23 mayo, 2022

Del círculo del mundo pigmentado

de Emiliano Álvarez | Inéditos

 
Ultrasonido doppler

Preludio

Se necesita movimiento;
movimiento envolvente
y acompasado a un ritmo que fluctúa,
pero que debe ser constante;
el ritmo de la esponja,
deseosa por librarse de ese peso,
y entregarse de nuevo a su arrecife,
a su vaivén marino.

El ritmo es siempre baile, pero a veces
se baila solo. Entonces
una parte del cuerpo
seduce a otra parte del cuerpo.

Bailar hasta que el líquido del gozo
entregue su pequeño vacío.

—Pero esa vez, entre lo blanco,
lo súbito del rojo.

                            *

El vacío del blanco es el emblema
de lo que viene luego:
lo refractario, lo distenso, lo sonámbulo.
Es breve ese momento de fluidez
(allí lo sólido que nos conforma,
y solo allí, se deja ser tan agua
dispersándose (es lo más corporal
y lo menos corporal, al mismo
tiempo)); es breve, ya lo saben:
su saciedad muy pronto es apetito.

Pero si en la blancura de ese lienzo
que me espera y me limpia,
no se suma no más pura blancura,
sino que el rojo de la sangre
se va mezclando hasta formar un nuevo tono,
nada de refractario ni distenso sobreviene:
émbolo, sí, latido, nudo. Pasmo.

                            *

Nada de esto proviene
de fuera: ni el líquido ni el miedo.
El líquido viscoso del esperma,
el líquido hemorrágico del rojo,
que van haciendo otro color y otra substancia;
y mientras el sudor, que la mano del miedo,
emanada como un fantasma de nosotros,
hace salir del cuerpo como otra esponja triste.

“¿Es algo grave eyacular con sangre?”

(Y para no dejar elijo
“Hoy me siento con suerte”.)

                            *

Se denomina hematospermia.
    Puede darse en cantidades demasiado
pequeñas, o puede ser visible en el fluido
de la eyaculación.

    La mayoría de las veces
no es posible determinar la causa.

    Puede ser un problema de la próstata,
las vesículas seminales o la uretra.
    Puede también ser signo
de venas varicosas
o, en el peor de los casos, de un tumor.

    Si tiene menos de 40,
no se preocupe demasiado:
lo más seguro es que se trate
de algo menor y pasajero.

    Dele unos días:
si no desaparece lo mejor
es consultar a un médico.  

                            *

Me costaba trabajo concentrarme.

Lo lograba, pero en lugar del gozo
hallaba a la salida
del alambique
esa gota purificada
de rojo nervio, cada vez más abundante,
que marmoleaba el semen
como en esos papeles pintados sobre el agua
—o como el agua misma,
veteada por las ondas de color.

                            *

(La mayoría de las veces.
Si tiene menos de 40.
Se denomina. Si el sangrado.
Lo mejor es después de varios días.
No se preocupe.
En el peor de los casos. Demasiado.)

                            *

La doctora se pone un guante
para tomarme los testículos.
Cuánta distancia allí,
un poco como en cierta
ciencia ficción se pintan
las razas alienígenas:
seres de pura mente,
de sexualidad tan ajena
que los creemos asexuales;
de pura mente, y raras
extremidades
que no toman nuestro cuerpo,
sino la idea de nuestro cuerpo,
mientras nosotros los dejamos,
sedados por quién sabe qué poderes.

Es raro igual, tener
una mano ahí hurgándote,
sopesando la piel bien encogida
como la cara de un cachorro.
Lo que la piel contiene.

—Nada evidente al tacto.
Le voy a dar una orden
para un ultrasonido.

Lo que es más importante
es que podamos descartar tumoraciones.

                            *

En el laboratorio nuevas manos
me toman los testículos.
Hay dos hombres ahora: uno de ellos
me practica el estudio;
el otro está, como se dice,
“en capacitación”. Los dos me olvidan:
se concentran en mí solo por partes,
como un diagrama vívido
y útil.

El aprendiz me da un trozo de papel bien enrollado;
es una especie de utensilio
precario, casi
primate. Con él tengo
que sostener arriba la flacidez y el peso,
su perfil de cosa suelta,
de párpado caído y estorbando.

—Una vez que el paciente ya está listo
[el paciente: no yo], se esparce
solo un poco de gel en los testículos
[los del paciente: no los míos].
Antes hay que advertirle
que se puede sentir frío muy intenso.

[Me lo advierte, como si transitara
de un espacio.] [A otro.]

