16 mayo, 2022

Juan Carlos Bustriazo Ortiz: la flor del exterminio

de Cristian Aliaga y Juan Carlos Bustriazo Ortiz | Rescates

 

Juan Bustriazo Ortiz (Santa Rosa, Argentina, 1929-2010) se ha convertido, sin exageraciones, en objeto de culto de la poesía argentina moderna y contemporánea. Nacido en la provincia de La Pampa, denominó a su obra poética Cantro Quetral, que incluye más de setenta títulos y de los cuales solo seis fueron publicados en vida.

Compartimos una presentación del poeta y editor argentino Cristian Aliaga, así como una selección de poemas emblemáticos y recién descubiertos de Bustriazo Ortiz, provenientes de tres volúmenes.

–La Redacción

 

 

Juan Carlos Bustriazo Ortiz: un alquimista en busca del lenguaje total
 

En memoria de J. C. Bustriazo Ortiz.
 
Para Lidia Hernández, protectora del maestro
y de su legado.
 
Para Andrés Cursaro y Sergio De Matteo.

 
El ejercicio de situar a la obra de Juan Carlos Bustriazo Ortiz en el contexto de la poesía argentina y latinoamericana es complejo porque, a pesar de haber sufrido el silenciamiento y el abandono durante parte importante de su vida, se constituyó en una revelación para los lectores a partir de la década de los 90.

Autores clásicos y heterodoxos han alimentado su obra fascinante. Por elección o predestinación, el poeta escribió largamente en su territorio, sin abandonar los parajes conocidos y en donde, ni la marginalidad, ni las maneras perversas de la industria cultural pudieron confinarlo al conservadurismo estético e ideológico de las “crueles” provincias.

Del conjunto extraordinario de la obra del poeta pampeano, hasta 2008 apenas se habían publicado Elegías de la piedra que canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca bermeja (1984, 2004, 2006), Los poemas puelches, Quetrales (1991) y El libro del Ghenpín (2004), todos en pequeñas tiradas.1

En 2007 se publicó el disco compacto Hereje bebedor de la noche,2 que recoge grabaciones realizadas por Bustriazo Ortiz, y en 2008 publiqué la primera edición de Herejía bermeja,3 que permitió llevar a un número creciente de lectores el conocimiento de su obra.

Baqueano de caminos, parajes y rastrilladas perdidas; autodidacta y erudito, fue nómada en su territorio, siempre en los márgenes, desde sus tiempos de telegrafista en Puelches, como trovador errante, prendado de las peñas folclóricas, los bares, los extramuros y las mujeres de su vida.

Su relación de hondura metafísica con el paisaje, su empatía con los habitantes del campo y los arrabales –y en definitiva, su precisión verbal para revelar realidades profundas a través de un lenguaje de efecto chamánico o encantatorio– sitúan a su obra en un lugar impar en comparación a la de sus contemporáneos. Él mismo invoca al “Ghenpín” (hechicero) al comienzo de uno de sus libros: “¡ordénoles hacer la Magia!”, dice, imperativo.4

En sus obras iniciales, el tono de Bustriazo Ortiz aparece más ligado a una experiencia tradicional con el lenguaje, emparentado con ritmos y técnicas propias del folklore y la música popular, tal como lo atestiguan sus colaboraciones con grupos y autores como Delfor Sombra, Huerque Mapu y Atahualpa Yupanqui, quienes tomaron textos suyos para componer parte de su repertorio.

En este primer periodo, Bustriazo Ortiz indaga en la riqueza lingüística y cultural proveniente de los pueblos originarios y asimila recursos del habla popular y de la mixtura oral de pampeanos, inmigrantes y puelches. Registra el lenguaje y la vida cotidiana de la gente del pueblo –con especial énfasis en los descendientes de los pueblos originarios, campesinos, gauchos de antigua estirpe, marginales y frecuentadores de peñas y boliches de extramuros–, y se sumerge en el habla popular en busca de precisión verbal y sutileza de expresión.

