6 abril, 2020

Al ritmo de la música del fuego

de Homero Aridjis | Dossier, Inéditos

Con motivo del 80 aniversario de Homero Aridjis, referencia indiscutible de la poesía mexicana del siglo XX, presentamos una selección de poemas inéditos de su autoría, una lectura de viva voz en video, y un ensayo, firmado por Aníbal Salazar Anglada, que repasa algunas de las líneas que recorren la singular obra poética del autor de Mirándola dormir (1964). Agradecemos a Aridjis este generoso obsequio para sus lectores, a fin de conmemorar esta ocasión.

—La redacción

 

Tumba de sombras

El día, tumba de sombras.

El árbol de la vida, sin centro y sin orillas,
pozo horizontal de sombras abolidas,
bajo el cielo radiante ni tiempo ni manecillas,
desnudo de ojos y de hojas.

Una gata blanca, una gata negra
corre por los tejados, las uñas descalzas,
y en la mañana furtiva, nadie alcanza nada
saltando sobre los abismos horizontales del instante.

Al ritmo del silencio, las sombras movedizas
revolcándose en el lecho como cuerpos,
no se fían de las sombras en el suelo,
ellas mismas son sombras abrasadas.

Y creyendo que suben y que bajan,
se quedan en su nada,
despojadas de palabras, raíces y ayeres,
como arañas secas en el viento.

El poema, túmulo de sombras.
sombra a la medida de mi cuerpo,
sombra que quiere ir más lejos que los pies,
sombra que quiere mirar más alto que los ojos.

A partir de mañana, no contaré los años,
contaré mis sombras. Con tanta sombra
alrededor sólo habrá ayeres,
sombras reptantes en el cielo.

Llegará la loba,
la hora que devora cuerpos
que devoran sombras propias.
La loba a medio cielo como luna.

Tal vez ayer, yo seré como tú,
árbol de la vida, vacío de sombras,
hermoso día de primavera
para dar un paseo en el aire,

El día, tumba de sombras.

 

Poema súbito

Sacudiéndose luz como se sacude lluvia
venía una mujer por Paseo de las Palmas
como un espejismo del instante.

Beber la luz del día no era posible,
amar los cuerpos de la calle, mucho menos,
conectar follajes con sonrisas y sueños
y el andar de la mujer se le hacía propio.

Próxima y remota,
su cuerpo era cósmico y terrestre;
mas como ante un árbol frutal que camina,

él se dijo: la amaré hasta la muerte:
aún en sus misterios, sus centro y distancias.
ella será mía,
aunque sólo en mis ojos.

 

Jitokku, monje budista riéndose de la Luna

El monje es fácil de dibujar:
una cara riéndose
una cabeza greñuda
unas manos en la cintura
unos ojos abiertos a la nada
una sandalia sin sombra
una escoba
un árbol deshojado
una rama colgando
y lo más importante de todo
en el dibujo no está la luna.

 

Árbol en éxtasis

La lluvia batía vidrios en la noche.
El árbol de la calle aferrado a la banqueta
era sacudido por una tormenta fuera de estación.
Una miríada de gotas bañaba sus pies añosos,
su follaje escuálido de asceta callejero.
Un rayo atravesó el aire vestido de agua.
El rostro del árbol resplandeció.
Sus ramas crujieron al ritmo de la música del fuego.
La lluvia cesó. La noche relumbró.
La calle espaciada apenas se movió.
Alumbrado, árbol en éxtasis.

 


Homero Aridjis / Contepec, Michoacán, 1940. Poeta, novelista, ambientalista y diplomático, ha publicado cuarenta y ocho libros traducidos a quince idiomas. En 1965 se convirtió en el autor más joven en recibir el Premio Xavier Villaurrutia. Recibió también la beca de la Fundación Guggenheim y el Premio Roger Caillois, entre otras distinciones. Su obra ha sido elogiada por autores como Henri Michaux, Yves Bonnefoy, Octavio Paz, Kenneth Rexroth, Juan Rulfo, Seamus Heaney y J. M. G. Le Clézio, entre otros. Fue presidente del PEN Club Internacional y fundó el Grupo de los Cien, una asociación de artistas e intelectuales dedicada a la protección ecológica y la defensa de la biodiversidad.