Me pone el gel: sabemos de ese frío,
pero no lo sabemos, sino hasta que su lentitud
de babosa nos cae encima,
su escarcha coloidal que exprime
toda la red de nervios
en un pinchazo tembloroso.

Y luego el ruido ese,
y el aparato que entra, presionando.

Y me olvidan los otros.
Y yo me siento lo más solo, como el muerto
en La lección de anatomía:

ajeno totalmente
hasta de quien me toma los testículos.

                            *

Hizo el coloide un mar de aguas profundas:
aunque todo es oscuro,
el submarino sabe, ciego.
arrojar su chillido
y hacerse paso, y nunca
tropieza su deriva.

(El sonar por la mar de mis testículos.)

El doctor, con su mano libre,
la que no empuja el aparato
contra el saco encogido como un coral reseco,
pulsa botones
en la computadora.

Toma fotos del viaje.
Sabe seguir su ruta.

                            *

No hubo tumores. Hubo
tentáculos que atrofian
el nado sin conciencia del esperma.

Paró el sangrado al poco.

Lo estéril no se ve:

sigo arrojando un plasma
más blanco por estar aún más vacío.

 
 
 
Zapatos, óleo sobre tela, 38.1 x 45.3 cm

1

Corte: bovino (piel); forro: textil; suela: sintética.
Su figura había sido elaborada en parte a mano, en parte
con máquinas diversas. Su superficie (inmarcesible, incólume
(lo grandilocüente: tu habitáculo, cercado por el hambre y
por la sed (ya diré hambre de qué, sed puesta en dónde))), 
parece poseer su brillo propio.

Venías trabajoso desde la ermita tuya
a pasar unos días en la casa.

Teníamos varios años de no vernos,
y hasta ahora no me aclaro
si tú querías venir y si nosotros
queríamos recibirte.

“No hay mejor inversión que unos buenos zapatos”
solías decir, justificando el despilfarro,
y llegabas ahora con los tuyos,
lustrosos como siempre.

Pero no empacaste bien según tus reglas:
como venías poco, solo traías los negros y un cinturón café que habías
agarrado con descuido.

La incongruencia te hacía sentir incómodo,
así que te presté otros zapatos de ese tono,
que no había usado mucho
(lastimaban mis dedos)
y que a ti “te quedaron como guantes”.

 
2

En la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos en la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que cae. En el zapato vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar el trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo baldío del invierno. Por este útil cruza el mudo temer por la seguridad del pan, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblar ante la inminencia de la muerte en torno. Propiedad de la tierra es este útil y lo resguarda el mundo de la labriega. De esta resguardada propiedad emerge el útil mismo en su reposar en sí.

                                                            Heidegger, Arte y poesía, Samuel Ramos (trad.)

 
3

Es engañoso el párrafo sacado de contexto.
No habla de zapatos así a secas: habla de pinceladas
en un lienzo, de sus estoques toscos
en medio de algún trigo provenzal.
Es esa imagen suya,
que no busca imitarlos, sino alterar la forma en que se miran,
aquello de lo que habla en ese párrafo.

Más adelante dice
que la obra de arte es obra de arte cuando logra
llegar hasta lo cósico, hasta la cosidad,
y sacar con su ducto
una gota siquiera
del petróleo caliente de la cosa.
Allí la “resguardada propiedad” de donde emerge
“en sí misma, en su reposar en sí”. 

Dos zapatos:
los usa el labrador en la labranza.
Su desgaste: el ser en sí
de esos pasos fatigosos.
Su ser en sí: la muerte, acelerada por su vida
de excesos no pedidos,
entre ese locus nada amoenus.

(Qué sabemos tú y yo de esas jornadas.
Trepamos la atalaya de lo nuestro
y alargamos los dedos. Llega allí lo nacido en
aquella lejanía (geográfica o no).
Con gula lo chupamos,
buscando en su redoma un combustible,
sin pensarlo demasiado.
Volvemos la cabeza a nuestro libro,
a nuestra pluma fuente, y los zapatos
nuestros envuelven unos pies rara vez fríos.)

(¿Esa es tu cosidad, zapato que nos cubre?)

 
4

Dice Anne Carson, hablando de Van Gogh
(es él quien ha trazado
esos zapatos):

        When he looked at the world he saw the nails that attach
        colours to things and he saw that the nails were in pain.

El dolor de los clavos. Si los clavos
adhieren el color, este entonces no es parte de la cosa.

Es verdad: el color está en la luz que el objeto rechaza;
el color, por lo tanto, es lo que huye.
Lo opuesto a la materia que lo ahuyenta.
Aquel trozo de espectro
es luego procesado por el ojo.
Los clavos son entonces nuestros ojos,
y por eso Van Gogh fijaba con los suyos, beodos y dolientes,
otras tonalidades en las cosas (beodos y dolientes como
tú) y de allí, con sus dedos (otros clavos)
en la tela permeable y estirada.

                                                            (Dolientes y beodos,
como tú. ¿Pero tú qué persigues?, ¿qué color hay al fondo
de ese vaso de espíritu?)

                                                            Del círculo del mundo pigmentado,
quizá sea el amarillo el más van gogh de los colores,
y Carson lo reafirma:

The reason I drink is to understand the yellow, the great yellow sky

lo hace decir. Y Hannah Gadsby insiste en ello:
nos recuerda:
a Van Gogh lo circundan
medallas de estulticia: “agradezcamos su locura
—la voz es de algún soso guía turístico—
pues desde ella estallaba ese amarillo
como un profético destello.”
Es falso, dice Gadsby: el pintor fue paciente
de un hospital psiquiátrico
(un retrato hay famoso de su médico)
y allí le recetaron cierto químico
que tiene como efecto secundario
encender la retina de ese tono
inusual, como si un aceite rubio, en pleno hervor,
curara un ojo ciego.

No era pues la locura (que lo hacía violento,
que lo aislaba, entre muecas
incómodas del mundo).
El verbo en la locura es padecer,
y del padecimiento
solo no surge lo genial:
más bien estaba en esa búsqueda
por expandir lo cromático del mundo.

(La cosa es que el dolor no es nunca bello,
a menos que logremos domeñarlo,
y del pathos saquemos la cabeza.)
                                                            (Por qué diablos
te digo todo esto. Quizá porque pensaba
en ti y en que si acaso abrieras tu dolor (su cofre viejo…)…)

 
5

A la hora de partir, te llevaste contigo mis zapatos
(para hacerlos también hubo martillo
y un dolor de borrego, desollado e impermeable).
Dejaste tus zapatos y partiste con los míos
(qué agasajo, por cierto, para la psicoanalista),
dejándome este embrollo con sus suelas.

Te fuiste entre los gritos y el apuro:
ella te había pedido (no pudiste)
no beber, porque verte en la turba de la malta,
o en el quiote frustrado del agave,
o en las olas vinosas,
balbuceante y tortuoso,
reiterativo e insistente en que el pasado
(aquellos años breves que a la vez aliviaron
tu escozor aristócrata
y te dejaron lejos)
había sido tu hora;
no beber, porque verte
campeón de esa gimnasia era muy triste,
como un documental sobre el cambio climático
(y el oso, anémico y blanquísimo,
naufraga en el ayuno
de su glaciar insuficiente).

Luego de tu partida;
de que el gusano rosa y alcoholado, inevitable,
te invadiera; de que ella hubiera de plantarte cara
(“Eso no aquí. Te lo había dicho. Vete.”),
no hemos ya vuelto a hablarnos
ni a escribirnos.

Te imagino bufando bilis negra
entre trompetas medio azules;
pasmado y decadente,
como ese actor entrañable, un tanto odioso,
que olvida sus palabras en escena
y escapa de vergüenza y se retira.

Me imagino a tu lado,
tal vez en ese último paseo,
y casi que te escucho
canturreando que no es asunto mío, como dice,
y punto, esa canción de antes que te gusta.

Bien sé que algo buscas en tus ansias.
Bien sé que, como todos, algo quieres
conocer o dejar de sentir.

O quizá no es que lo buscas:
Es que hallaste un color que no te suelta
y al que has visto tender su maremágnum
monocromo, e ir cubriendo tus cosas
que envejecen: tu ropa, por ejemplo
(medio roída ya, si antes suntuosa),
o los zapatos
que me dejaste a cambio de los míos.

Son negros y brillosos.

Se empolvan de no usarse: me lastiman.

 

* Estos poemas pertenecen al libro inédito Salir el cuerpo, de próxima aparición.

 


Emiliano Álvarez / Ciudad de México, 1987. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del FONCA. Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2017 con el libro Sólo esto. Ese mismo año publicó Nômen (Ediciones Sin Nombre). Desde 2011 es subdirector de La Dïéresis (editorial artesanal), donde también ha publicado algunos libros de autor y libros de artista. Actualmente trabaja en dos libros de poesía, uno de los cuales, Salir el cuerpo, está próximo a editarse bajo el sello de la UAQ.