23 mayo, 2022

“La poesía es como la lluvia: no es fácil predecirla”. Una charla con Juan Vicente Piqueras

de Juan Manuel Esquivel García | Entrevistas

 

 

Nacido en 1960 en Los Duques de Requena (Valencia, España), se podría pensar que Juan Vicente Piqueras es descendiente de aristócratas pero no es así; en realidad, es hijo de gente del campo o mejor dicho es un hijo del campo y esto marcará su escritura para siempre. “Esta tierra, esta aldea y esta casa/ son más poesía que cualquier poema/ que yo haya deseado concebir…” Y muy pronto emigró para licenciarse en Filología Hispánica y publicar su primer poemario en separata de la legendaria revista Cuadernos Hispanoamericanos. Luego dejaría España. Roma, Atenas, Argel son algunas ciudades donde ha vivido y escrito y también trabajado divulgando la lengua española, como él gusta decir de su labor docente; actualmente dirige el Instituto Cervantes en Amman, Jordania.

Desde 1985 vive fuera de España dedicado a la difusión de la lengua y la cultura españolas. Ha vivido en Francia, Roma, Atenas, Argel y Lisboa. Entre sus libros destacan La palabra cuando (Premio José Hierro 1991), La latitud de los caballos (Premio Antonio Machado en Baeza 1999), La edad del agua (2003), Adverbios de lugar (2004), Aldea (Premio Valencia de Poesía, Premio de la Crítica Valenciana, y Premio del Festival Internacional de Medellín, 2006), La hora de irse (Premio Jaén de Poesía 2010), Yo que tú (2012), Atenas (Premio Loewe 2012), La ola tatuada (2015), Padre (2016), Animales(2017), Narciso y ecos (2017), Ascuas (2019) y Qué hago yo aquí (2019). El poema La habitación vacía recibió en 2012 el Premio de Poesía Manuel Alcántara.

Ha traducido la Poesía completa de Tonino Guerra, Una calle para mi nombre (antología del poeta bosnio Izet Sarajlić), Cosecha de ángeles (antología de la poeta rumana Ana Blandiana), El hambre del cocinero y Encima del subsuelo del poeta griego Kostas Vrachnos, El huésped en el bosque de Elisa Biagini, Refugiarme en una palabra de Cesare Zavattini, Mordiscos y plegarias de Sabrina Foschini, y La tigre ausencia, todavía inédito, de Cristina Campo.

La primera vez que lo escuché fue una mañana, en un video que me compartieron por WhatsApp hace un año. Se le ve recitando “El viento en el espejo”, poema de Narciso y Ecos (Vandalia, 2017), uno de sus libros más recientes. Repito que no lo leí, lo escuché. De inmediato me cautivaron sus palabras: profundas pero sencillas; tanto precisas como sugerentes; íntimas y sociales, confesión y denuncia a la vez. Días más tarde imprimí algunos de sus poemas y me senté a leerlos en un café. La vista solo confirmó lo escuchado: como el atanor de un alquimista, la poesía de Piqueras es un lugar donde se conjugan la sensibilidad del poeta, el rigor del académico y esa sabiduría que otorgan los años y los viajes, y que sabe consolar a los tristes. “No huyas de lo que sientes. No te escondas/ en lo que dices. No digas mentiras./ Sé tu voz. Haz. Trabaja. No te quejes./ No sufras por temor a sufrir más”. Decía Octavio Paz que algunos poetas nos enseñan a escribir y otros, además, a vivir. Piqueras pertenece a los últimos.

Ganador del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe en 2013 —entre otros de gran importancia—; autor de veinte libros publicados y de varias traducciones, Piqueras es uno de los mejores poetas de su generación y, sin exagerar, del panorama actual de nuestra lengua. Recientemente visitó México, donde tuve la oportunidad de entrevistarlo.

 

Juan Manuel Esquivel (JME): Para comenzar, quisiera preguntarte sobre tu presencia en México. Tengo entendido que es tu primera vez. ¿Cómo te has sentido? ¿Qué piensas del español que hablamos acá?

Juan Vicente Piqueras (JVP): México y el habla mexicana estaban en mi mente desde niño. En la tele española se pasaban películas dobladas en México. Y la deuda de España con México por acoger al exilio republicano es enorme e indeleble. Venir a México era un sueño, y me ha encantado. La gente es amable, dulce y delicada, como el español que hablan. Nada que ver con la rudeza castellana de la que, dicho sea de paso, tan harto estoy.

 

JME: Continuando con el tema del lenguaje, recuerdo que naciste en el campo. Has compartido frases muy bellas y poéticas de aquel tiempo, de cuando tu madre guisaba y decía: “Hay que sofreír la cebolla hasta que pierda el orgullo”. A propósito, decía Borges que las sociedades hablan un lenguaje cada vez más periodístico y publicitario. ¿Crees que en efecto se está perdiendo esa habla poética?

