13 abril, 2020

Abrazombies

de Daniel Wence | Dossier, Ensayos

Para muchos autores de mi generación, la figura de Sergio Loo (Ciudad de México, 1982-2014) fue esencial. De algún modo convergimos en torno a su voz que nos llamaba, y hacía siempre de intermediario entre unas y otros, y nos hacía estar atentos al entorno, a no perdernos de nada ni de nadie.

Ahora mismo estoy pensando en un soundtrack y en algunos elementos detonadores de la memoria para decir lo que quiero: que Sergio fue como esas palabras suyas, oscuras y luminosas a la vez, ácidas y dulzonas, que siempre provocaban una sacudida de conciencia literaria, política o social.

Pienso, por ejemplo, en si Leo García sería un buen fondo musical para recordarlo: “no seas fresa”, diría Loo, pero igual cantaría el estribillo o quién sabe si la canción entera: “¿Sabrá tu novia que escuchamos Morrissey?”Joy Division, tal vez: “cliché”, me diría. Lhasa de Sela: “Lo malo fue cuando explicó la canción ‘Pajarillo’”. Santa Sabina: “Demasiado dark para estos días”. Soda Stereo, The Strokes: “solo en el bar, ya sabes, el de las escaleras que conducen a otro bar”.

Corcobado suena mejor, oscuro y cursi. Dejo que suene. Recuerdo a Sergio a través de la música porque así fue: musical. No tanto como los poetas que bailan. Me refiero a su obra, que bien podría leerse marcando el tempo con el pie y escucharla sonar. Me refiero a sus pausas, sus cadencias. Y así nos exigía marcar un ritmo en la vida y la poesía. Buscar esa vitalidad alrededor sin perder el toque amargo, el justo equilibrio.

Sergio iba siempre cargado de libros. Libros de otros. Los vendía, vendía la idea, la necesidad de leerlos y de tener un mapa completo —“usted está aquí”, primero el nacional, y luego, el de cualquier parte. Generoso, sacaba poetas de sus escondites y los presentaba en sociedad. “Es que soy promotor”, me dijo cuando nos conocimos. “No creas que acostumbro regalar libros, pero eres chido. Llévate estos y los comentamos en una semana”. Regresé a Morelia con libros de Rodrigo Flores Sánchez, Ángel Ortuño, Julián Herbert, Luis Felipe Fabre y con una lista de nombres para averiguar su trabajo: Xitlálitl Rodríguez Mendoza, Karen Plata, Omar Pimienta, Alfonso D’Aquino. Poco a poco fueron llegando correos electrónicos con más nombres y poemas, libros escaneados, textos propios (“a ver qué te parecen”), antologías, invitaciones y comentarios sarcásticos sobre los premios literarios.

Aquella vez también regresé con Sus brazos labios en mi boca rodando, del propio Loo, y Desde las ramas una guacamaya, de Maricela Guerrero, luego de un idílico primer encuentro en Delicias, Chihuahua. Fue apabullante, fue bueno caminar por las vías del tren en una ciudad sin edificios altos.

Cuando hablamos sobre Sergio, sus amigos recordamos su generosidad y amor. Su extraña capacidad de congregar, de hacer visible lo oculto. Su exigencia, su cutter en algunos textos nuestros. Bastaba decirle: “Voy a escribir sobre…” para que al día siguiente apareciera en la bandeja de entrada del correo una lista de autores, libros y revistas que podrían ser útiles. Así, Loo fue creando mapas, redes, colaboraciones y sembrando en otros ese ánimo de formar vínculos por el puro gusto. 

Su vida era como esa palabra suya, “abrazombies”, con la que cerraba sus correos, mensajes de texto o llamadas telefónicas. Ahí está su magia agridulce, el afecto que no merma ni con el apocalipsis. Allí la despreocupación y la seguridad de que el aprecio tiene sentido, y la sagacidad de no dejar nunca de lado el sarcasmo para mantener viva la mente. Cuánta alegría, pensamos ahora: “usted está aquí”.

¿Quién fue Sergio Loo? Dice Wikipedia que fue un poeta y narrador mexicano. Que egresó de la SOGEM y de la especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX de la UNAM. Que formó parte de varios proyectos culturales. Que, además de dedicarse a la poesía y la narrativa, Loo también participó como coescritor de guiones de cine. Casi no se menciona su labor como promotor literario. Tampoco se alude a su capacidad de descubrir, mostrar y unir. (“Te presento Gaylandia”, me dijo un día al llegar a la Zona Rosa, porque no todo es poesía, aunque lo sea —pero no en un ánimo de figurar, sino de simplemente estar allí.)

Por todo ello, lo recordamos ahora, en nuestras reuniones, y gracias ese legado que nos dejó, con sabiduría, ética, mucho colmillo y el gusto de compartir. Hoy, Sergio Loo estaría cumpliendo 38 años, y pienso de nuevo en esa apocalíptica, esperanzadora y amorosa palabra suya: abrazombies. Celebramos su vida, nos reunimos a hablar de él, para “trazar en qué estamos pensando”: lo valioso que fue para nuestra época y que seguirá siendo en otras.


Daniel Wence / Michoacán, 1984. Poeta y educador para la paz. Egresado de la Facultad de Letras de la UMSNH. Es autor de los libros de poesía Nada de incrustaciones (La Ceibita – Tierra Adentro, 2010), Arlecchino (Montea, 2017), Discordantes (Instituto Zacatecano de Cultura, 2018) e Historia natural de la melancolía (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018), así como de algunos libros infantiles editados por Derecho y Revés en colaboración con Seigard (Chile). Director del Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes «Ciudad de Morelia» (ENPJ). Ha sido becario del PECDAM y del programa Cultura para la Armonía. Recibió mención honorífica en el primer Premio de Literatura Diversa (Zacatecas, 2016). Ganador del XII Premio de Poesía de la Fundación Jesús Serra (Barcelona, España, 2019).