4 mayo, 2020

La máquina análoga de poesía millennial

de Sabina Orozco | Reseñas

Andrea Muriel, A veces el amor es un cactus, Osa Menor, México, 2019, 48 pp.

Ángel Vargas, Antibiótica, Fondo Editorial Tierra Adentro-FCE, Guadalajara, 2019, 86 pp.

Jaime Tzompantzi, Milagro 401. Poemas 2037-1978, Punto de Partida Ediciones digitales, México, 2019, 74 pp., disponible aquí

La poesía millennial, escrita por gente nacida a partir de los ochenta, remite con frecuencia a las redes sociales y a otros espacios de internet. La era digital es un rasgo importantísimo pero, en ocasiones, subrayar solo ese aspecto ensombrece otras cualidades. Ángel Vargas (Acapulco, 1989), Andrea Muriel (Ciudad de México, 1990) y Jaime Tzompantzi (Ciudad de México, 1994) son autores que usan WhatsApp, tienen Facebook y, sobre todo, escriben nutriendo y trascendiendo su contexto. Leerlos conduce a un viaje que oscila entre la desesperanza y la euforia. Sus libros corresponden a tres rutas donde el paisaje amoroso seduce a pesar de los accidentes del terreno.

Quien se acerca a la poesía de Vargas observa, a través de un mecanismo similar a una cámara de Gesell, cómo el mundo se derrumba. Cabría equiparar Antibiótica (Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2018) a una pecera en cuyo interior se quiebran las relaciones humanas y las expectativas. En su producción, Vargas no solo habla de la luz y la belleza: ilumina los rincones oscuros de instantes que el dolor embellece, logrando que el lector se convierta en espectador de la tragedia ajena.

El autor de Antibiótica selecciona los recursos para situarnos en un lugar del alma o del espacio, igual que si escogiera el lente de una cámara. Realiza zoom en la cotidianidad, en los detalles que golpean y fragmentan al individuo. Leyendo a Ángel se llega a la conclusión de que, conforme el ser humano crece, se transforma en una ruina andante: la manifestación viva de quienes la han habitado.

Bajo la influencia de Jaime Gil de Biedma, Antibiótica se divide en “Pandémica”, “Celeste” y otra sección homónima. Durante la lectura, es inevitable preguntarse por la intimidad, el sexo y el amor; cuestionarse si esos ámbitos se vinculan genuinamente o se ha tratado de cohesionarlos a la fuerza.

En la obra de Vargas, el tiempo desgasta y atraviesa a quienes viven —y en Antibiótica los demuele, aplasta, los deja caer y arder, los desmantela, los enferma—. El tiempo aniquila un nosotros imperecedero. El campo de lo íntimo se perfila como una búsqueda de algo que, desprendido de varias capas, luce aún más oculto. En “Navidad en Roma” hallamos:

Hay que pasar a tientas
por los muros que otros
dejaron tras de sí.
Demoler si es preciso.
No sé
si es posible
indagar
de formas no violentas   No conozco
amor
sin invadir, aunque he tratado
de no romper
innecesariamente.

Vestirse y desvestirse constituyen motivos constantes en la producción de Vargas, así como la sacralización de lo profano, la profanación de lo sacro y las estrategias narrativas en función de lo poético. El libro ostenta la cualidad de crear atmósferas habitadas por un nosotros que se fractura, provocando en el lector la nostalgia de un afecto que, versos atrás, apenas conocía pero en el cual ya estaba involucrado. “También eso era” ilustra la amenaza de la separación hasta dejar caer su peso sobre quienes solían amarse:

nunca fuimos
el uno para el otro
acaso
insuficientes
pero igual
nuestra carne llegó
sin miedo a los derrumbes
y eso era también
una forma
de que el amor sobreviviera.

La poesía atestigua una época, la matiza y la confronta. Las construcciones de la violencia y el amor en la imaginería de Antibiótica definen una generación, pero también brindan el privilegio del voyerista: observar de cerca y sin peligro el derrumbe de los afectos.

Ahora bien, los indicios de la separación pueden ser silenciosos, poco evidentes. En esa terrible condición de lo sutil radica la estética del primer libro de Andrea Muriel: “Un cactus muere tres meses antes de que nos demos cuenta”, dice un verso del primer poema de A veces el amor es un cactus (Osa Menor, 2019). No existe método para saber si el cariño está secándose —el genio que lo descubriera se haría millonario con una aplicación para su diagnóstico—. El sentido del humor de Muriel acompaña como un buen amigo que induce una sonrisa frente a la adversidad.

La cercanía del cuerpo del otro se vuelve una premonición de la ruptura. “Yo sabía que muchas cosas tuyas/ se me escapaban al tocarte”, se enuncia en “Después de una conferencia de Stephen Hawking”. Por otra parte, enganchan la franqueza y el cinismo de la voz poética en “Star Wars [spoiler alert]”:

Cómo sería todo ahora
si cuando te besé en el cine
la oscuridad me confundió
y durante la segunda mitad de la película
estuve pensando que aunque antes
nunca llegué a la escena
[spoiler alert]
en la que el hijo de Han Solo lo mata,
recuerdo con mayor fuerza
aquel final con él
en mi departamento
que el desenlace de Disney
contigo.

Lo humano implica reconocer las virtudes, así como asumir la oscuridad propia. Es de celebrar que “Fake Plastic Cactus” subraye la posibilidad de ser victimarios:

eras idéntico a un novio de verdad
incluso más guapo
siempre con regalos a la puerta
y una sonrisa
a veces chocolates.

En varios textos, el inicio o el final de un viaje detona revelaciones dolorosas; desplazarse en autobús o en avión se transforma en un ejercicio de desprendimiento o, por el contrario, de resistencia a las despedidas. Pero no todo es tragedia. Las declaraciones de fe en el amor también existen: “besar la espalda de alguien/ cada mañana/ todas las mañanas/ es el verdadero acto de valentía”, recuerda el poema “Dejo morir los cactus para no tener que cuidarlos y otras cosas que no me atrevo a confesarme a mí misma y mucho menos a ti”. A veces el amor es un cactus inaugura el proyecto editorial de un grupo de amigos y jóvenes escritores que le apuesta a algo mucho más incierto que las relaciones de pareja: la poesía.

Milagro 401. Poemas 2037-1978, de Jaime Tzompantzi, se sitúa en un tono igual de pop que el de Muriel. Este libro (ganador del Concurso Ediciones Digitales Punto de Partida 2019) ofrece una visión que acepta y ama la decadencia del mundo. Los poemas hablan de una generación habituada a los videojuegos, a los centros comerciales que, pese a hallarse repletos de gente, emanan soledad. El amor, el origen, la muerte y la vida son atravesados por internet y lo prefabricado. Tzompantzi encuentra magia en las tiendas de autoservicio, en ambientes de aire acondicionado o pixeles: he ahí el milagro. En sus versos se percibe el suelo pegajoso de una fiesta, los golpes contra una pared de cristal, el calor de muchos cuerpos apretados en un auto; es decir, los accidentes. Por eso la escritura también se muestra accidentada, da saltos que marean igual que cuando se ha bebido de más, como en “¿Se puede ser mitad monstruo de la magia negra y mitad señor bonito y despechado llorando por una carta de despedida hasta corrérsete todo el maquillaje?”:

—¿A dónde habrá ido cuando nos despedimos? —dices.
         A bailar al cementerio
                   A flotar sobre la luna
                            A sembrar margaritas en el frío de las calles
Y a encender el ataúd de la noche
con la sonrisa.

John Cage, Werner Herzog, Abbas Kiarostami, Walt Disney, Blade Runner y Peter Jackson son referentes del material poético. Los versos conmueven por la ternura aparecida de pronto en situaciones y objetos quebrados; hay una fascinación por lo roto, ya sea una botella contra el suelo o el tiempo fracturado.

Milagro 401 contiene un discurso disparatado en el mejor de los sentidos: estampas que, a través de la perversión de la lógica, enfrentan la mordacidad de la experiencia diaria y las dudas irresolubles:

Me acuerdo cuando leía a Borges en la prepa
y me di cuenta que no era difícil de entender.
Solo había que suponer que todos esos referentes eran alguna cosa bella y misteriosa
que habitaba el mundo y que tarde o temprano conocería.
Algo así como las personas de las que se va enamorando uno.
(“¿Se suicidaron Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges una noche sin encender las luces escuchando “La cumparsita”?”)

El momento ideal para leer el libro de Jaime Tzompantzi sería un domingo en el supermercado o en la cama, lamentando una resaca; cuando las filas para pagar o el dolor de cabeza parecen no tener fin. Su poesía incita a enamorarse del absurdo al que el género humano se encuentra condenado.

Las voces de Vargas, Muriel y Tzompantzi provienen de tradiciones, temas y ritmos bastante diferentes. Sin embargo, el contrapunto de los tres consiste en enunciar desde una época donde el amor sigue siendo una máquina análoga y herrumbrosa: sus engranes son complicados y podrían parecen obsoletos.


Sabina Orozco / Oaxaca, 1993. Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este PaísTierra AdentroHimen, Ambulante Punto de Partida. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.