JVP: Mi primer contacto con la poesía fue el habla de mi familia, un habla llena de frutos, animales, sabores, olores; hecha de gracia, ingenio, proverbios, modismos y una gran presencia de la naturaleza. Creo que sí se ha perdido aquella manera de hablar y contar porque se ha perdido aquella manera de vivir. Hoy a menudo se hacen discursos abstractos, obtusos, feos, esdrújulos, sin sabor. Y además, las palabras han sido sustituidas o entorpecidas por las imágenes. Nuestra cultura actual es de pantallas, no de páginas y, mucho menos, de pájaros o de frutas.

 

JME: Volviendo a México, ¿qué poetas o escritores mexicanos te gustan?

JVP: Siento una especial debilidad por sor Juana Inés de la Cruz y Rosario Castellanos. Pero también por José Juan Tablada, Juan Rulfo, Octavio Paz, Alfonso Reyes, José Emilio Pacheco, Xavier Villaurrutia, Elsa Cross, Fabio Morábito y Hugo Gutiérrez Vega.

 

JME: Y continuando con los poetas, y siendo tú valenciano, no puedo evitar preguntarte acerca de Francisco Brines, una pérdida muy sensible de este año que recién termina [2021]. ¿Te gusta su poesía?, ¿lo conociste?

JVP: Tuve la suerte de ser amigo de Paco, de visitarlo en su casa de Elca, entre pinos y naranjos, varias veces, y soy un gran admirador de su poesía. Era un hombre extraordinario y uno de los mejores poetas de su generación que, dicho sea de paso, es una generación maravillosa con poetas como Claudio Rodríguez, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, etcétera.

 

JME: Otra pérdida lamentable fue la de José Manuel Caballero Bonald (amigo de Brines, por cierto), quien declaró alguna vez que la obligación de la lectura es un disparate: “Hay que leer por placer, no por obligación”. ¿Qué piensas?

JVP: Estoy de acuerdo con Caballero Bonald. No hay que forzar a nadie. Pero creo que si se consigue inculcar a los niños el hábito y el placer de la lectura, tanto en la familia como en la escuela, será un gran don para ellos y una riqueza para su vida futura. También creo que cada vez se lee menos, que la pantalla ha sustituido a la página.

 

JME: Eres poeta, profesor y también traductor. En “Hijos de Babel”, dices que los traductores “son pontífices: los que tienden los puentes/ entre las islas de lenguas lejanas”; y en alguna entrevista señalaste que gracias a ellos todos podemos leer la literatura; sin embargo, “en la liturgia de la literatura/ son tratados como los monaguillos”.

JVP: Creo que el oficio de traductor es fundamental para la historia del diálogo entre culturas, y nunca estaremos suficiente agradecidos a los buenos traductores. Para un escritor, además, la traducción es un ejercicio espléndido. Yo solo traduzco por amor a lo leído no por oficio. Y aprendo mucho traduciendo.

 

JME: Y en cuanto a ser poeta y ser profesor —estas dos vidas, como sueles llamarlas—, has dicho que sobrellevar ambas vocaciones es semejante a sufrir una esquizofrenia. ¿En realidad están reñidas la poesía y la gramática? Lo pregunto porque, más allá de que una le quite tiempo a la otra, pienso que es en tu poesía donde concilias dicha pugna, como si tus poemas fueran el atanor de un alquimista; por ejemplo, los de “Adverbios de lugar” o aquel soneto “Peros y peras”. ¿Es así?

JVP: Te agradezco que me digas esto y me consuela saber que, en mi poesía, el gramático ayuda al poeta y el poeta al gramático. Gramática y poesía son dos caras de la misma moneda.

 

JME: En cuanto a tu proceso creativo, ¿sigues creyendo que la poesía solo se escribe cuando ella quiere? ¿Cómo ocurre el poema en ti?

JVP: La poesía es como la lluvia, como todos los accidentes meteorológicos. No es fácil predecirla. Hay que vivir en disposición de esperarla y acogerla, pero efectivamente acude cuando le da la gana. Sigue siendo para mí, después de tantos años, muy extraño y azaroso cómo nace un poema. A menudo, a partir de un verso que se posa dentro de mí, como un pájaro y convoca a los demás.

 

JME: ¿Cómo debe ser un poema para ser un poema? En la larga y amarga discusión sobre qué sí y qué no es poesía, ¿tienes alguna postura?

JVP: Hubo un tiempo en que la poesía era canción, ritmo, rima, música memorable. Ahora mismo no es fácil definir sus límites. Como no es fácil decidir qué es poesía y qué no lo es, o qué es el tiempo o el amor. Como decía san Agustín: si no me lo preguntas, lo sé; si me lo preguntas, no lo sé. En cualquier caso, se trata de sentir la emoción poética allá donde aparezca. Y, por desgracia, encuentro muchos libros de versos donde brilla por su ausencia. Sin embargo, aparece por todas partes cada día.

