13 abril, 2020

Ocho anotaciones sobre Guía Roji

de Monserrat Acuña | Dossier, Ensayos

1.
Durante una época de mi adolescencia, mi papá trabajó en una empresa brasileña ubicada en la Ciudad de México. Su trabajo implicaba visitar distintos estados del país: desde Tabasco hasta Durango, cada fin de semana regresaba religiosamente a Querétaro, la ciudad donde crecí. En ese entonces, la tecnología de los GPS no era tan accesible como ahora. Recuerdo que mi padre se hizo de un ejemplar del Atlas turístico de carreteras, editado por la Guía Roji. Todos los domingos por la noche, mamá y papá desplegaban el atlas en la mesa de la cocina y señalaban con un marcatextos la ruta a tomar el lunes por la mañana. Mi madre le hacía cuidadosas anotaciones en los bordes del atlas para que él no tuviera ninguna duda. Ese recuerdo fue el primero que vino a mi mente cuando observé, en el poemario de Sergio Loo (Ciudad de México, 1982-2014), la imagen de una página de la Guía Roji intervenida por un soneto oculto bajo unos recuadros negros. (Se sabe que es un soneto porque los recuadros siguen la forma convencional de dos cuartetos y dos tercetos.) En el largo más o menos uniforme se esconde la ilusión de la métrica. “El lenguaje construye edificios sociedades y urbes pero mis venas dicen bruma/ Sin sintaxis no hay ciudad”, dice Loo.

2.
En un documental de Netflix sobre los recuerdos, se explica que los taxistas de Londres deben pasar una prueba llamada “el conocimiento”, la cual consiste en memorizar las 25 mil calles de la ciudad. Los hipocampos de los taxistas crecen después de obtener su licencia, lo cual implica que su memoria se desarrolla más en comparación con la de otras personas. En un salón de la Licenciatura en Letras, la profesora explica cómo es que los aedos lograban memorizar las múltiples estrofas yámbicas o los hexámetros jónicos de los poemas, mediante la siguiente estrategia mnemotécnica: el cantor debía construir, en su mente, una casa. Cada estrofa corresponde a un cuarto dentro de la casa, y esas alcobas se encuentran adornadas con elementos que permiten vincular el tema de la estrofa: una columna podía representar cierta cantidad de naves. De modo que cuando el aedo cantaba las peripecias de su héroe, se imaginaba a sí mismo recorriendo un espacio. La memoria se parece mucho a dar un paseo.   

3.
Dijo Bronisław Baczko que las ciudades son una representación de la imaginería social sobre el espacio. En ellas se hacen evidentes las marcas que la memoria estampa en la superficie urbana. Una ciudad se convierte en texto, donde es posible leer las interpretaciones colectivas de los habitantes sobre sus vivencias como grupo. La forma en que proliferan esas marcas nos habla del grado de aprobación o de conflicto que subyace a las narrativas sobre el pasado, así como a las incertidumbres del presente y a las expectativas sobre el futuro de la urbe. Esto se hace patente no solo en los objetos destinados a la conmemoración y el recuerdo sino también, o sobre todo, en las prácticas asociadas a los sitios del recuerdo —no importa si se trata de una plaza, una calle, un monumento o un sitio donde haya ocurrido una ejecución o una muerte.

Loo construye su propia marca sobre la Ciudad de México a través de la escritura de ciertos espacios, nombres y momentos; transita por el texto privilegiado de la urbe y pone rostro a las calles, experiencia a las avenidas y a las estaciones del metro. O sea, le otorga espacio a la memoria.

Dibujar su chamarra de siempre deshilachándose con su caminar
Caminar por Centro Histórico           Coyoacán y alrededor            (Y
con alrededor el campo cubre Xochimilco    Naucalpan       Zaragoza
Santa María la Ratera            Perisur             etc.)

 

4.
Dice Alberto Corazón en el epígrafe de Guía Roji: “Las personas como señales/ El espacio como cultura”. En la sección “Estos son los rostros de las calles”, Loo recupera retratos de familiares y amigos, los marca sobre el espacio de la ciudad como si fuesen indicaciones de tránsito, señalizaciones de recuerdos que desea conservar. Del mismo modo que el aedo, vierte sobre el mapa los objetos que le permiten desencadenar una remembranza:

Varias libretas de hojas amarillas
su letra enorme relatando el grosor  olor    
y ensalivamiento
Los discos tontos que compraba con el dinero de los señores
que tocaban el cláxon y nos seguían lenta
descarada y lentamente
a nuestro paso      a pie

[…]

Su nombre Carlos
Carlos Eduardo pero no recuerdo los apellidos


La Ciudad de México y sus periferias quedan unidos a los rostros de los otros. Este es un libro que registra los cambios en las personas que habitan la metrópolis, una coordenada espacio-temporal. Los versos, con intrincados cortes y disposiciones, forman las carreteras de esa “ruta del recuerdo”: tanto las historias de los amigos como las anécdotas familiares.