Así prepara su instrumental para reconvertir su clasicismo mediante una ruptura que se concreta en Elegías la piedra que canta (1969), donde el poeta produce un cisma en su propia lengua y la funde con los recursos más sofisticados de la poesía del siglo XX, para crear un sistema poético pampeano-surrealista, folclórico-universal.

De ahí en adelante su experiencia de escritura fue crecientemente compleja, cambiante y poderosa, dando paso al período más brillante de su experiencia poética, que tendrá su culminación en Unca bermeja (escrito en 1973) y en una decena de obras de poesía de gran excelencia y belleza que van desde Las Yescas. Canciones del Enterrado (1971-1972) hasta el Libro del Ghenpín.

 

Cristian Aliaga (de pie) y Juan Carlos Bustrizo Ortiz (sentado).

Visionarios en La Pampa

Desde que comenzó a circular la obra de Bustriazo Ortiz de boca en boca, hubo en La Pampa quienes se dieron cuenta de la altura de su potencia poética. El diario La Arena, que guarda en sus archivos un auténtico “Códex Bustriazo”, ya se refería en 1968 a la magnitud de su obra, considerándola un fenómeno dentro de las letras locales:

su estremecido y a la par desgarrado lirismo, que cierne y afina de libro en libro su gama espiritual; su cada vez más acentuado y profundo trabajo de recreación idiomática que, por un lado, procura la conquista de un lenguaje “total”, que encierre y libere en múltiples planos los significados poéticos, yuxtaponiendo o superponiendo lo semántico, lo sonoro, lo simbólico y por otro rastrea, recupera, refunde y valoriza un amplio vocabulario regional al que confluyen vertientes mapuches y criollas, invictas raíces castizas de nuestra habla paisana, neologismos y creaciones propias del poeta, jamás gratuitas ni idílicas. Hablemos también de su progresivo itinerario hacia un espacio interior, en sucesivos y dramáticos “golpes de sonda” a su mundo espiritual.

Ese mismo texto anticipaba dos décadas mi propio extrañamiento, al comprobar que esta obra permanecía confinada, fuera del alcance de su propio autor pero también de sus potenciales lectores. Así lo decía La Arena:

…escándalo es que una obra que a la fecha totaliza más de 17 volúmenes de poesía permanezca casi inédita, al menos en su cuerpo mayor y trascendente. Escándalo y vergüenza solo explicables a la luz –a la sombra– del mezquino esquema de “trenzas” y prevenciones extra-artísticas que caracterizan en nuestro país tanto a la conducción oficial de la cultura, como a la política editorial de los grandes sellos.5

Con motivo de la publicación de Unca bermeja, J. Ricardo Nervi –figura clave de la cultura de La Pampa– supo anotar con lucidez y precisión los elementos que configuran el mundo poético de Bustriazo Ortiz y anticipó su significación futura:

Bustriazo Ortiz ha trascendido, a punta de creatividad, los prejuicios filosóficos que convalidan o invalidan (de acuerdo con cada polemista) determinadas tesis estéticas. Seguramente él ha resuelto el juego de antinomias que oponen lo afectivo y lo intelectivo, lo emocional y lo racional, de la manera más directa: entregándose a la poesía, escribiendo sus poemas, generando su poética. No de otro modo pudo aflorar esta singular Unca bermeja, recipiente lírico de hallazgos léxicos que conllevan la originalidad de lo regional y la resonancia de lo universal.

En ese mismo texto, Nervi dejaba abierta una interrogante mayor: “¿podría constituirse Bustriazo Ortiz en una de las voces más íntegras, auténticas y originales de la Argentina?”6

 

Facsímil de manuscrito de Bustriazo Ortiz.

 

Una historia

Solo había leído su impresionante Unca bermeja cuando establecí contacto con Bustriazo Ortiz en 1988, a través del escritor Juan José María Álvarez. Intercambiamos correspondencia desde entonces y recibí de sus manos Elegías de la piedra que canta, Aura del estilo, Los poemas puelches y Quetrales. Nos comunicamos regularmente durante años –incluso mientras permanecía interno en el Hospital Lucio Molas–, y me conmovió la noticia de que el poeta carecía de los originales de gran parte de sus propias obras.

Debo al poeta Miguel de la Cruz el conocimiento inicial de una parte esencial de Bustriazo Ortiz, en particular de aquellos libros que escribió entre 1971 y 1977, y que constituyen el periodo más extraordinario de su producción.

El diálogo personal sostenido con Bustriazo Ortiz y con su esposa Lidia Hernández; las visitas periódicas a su casa y las jornadas Canto Quetral, organizadas en homenaje suyo con la coordinación de Sergio De Matteo, nos permitieron elaborar proyectos de edición, presentaciones y lecturas del poeta, como las que realizó en Neuquén y la que compartimos en el Festival Internacional de Poesía de Rosario, al presentarlo junto a Andrés Cursaro y De Matteo.

Las notas y breves antologías publicadas desde mediados de los años ‘90 en Comodoro Rivadavia y Buenos Aires, avivaron el interés por esta obra fascinante y desconocida, y de la que comenzaron a hablar poetas, críticos y periodistas.

Sin embargo, durante años, la recepción de la poesía de Bustriazo Ortiz operó en círculos concéntricos. De mano en mano –fotocopias que pasaban entre estudiantes, escritores que peregrinaban a Santa Rosa o cineastas, artistas y público en general que lo buscaba en la web–, sus versos ejercían un magnetismo de uno en uno.

No cabe hablar en términos tradicionales de ninguna operación de renuncia o resignación de parte de Bustriazo Ortiz a la circulación de su poesía, sino de una extraordinaria fidelidad a su proyecto de escritura y de una ética indestructible que nos sacude ahora, decantada en una obra que no tuvo demasiados lectores hasta encontrarlos por pura intensidad poética.

¿Es posible pensar que existieron fuerzas interesadas y personas capaces de ocultar intencionadamente la obra poética de Bustriazo? No es sencillo encontrar una respuesta coherente, pero la hipótesis del silenciamiento suma datos incontrastables. No existe todavía una explicación razonable para la extensa saga de fallidos y contradicciones en torno a los proyectos de edición que lo atormentaron durante años, al mismo tiempo que reclamaba la devolución de sus propios manuscritos.

 

Una obra impar se abre paso

Bustriazo Ortiz es uno de los más grandes poetas –ya no secretos– de la Argentina, en quien el aura de inaccesibilidad, rareza o misterio fue reemplazada por la admiración que provoca el conocimiento de su originalísima, singular y compleja tentativa poética.

Los suyos son auténticos “himnos a la noche”, eróticos, trágicos y de sensualidad exacerbada; cantos a la existencia intensa de quien bordea un saber ancestral, cargado de símbolos que lo obligan a “nombrar de nuevo” y a descubrir neologismos que puedan expresar aquello que las palabras en uso no logran describir.

Bustriazo Ortiz apela a un mundo ancestral, intemporal y expande su lenguaje a una poética de múltiples registros. Precisión verbal, riqueza de imágenes inesperadas y un ritmo encantatorio son, como se dijo antes, algunos de los atributos que caracterizan a su obra. Selecciona elementos legendarios, efectúa un montaje de inteligencia y espíritu ritual y revela un lenguaje desde un mundo «otro» surgido de su apropiación simbólica del universo pampeano.

Su creatividad es extrema. El habla criolla se funde con la tradición poética española del Siglo de Oro, pero supera esa síntesis. De otro campo le vienen las maneras del gaucho no asimilado a ninguna esclavitud, los modos rituales del “Ghenpín” que tiene el poder de la piedra, del presagio y de la conexión con los saberes pampas y mapuches, todo ello fundido en una lengua de impronta elegiaca que exhibe una técnica sutilísima de acentuaciones y ritmos.

En 2012, María Negroni afirmó que “es un poeta imprescindible, inclasificable, que todavía espera a sus lectores. Pertenece a esa línea de alquimistas que, como el Vallejo de Trilce o Lorenzo García Vega, escriben en una lengua desconocida, hecha de destellos”, y opinó que “Nicolás Peyceré, Néstor Sánchez, Juan Gelman o Susana Thénon son, como él, francotiradores, vale decir, niños que se impacientan ante el lenguaje como sistema coercitivo y limitante, y prefieren jugar, desmarcarse, desmontar, a veces con violencia, frases y palabras como si fueran cubos de madera. No exagero si afirmo que, en Bustriazo, ese trabajo de zapa da lugar a un cisma escabroso. En su caso, la gramática enloquece del todo. Ninguna normativa queda en pie”.

Bustriazo Ortiz, continúa Negroni, escribe

tergiversando todo, apostando a un verdadero aquelarre semántico donde la palabra queda liberada de su deber de eficacia para entregarse a una complicidad con el vacío, que es otro nombre de la imaginación. Nada hay que no participe aquí de la revuelta. Adverbios, adjetivos, sustantivos, verbos, prefijos y sufijos: todo se insubordina donde el resultado es un texto que pareciera calcar, como los geógrafos de Borges, lo incomprensible a fin de ser, puntualmente, la intemperie. No es que estemos, tan sólo, ante una experiencia absoluta del lenguaje, estamos ante una manera absoluta de ver las cosas. Un manifiesto, si se quiere, contra el arte realista que confía en los valores inteligibles. Una confianza en que la escritura no es un instrumento de comunicación sino, más bien, un desorden ostensiblemente enraizado en un más allá del lenguaje. La virtud poética estaría, en este sentido, ligada a la no transparencia, al uso antisintáctico de la sintaxis, al enrarecimiento del sentido y a ese arte de la antirrepresentación que se llama música.7

En un mediodía pampeano, la silueta de Bustriazo Ortiz –vestido de saco oscuro y camisa blanca con el cuello impecable– se recortaba sobre el sol de Santa Rosa. En su casa de la calle Stieben, el poeta leyó en voz alta viejas cartas y poemas manuscritos. Los recorría como quien sigue con un dedo la traza de un viejo mapa. “Esto lo escribí yo”, dijo con una mueca de dolor y fastidio. De dolor y alivio, e iluminación.

La congoja ha sido una de las marcas del carácter de Bustriazo Ortiz. Ante un mínimo auditorio –estaban Lidia, su esposa, Andrés Cursaro, Sergio De Matteo y unos pocos amigos más–, asistimos a una lectura suspendida en el tiempo. Bustriazo leía con una voz profunda que completaba el tono elegiaco; parecía quebrarse y luego remontaba hasta agonizar y reiniciarlo todo.

Bustriazo Ortiz no buscó jamás la soledad, aunque su sufrimiento solamente puede medirse a partir de la altura de su tentativa poética. Sufrió una inmensa exclusión y un ensordecedor silencio político y literario, sometido durante largos años a la marginación como hombre y creador. Para algunos en Santa Rosa debe haber sido como convivir con Rimbaud; hubo amistades fraternales pero también envidias, incomprensión y una dolorosa mezquindad.

Ahora, la obra del gran poeta –que ha escrito una de las producciones más relevantes de la poesía argentina contemporánea– viaja nuevamente hacia las manos de numerosos lectores, ya que pertenece al fondo común de la humanidad. La creación de una saga original, pampeano-universal, que va del clasicismo a la ruptura, lo distingue con brillo único de lo escrito en Argentina. Desde un sitio u otro, Bustriazo Ortiz nos seguirá hablando para siempre.

