9 mayo, 2022

Casi todo nació en China

de Claudia Hernández de Valle-Arizpe | Visitas guiadas

 

Pitahayas en el Palacio de Verano

Dispuesta entre otras frutas, partida en dos,
se exhibe.
No la observa por extraña
sino por las voces infantiles que evoca:
“Es bella e insípida”, le replicaban los de casa
cuando pedía una en el mercado.
“Es pura agua, no insistas”.
—¿De dónde es?
—De México, de Guatemala…
Los demás comensales suspiran.
Qué belleza, exclaman, jamás había visto
colores y pulpa semejantes. ¿A qué sabe?
Con sus dedos largos, temblorosos,
el profesor alemán toma con cautela
una de las mitades. La gira.
El rosa encendido de su piel lo exalta:
¡Solo en Asia, solo en Asia!

Con parsimonia, el anfitrión pequinés
relata la historia de “la fruta del dragón”
que por supuesto es china, declara.

 
Luna de octubre inmensa bajo un frío ya inclemente. Invitados por el rector de la Universidad de Pekín a una cena de gala, los profesores extranjeros emprendimos esa noche un viaje corto en autobús y una agradable caminata por senderos arbolados, seguidos de un trayecto en lanchas talladas como dragones para cruzar el lago Kunming; sus aguas silenciosas interrumpidas por el sonido de los remos y por la música proveniente de hermosos y muy diferentes instrumentos de cuerda. Conforme nos acercábamos al gran restaurante de comida imperial ya era respirable nuestra rendición. ¿O de qué otra manera nombrar esa cadena de deslumbramientos ante la belleza y la otredad? Además, los chinos inventaron el papel y la pólvora, y con ello cambiaron el mundo, me decía, al tiempo que se me aceleraba el pulso. 

Sabíamos que los anfitriones, orgullosos, disfrutaban con nuestro azoro de recién llegados. Para algunos maestros no era su primera vez, por supuesto, pero la mayoría éramos novatos. De techos altísimos, nos recibieron estancias con columnas y arcos bajo un evidente dominio de los rojos, verdes y azules; del negro, el blanco y el dorado, a los que me acostumbraría con los meses pero sin perder nunca la exaltación.

Las mesas redondas para doce personas estaban dispuestas para que, al ritmo de los platillos, giraran nuestras cabezas de sorpresa en sorpresa. “No nos darán perro de comer”, dijo un comensal cuya cara he olvidado, por supuesto. Todo país es un cliché. Hay a quienes eso no les molesta y a quienes, en el otro extremo, nos eriza el pelo y nos lleva a gastar saliva en aclaraciones con las que “se nos va la vida”. Solo diré que las comidas chinas, de ocho grandes regiones muy distintas entre sí, me parecieron, tras casi un año de vivir allá, de una variedad y exquisitez alucinantes.

Escribiría después, entre otros temas, sobre la fuente de un templo en la que, además de carpas, nadaban billetes; sobre la extranjería en el idioma: esos balbuceos infantiles de los adultos que ignoramos la otra lengua; sobre los diez millones de bicicletas como un enjambre; sobre la vendedora de camotes asados con sus pregones; sobre el profesor estadounidense, casado y ya viejo, que se llevó de amante a una jovencísima estudiante china a la que le pagó con el arreglo de los dientes; y, claro está, sobre las comidas. Comenzaron a llegar a las mesas encurtidos, pepinos de mar, algas, raíces de loto y bulbos de lirio; sopa de tofu, azucena y hongos negros; pescados en salsas delicadas, piezas de pollo estofado Dezhou, pato laqueado, cordero picante. 

Habíamos sucumbido a tantas delicias de esa comida que nada desdeña del mar y de la tierra, y que sabiamente mezcla ácido y dulce, salado y picante, que cuando llegaron los postres lo que apareció fue un estupor de miradas cruzadas. “¡Y falta la caja con pasteles de luna!”, exclamó un profesor de historia que tras presentarse no había vuelto a pronunciar palabra.

Pensaba en cómo organizar mi semana para volver al Palacio de Verano de día y así constatar la proverbial inutilidad del barco de mármol que mandó construir la emperatriz Cixi, cuando hizo su entrada triunfal un majestuoso platón con frutas.

Solo brilla en mi memoria la pitahaya partida en dos. No pensé en comerla: las razones están en el poema y la convicción, en mis papilas. No codicias lo que no deseas.

Sentado junto a mí, Meister, un físico alemán y maestro emérito, me estuvo hablando toda la noche de sus profundos conocimientos de China. Hombre de poca risa y mucha solemnidad, Herr Meister parecía saberlo todo. De México, me dijo que le habían gustado los limones.

¿Se han fijado realmente en cómo toma alguien una fruta? ¿Han visto si la observa antes de morderla? ¿Sucede lo mismo con la aproximación amorosa?  ¿Miras a quien vas a besar después?

No recuerdo cómo mordió la pitahaya el sabio alemán, ni si escurrieron o no por sus comisuras las aguas de su oropel, y es que mi atención se había desviado, incrédula, a las palabras del anfitrión. Una cosa es el origen y otra, el asentamiento, iba yo a intervenir. Una cosa es el origen y otra la adaptación a tierras lejanas que también tienen clima cálido y seco, iba yo a replicarle. “Pitahaya” es voz taína, quería yo soltar, ya un poco enojada con tantos dragones. En ese mismo instante, y con claro ánimo de venganza ante la mentira que los demás se tragaban como verdad, nació “Pitahayas en el Palacio de Verano”.

Poco a poco me fui acostumbrando a escuchar con tranquilidad que casi todo nació en China. Shhhhhhh… Ni hablar.


Claudia Hernández de Valle-Arizpe / Ciudad de México, 1963. Poeta y ensayista. Es autora de una docena de libros de poesía, entre los que cabe destacar Trama de arpegios (1993), Hemicránea (1998), Deshielo (2000), Perros muy azules, (2012) y México-Pekín (2013). Su obra ha sido reconocida con distinciones como el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada y el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros.