúa:
si por leer las estrellas
te caes a un pozo lleno de agua

PONTE AL SOL SUBIDO EN UNA ROCA

Es decir: sécate. Sécate y no pidas nada.
No pidas ningún favor del poderoso patán,

así el poderoso venga acompañado de un séquito de caballeros
o de una manada de congresistas
o de una delegación de la Confiep
o de una mesa de diálogo.

“Que nadie te diga nada” es
que nadie te diga lo que debes entender,
lo que debes leer,
lo que debes considerar:
Hazlo por ti mismo.
Y decide.

En este punto
cada quién puede continuar su propia lectura.
Pero ese es el tipo de lectura que hace Alcántara
y que hace de Cuaderno Nielo un libro intrigante.

Aquí hay otro ejemplo de El Novelino,
el número 35,

que relata la historia de Tadeo, maestro de medicina,
que encontró escrito en un libro
que quien comiera berenjenas durante nueve días seguidos
se volvería loco.

[Recuerden que en italiano “berenjena” se dice “melanzane”
que proviene de mela = manzana e insane = enferma.
En efecto, las berenjenas tenían mala reputación.]

Entonces, luego de escuchar la lección
uno de sus alumnos quiso comprobarlo
y luego de nueve días de comer berenjenas
se presentó ante el maestro Tadeo y le dijo:
—“Maestro, lo que leíste no es verdad
porque yo lo he experimentado y no estoy loco”.
Y acto seguido, el alumno se puso de pie y le enseñó el culo.
—“Anotad, dijo el maestro, que se ha comprobado
que esto es efecto de las berenjenas”.

Aquí nos interesa la lectura
que hace el maestro Tadeo del gesto del alumno.

Tadeo ya sabe,
porque está escrito en los libros,
que si alguien come berenjenas por nueve días seguidos
se vuelve loco.
Esa verdad, Tadeo no la cuestiona
“porque está escrita en los libros”.

Es decir, Tadeo no lee lo que está escrito.
Simplemente lo repite.
Eso no es leer.

Nuestras cabezas, como la de Tadeo,
están llenas de cosas que repetimos sin leer.
Tenemos innumerables casos de eso.

Por ejemplo,
Todos hemos leído (o escuchado)
la famosa frase de Marx que dice
“La religión es el opio del pueblo”.

Y muy pocos han leído la frase
como el propio Marx la leyó al escribirla.
La gran mayoría sigue suponiendo
como lo supuso Lenin al no-leerla
que (cito a Lenin en “Socialismo y religión”)
“La religión es una especie de alcohol espiritual
en el que los esclavos del capital
ahogan sus propias imágenes de dignidad
y sus reivindicaciones de una existencia digna…”

Pero eso no fue lo que escribió Marx.
La frase precedente de Marx nos da la clave para leerla
de otra forma, de su forma.
Dice Marx: “La religión es el alma de un mundo sin corazón,
es el espíritu de una época sin espíritu”.

Es decir, prácticamente todo lo contrario
de lo que expresan nuestras incansables repeticiones
sin lectura.

Y lo mismo ocurre cuando repetimos
otra de Marx (“el fetichismo de la mercancía”)
o una de Matos Mar (“desborde popular”)
o una de Derrida (“deconstrucción”).

Repetimos sin leer lo que creemos haber leído.

Alcántara se da cuenta de todo esto
y su lectura, su versión, es la siguiente (p.42):

¿Qué lee Alcántara y qué deviene su poema?

Anotad, anotad,…
escribid, escribid,…
repetid, repetid,…

porque así
“se habrá comprobado que es hecho cierto”.

Poner por escrito equivale a “hecho cierto”.
Pero, después del periodismo,
ya sabemos que eso no es verdad.

“Poner por escrito” da una falsa seguridad,
es un ansiolítico que atonta.
Que atonta si no se lee.

Lo que pasamos por alto del relato del maestro Tadeo,
lo que no se lee,
es el gesto vulgar del alumno
de enseñarle el culo al maestro.

Sin duda, se trata de un gesto vulgar
pero finalmente edificante.
Con ese gesto, el alumno le indica al maestro
que no hace sino repetir lo que lee
sin leerlo propiamente.

Enseñarle el culo no es un gesto de locura
sino de sanidad —y de burla.

En sus glosas a El Novelino, Isabel de Riquer
recuerda el caso de un tal Alberico
que habiendo perdido su halcón favorito
“se quitó los calzones y le enseñó el culo a Dios
en señal de burla”.

Alcántara, con más elegancia, sin duda,
hace un gesto similar

al repetir, anotar, repetir, anotar
la ceguera estúpida del maestro
que solamente repite lo que está escrito

sin detenerse a pensar, a leer,
sin detenerse, por lo tanto, a reescribir
lo que leemos.

Una vez más:
“Que nadie te diga nada”.

No puedo dejar de mencionar aquí
a Maimónides, el gran teólogo judío cordobés
que escribió a finales del siglo XII
un gran tratado llamado Guía para perplejos
(uno de los grandes títulos de la literatura universal).
Los perplejos, para Maimónides,
son los que no distinguen el lenguaje literal del figurado,
los que no entienden.

En definitiva,
los que no saben leer.

Cuaderno Nielo, el libro de Juan Alcántara
es un precioso homenaje a la lectura
como acto verdaderamente creativo.

He mencionado solamente dos instancias
del poema como acto de leer.

No he mencionado, sin embargo,
que Alcántara juega además con otras herramientas
que las de su ingenio lector.

La puesta en página de sus poemas es decisiva.
Los poemas aparecen con diferentes fuentes de diferentes tamaños,
con cursivas y versalitas,
verticales y apaisados,
libres y justificados,

tanto que no hay dos poemas
que hayan sido puestos en página de la misma manera.

Todo esto es parte constitutiva de Cuaderno Nielo.

Si quieren un ejemplo admirable,
busquen en la página 34 del libro
un comentario muy sofisticado del relato
Nº 11 de El Novelino.

El relato original se trata de un médico
desprestigiado por un discípulo rencoroso.
En ojos de Alcántara se trata, al mismo tiempo,

de un ejercicio de fonética en la que los sonidos
se neutralizan entre sí gracias a reglas
que parecen emanar

de la arbitrariedad y el abuso de poder.
Imposible repetir para ustedes el deleite combinatorio
del que hace alarde Alcántara

pero es una de sus lecturas más brillantes.

Termino aquí, entonces,
y regreso al inicio
que fue el final.

En contra de lo que nos dicen
y que repetimos sin cesar,

escribir raramente es un acto político
pero leer siempre lo es.


Mario Montalbetti / Lima, Perú, 1953. Es lingüista, ensayista y uno de los poetas en lengua española más influyentes de la actualidad. En 1979 fue cofundador de la revista Hueso Húmero. Ha publicado, entre otros, los libros Perro negro (1978), Fin desierto (1995), Cinco segundos de horizonte (2005), 8 cuartetas contra el caballo de paso peruano (2008) y Simio meditando (ante una lata de aceite de oliva oxidada) (2016). En 2013, la editorial Aldus reunió su obra poética publicada hasta entonces en Lejos de mí decirles. En 2018, el Fondo de Cultura Económica publicó su libro Notas para un seminario sobre Foucault.