 

LA FLOR DEL EXTERMINIO

Juan Carlos Bustriazo Ortiz

(Selección de Cristian Aliaga)

 

La presente selección proviene de los libros Hasta mañana, lengua. Los años de la iluminación (a publicarse en 2022 por Ediciones Espacio Hudson: espaciohudson.com), Herejía bermeja. Poemas seleccionados 1969-2007 (2008, 2014, 2017, publicado en coedición con Ediciones en Danza, edición de Cristian Aliaga, Andrés Cursaro y Sergio De Matteo) y Hereje bebedor de la noche (2007, edición de Andrés Cursaro y publicado por Ediciones Espacio Hudson).

 

“Oh viñas del Pasado! ¡Vides sonoras bíblicas!

¡Reyes escanciadores de la Antigüedad!
Asirios,
caldeos,
griegos,
romanos,
persas,
árabes.
Quebráronse las jarras,
los finos vasos. Secáronse
en los palacios,
en las chozas,
en las tumbas,
los
vinos rojos como el rubí,
los negros como las trenzas
de la Sulamita,
los claros como la frente de la Luna!
¡Basta ya,
soñadores,
bohemios,
líricos! Que otra
suerte sea dada. Romped los cántaros insomnes
de la Locura o de la Muerte. Que “el golpe de dados”
del poeta Mallarmé sea la Salud,
la vida humana en
este Tiempo”.

(“Escrito el miércoles 21 de febrero de 1990 en la pizarrita del consultorio del Dr. García-García, en Alcoholismo, por este vate redivivo”).

“Hospital Bustriazo Ortiz”

El poeta anotó al margen ‘“El pensador” o “El Filósofo” (¡!)

*El texto fue transcripto directamente del manuscrito del poeta, que señala “Copia para Teresita Poussif. ¡Cariñóntidos!”.

 

canción rupestre

llovía Dios en la noche resplandosa granazón de los tiempos llovían
salmor y la piedra al galope de la luna eras vos y era yo dos cerros
blancos espinazo del cielo enentreabrido eras barro alumbrante llovían
sapos oh amasijo de labios y de fiebres la caverna cantada por
los pájaros el altar de la vida llovían ojos llovía luz y temblor llovían
pantanos llovía azul corazones ruiseñores llovían almas y cuerpos
dibujados llovía un ser como tigre llovían cuernos llovían músicas
grandes hachas cántaros llovían manos de piedras con hollines manos
rojas y amor color sagrado nos tornamos en piedra en lo llovido
en abrazo de piedra nos tallamos en rayón de la piedra que sabía nos
hallaron divinos imantados!

a Ch.

 

rasgueo desnudo o canción nómade para cuerdas y olvidos

en la esquina violeta te sabía te pensaba llegando consumido yo
venía del temple de la muerte de mi muerte más fresca bien parido
de obsidiana lamida por la noche majadura del temple más sabido
más brotado de vena sin descanso de bordona de tripa enquetralido
condenado por flores misteriosas por guerreros de flor por flor
sin ruido sentenciado venía pensamiento en la esquina violeta y
desasido te encontré por pensarte y por pensada te di vida tal vez
en un rasguido en un soplo de hueso sacrosanto en un aire de miel
enmortecido de florón de jardín petrificado de una rosa de pérfido
sonido en la esquina violeta te pensaba por pensarte despierto confundido.

a L. S.

 

balada arcaica

ya te vas vegetal tornasolada no me prendas la flor del exterminio
fulgimiento del agua de los ojos no me prendas la flor del exterminio
hinchamiento del cielo qué potencias no me prendas la flor
del exterminio qué hinchadura del mundo taza turbia no me prendas
la flor del exterminio con el hijo salido de tu entraña no me prendas
la flor del exterminio con el ala punteada de tu ángel no me
prendas la flor del exterminio con arcillas que vuelan soberanas
no me prendas la flor del exterminio en olor del adiós que me espeluzna
no me prendas la flor del exterminio con tu boca antañera
tras tu boca no me prendas la flor del exterminio en amor de tu
sombra sonadora no me prendas la flor del exterminio!