 

JME: Para terminar, hablemos de Narciso y ecos, libro nacido de tu obsesión por el conocido mito que nombra a uno de los mayores males que se padecen en nuestro tiempo. En “Si sin acento” dices: “Mi pobre corazón acorazado/ cree desde que era niño/ que si se da se pierde/ que si ama morirá”. En efecto, vivimos con miedo al amor, le huimos y creo que el libro lo denuncia.

JVP: L´amor che move il sole e l’altre stelle, decía Dante. El amor es el motor de la vida, la única razón de ser y de estar en el mundo. Sin amor nada vale la pena y todo es pena. Pero es cierto que el amor ha caído en desgracia, y así nos va. La humanidad venera ídolos falsos y becerros de oro. El ser humano es un pobre animal extraviado, y tarda demasiado en aprender lo sencillo y lo elemental: que nada vale nada sin amor.
 
 
 
 
Víspera de quedarse

Todo está preparado: la maleta,
las camisas, los mapas, la fatua esperanza.

Me estoy quitando el polvo de los párpados.
Me he puesto en la solapa
la rosa de los vientos.

Todo está a punto: el mar, el aire, el atlas.

Solo me falta el cuándo,
el adónde, un cuaderno de bitácora,
cartas de marear, vientos propicios,
valor y alguien que sepa
quererme como no me quiero yo.

El barco que no existe, la mirada,
los peligros, las manos del asombro,
el hilo umbilical del horizonte
que subraya estos versos suspensivos…

Todo está preparado: en serio, en vano.

                                                                                   De La latitud de los caballos (1999)
 
 
 
 
Yo que tú

Yo que tú me amaría, llamaría,
no perdería tiempo, me diría que sí.
No dudaría más, escaparía.
Daría lo que tienes, lo que tengo,
por tener lo que das, lo que me dieras.
Me soltaría el pelo, lloraría
de gozo, cantaría descalza, bailaría,
le pondría a febrero un sol de agosto,
moriría de gusto, no pondría
ningún pero a este amor, inventaría
nombres y verbos nuevos, temblaría
de miedo ante la duda de que fuese
solo un sueño, me iría
para siempre de ti, de allí, conmigo.
Yo que tú me amaría.
Me diría que sí, me faltaría
tiempo para correr hasta mis brazos,
o al menos, qué sé yo, respondería
a mis mensajes, a mis tentativas
de saber qué es de ti, me llamaría,
qué va a ser de nosotros, me daría
una señal de vida, yo que tú.

                                                                                   De Yo que tú (2012)
 
 
 
 
El viento en el espejo

Narciso oye silbar el viento en el espejo,
piensa en su soledad, en su destreza
en cazar ciervos y en seducir ninfas
para después dejarlas convertidas
en ecos suspensivos…

No sabe lo que quiere, lo que busca,
no sabe qué le pasa ni quién es,
a dónde lo conduce su ceguera,
su miedo a amar, su prisa por morir.

No alcanzará jamás lo que desea
porque lo que desea es espejismo,
agua pensada, pero, perdición.

Sabe que no es posible y sin embargo
quiere saciar su sed
con el dolor que causa en quien le pide
lo que él no puede dar,
y colmar su vació con la calma que roba
a quienes se enamoran de su huida.

Se sabe condenado a morir descontento.

Los espejos lo llaman por su nombre.

                                                                                   De Narciso y ecos (2017)
 
 
 
 
Qué hago yo aquí

Yo vengo de otro mundo y no comprendo
cómo he llegado aquí qué pretendéis
de mí si no es amor no esperéis nada.

Guardo en mi corazón viejas palabras
que ya nadie pronuncia toros tristes
madres que no han nacido todavía.

Yo no soy de este mundo ni de otro.
Mi voz es una lágrima feliz.
Mañana moriré dando las gracias
por no haber comprendido este milagro. 

                                                                                   De Qué hago yo aquí (2019)
 


Juan Manuel Esquivel García / Ciudad de México, 1980. Poeta y ensayista. Ha traducido al español a escritores como Giorgio Agamben, Virginia Woolf y Louise Glück. Estudió Ciencias de la Comunicación en el Tecnológico de Monterrey, y durante algún tiempo ejerció el periodismo y la comunicación corporativos. Se ha formado en diversos seminarios, talleres y cursos en distintos centros culturales como Casa del Lago, Colegio de Escritores de Latinoamérica y el Centro Cultural Helénico. Periódicamente publica su trabajo en las revistas Casa del Tiempo, Letralia, Taller Igitur, El Gólem y Murmullo de Paloma, revista esta última de la que forma parte de su comité editorial. Actualmente prepara su primer libro de poemas y cursa el Diplomado en Formación de Traductores Literarios en la ENALLT.