5.
¿Cómo se plasman en el espacio los recuerdos cuyo contenido es borroso, y cuya interpretación se modifica y se disputa cada vez que se trae de vuelta al presente? “No sé si me estoy acercando o fundo ahora mismo una mentira”, escribe Loo. Quizá por eso, a algunas sociedades les ha obsesionado la acción de fijar el recuerdo a través de monumentos o inscripciones. En inglés, a estos monumentos se les llama landmarks (palabra que me parece mucho más elocuente): puntos de referencia, marcas en la tierra; el afán definitivo de colocar una insignia sobre un espacio (como en Google Maps).

Un ejercicio ocioso: abro en un programa de análisis léxico automatizado (AntConc) el libro de Sergio Loo. El primer sustantivo que aparece —después del listado de palabras con poco contenido semántico, como preposiciones, artículos y deícticos— es un nombre propio: Javier. ¿Acaso este nombre equivale a la insignia colocada en el territorio? ¿Es el texto del poemario la superficie sobre la cual se traza la memoria? Hago una búsqueda de la ubicación de “Javier” a lo largo Guía Roji: si pensamos el libro como un mapa que se extiende hacia adelante, como una línea recta, esta es la ruta que sigue el personaje:

6.
Las palabras saturan, muchas veces, la página. Se empalman y se sofocan como en un embotellamiento. Por eso el nombre de Javier se encuentra apelmazado, repetido muchas veces en un número reducido de hojas, como es posible ver en el gráfico de arriba. El corte de los versos y la disposición de estos en la hoja en blanco, a veces centrado, otras veces con formas diagonales, hace que el poema pierda espacio. Existe un hacinamiento en la página que funciona como referencia al hacinamiento en el que viven los propios habitantes de la ciudad.

Javier mirada chingativa          Javier botas negras militares y un hombre de unicel          incendiándose su autorretrato          Javier poniéndome apodos para fregar          Javier a los 24 hace más de 10 años          Javier los brazos tatuados          Tatuajes arácnidos saliendo de huevecillos verdes rojos          insectos una calavera aparecida sobre el caparazón          Javier caparazón botas negras militares          Javier la rodilla reventando la cara de te dije          que un día iba a regresar a ver quién era quién          Javier los policías te vienen oliendo  

En otros poemas, por el contrario, el autor abre espacio, da un respiro con versos cortos (apenas una o dos palabras) y encabalgamientos que riegan el poema por toda la hoja. Se forma una geografía más habitable: valles cálidos y cordilleras de sentido.

duele aquí
y
                                 acá
y
cuando camino ¿Pero qué
me puedo tomar doctor?

7.
Es curioso pensar que si en 1928 Joaquín Palacios Roji Lara hubiera elegido un pasatiempo distinto al dibujo de mapas —como la construcción de barcos en miniatura o la declamación de poesía—, quizá el volumen de Loo tendría un título diferente. Según la historia de la compañía cartográfica, su fundador recorrió a pie la Ciudad de México para poder publicar el primer mapa de la capital, el cual iba acompañado de un índice de localización de las calles. Luego de 90 años en el mercado, en el 2018, ante un juzgado de Jalisco, Guía Roji se declaró en bancarrota por la competencia de aplicaciones como Google Maps o Waze. En un guiño —no se sabe si voluntario—, Loo escribe:

Dibujarte para no extraviarme     
Sacar de las cajas las líneas paralelas
con las que construimos la basura a la que llamamos recuerdos        

8.
Por su capacidad para ubicarse en ciudades desconocidas, en mi familia siempre se hace el chiste de que mi madre fue taxista en su vida pasada. Tengo recuerdos de la infancia en donde ella nos hace llegar a lugares inhóspitos solo con el recuerdo retenido de la Guía Roji, que había revisado junto a mi padre las noches anteriores. Papá guardaba ejemplares de la guía en la guantera, por si las dudas, pero ella no necesitaba revisarlas: todos los caminos estaban en su memoria. Las ciudades le revelaron su tránsito; era como si conociera el lenguaje secreto del espacio. Como crecí en una ciudad del interior, los mapas de la Ciudad de México y las carreteras del país me orientan hacia el recuerdo de la pericia de mi madre al volante. Ahora, cuando imagino a mi mamá abriendo un mapa, la pienso así:

 



Referencias:

    • Bronisław Baczko, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas, Nueva Visión, Buenos Aires, 1991.
    • Sergio Loo, Guía Roji. Instituto Veracruzano de la Cultura, Veracruz, 2012.

    Monserrat Acuña / Querétaro, 1994. Licenciada en Estudios Literarios con Línea Terminal en Escritura Creativa. Estudiante de la Maestría en Estudios Amerindios y Educación Bilingüe de la Facultad de Filosofía de la UAQ. Su trabajo creativo aparece en revistas virtuales como Punto de Partida y La Rabia del Axolotl. Recientemente publicó el fanzine Muñelocos (Pan Caliente Editoras, 2018). Edita El Periódico de las Señoras.