27 y 28

para vos,
dueña de los
ponientes.

 

20

porque mentí desde los umbrales
porque este libro es para tu boca
mi tenida de luna en luna
mi arrimada de siesta en siesta
vos estaráste en él mi quejona
hasta saber que érate tuyo
porque este libro es para tu boca
él fuéme entero por los maíces
por las calandrias reyentonas
por los caballos de alma dorada
por el silencio amoratado
porque este libro es para tu boca
miraráste en él talvezmente
por las lloviznas anacaradas
por el olor de las cotorras
por mi tazona que anda y súfrese
por los relámpagos soterrados
como toldo de cuero fuéme
mi cardenala más amarilla
porque este libro es para tu boca!

(anochecer del 28 de mayo,
santa rosa)

 

se me despierta amor ignoto

el alón zurdo mi razón siniestra y dulce gata feliz gata bermeja
bajo el astral de los orujos tembladores desde las desolaciones
de lo antiguo te quiero así quisiera amarte unavezmente coloradita
en algún médano encorvado o en el nido de la coral o donde estuvo
la carreta blanca el campamento quebrajoso del turco triste que se
acabó bajo la helada entre las piedras gruesas más acá de la diestra
de la viruela negra de la derecha de la vida de la boca enfadada
entre los botones carcomidos de los últimos soldados entre las
ollas del médano blanquecino en las noches embargadoras donde respira
la víbora de la cruz contra el repudio del rey que piensa no
más contrito y entecado quisiera una unitamente serte chingolo de
los mollares piche de los zulupes zorro enjarillonado peludo grasa
amarilla trapial manso hasta pacerte en las pupilas!

(para m. l.)

 

esta caja amarilla

desde lo repugnoso del desvelo desde lo colorado de la
sien desde los ábrete porque estoy vivo ay vidalita
desde la guitarra embichada desde el engreimiento del
cielo desde las chaquiras que puse en tus muslos ay
vidalita
desde las mesnadas del llanto desde las ínfulas

de lo que es como piedra desde la embustera Porfía
desde el abrepuño amarillo ay vidalita
desde lo venenoso
del bochorno contra el corazón cabal desde el boato

de la cizaña desde lo contra el cuerpo y contra el alma

ay vidalita desde el racimo del vaso infausto desde
el espejillo donde tus ojos me comen desde la última visitación
desde lo tremebundo de este estar ay vida–

lita
desde la musa extraviada desde el tordillo plateado
que perdió la querencia desde los soles que me
hieren porque soy más de las lunas ay vidalita
desde la
sexta que está en un hilo desde esta vihuelada que
en el final es bermellón ay vidalita desde la codicia
del chupasangre desde el santiamén del olvido desde
la sombra caudalosa desde no sé qué escalofrío y en
el disturbio de los ojos
ay vidalita!

(t. madrugada del 10 de diciembre)
A ch.

 

Opus tristilus

hoy salí de mi caverna mi amor y llovía polen quiero decir una
cosa rara primero yo no sabía pues me sorprendí muy turbado caía
del cielo grisónico algo sobre mi espalda incrédula sobre mis
hombros cuaternarios sobre mi pecho con lagartos sobre mi miembro
de piel violeta yo como un perro absurdo me acerqué al rostro
de esas briznas ignotas y eran amarillosas y muy intensas y me
hacían temblar y erizar me hacían la soledad ello fue antes de
la lluvia de agua porque primero llovió polen mi amor porque
era polen lo que llovió esta tarde al empezar a oscurecer cuando
crecía la unción en el apilamiento de la noche y era de un
alto árbol cósmico llovió polen mi amor llovió polen y en la
casa de hananólida también el polen caía y ella pensó en su
vientre y en la casa de nurma también y ella pensó en su vientre
y en la casa de ascuala también y ella pensó en su vientre
y en la casa de salila también y ella pensó en su vientre y en
la casa de chilona también el polen llovía y ella pensó en su
vientre entonces supe que era verdad después llovió agua mi a
mor y no creí

(temple,
4.)

 

neotango con rosario roto en el pecho
(aguatinta embroncada)

I

la cuenta del rosario está pavota.
la piedra del querube en moco llora
en la quietud. lo feretral marmola.
verberación del reverbero. gloria
del bailarín fantasma. regia bota.
la perla del rosario flaca y rota.
 

II

(colorinche del circo,
baja alondra
de la nube su carpa picotona.
él besumbra la testa de su hermosa:
la calavera que lo rapta ahora.)
 

III

hubo una vez una mañana loca.
un carromato. un león. hubo una rosa.
hubo un jazmín en celo. no tremola
en el velorio su esternón:
oh loba.
hubo un malambo de alabastro. ignota
hubo una zamba de diamante. ahora
en lo mortal oliente lo destrozan.
 

IV

y se me encama en mi tangón la boba.
la irremediable naifa bata roja.
la muerte con su vulva regalona.
la felatriz feroz toda musgosa.
la yegua con lunar en nalga pronta.
 
 
 
y anduve solo y no era la luz
fuíme por duros corredores
por los pasillos pesaroso
y sáqueme un papel azafrán
con un saludo de tez granate
“he aquí que lleguéme a verte
juancarlos estuvo en esta torre”
y fuíme solo y no era luz
por los pasillos musitantes
atrás dejé los corredores
negros y más que hechos con cuervos
quedóse el papel inclinado
esperando tus ojos de mora
y como un ciego fui con las manos
interrogando a las paredes
buscando la puerta brillante
los tragaluces del castillo
el aire que andaba en el mundo
“juancarlos estuvo en este cuarzo”
huíme solo y no era la luz.
 
 
 
porque tu carro subió al cielo
y vos quedaste para besarme
ladran los perros talones blancos
patas de niebla pechos cenizos
puedes venirte de amarga grande
si es que el adiós ay cosquilléate
si es que róndate las verijas
he aquí que cantan los tizones
bajo la noche de vientre de unca
hasta que mi piedra diga sí
o hasta que dígame no quiero
delante mío mi vaso calla
cuida sus negros más desgraciados
y los penachones del quetral
entre esqueletumbres señorean
en lo colorado que palpita
ladran los perros moros canelos
cogotes de ángel lomos de ópalo
puedes tachonarme de hermosura
pueden cuajarme de serpientes!


1 Elegías de la piedra que canta fue publicado por Ediciones Alpataco (Santa Rosa, 1969); Aura del estilo, por Editorial Stilcograf (Buenos Aires, 1970); Unca bermeja, por la Universidad Nacional de La Pampa (1984); Alter Ego (Santa Rosa, 2004)  e Intemperie (Santiago, Chile, 2006), Los poemas puelches y Quetrales, por el diario La Arena (Santa Rosa, 1991); y Libro del Ghenpín, por la Cámara de Diputados de La Pampa (Santa Rosa, 2004).

2 El disco compacto Hereje bebedor de la noche fue publicado por Espacio Hudson en 2007 (selección, recopilación y edición de Andrés Cursaro).

3 La primera edición de Herejía bermeja. Obra poética 1969-2007 (edición de Cristian Aliaga) fue publicada por Ediciones en Danza y Ediciones Espacio Hudson en 2008, con el apoyo del Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La segunda apareció en Ediciones Espacio Hudson en 2014 y la tercera se publicó en 2015 dentro de la Colección Juan Gelman, tras ser seleccionada por el Ministerio de Educación de la Nación.

4 El libro del Ghenpín (escrito en 1977, fue publicado por primera vez en 2004).

5 “La obra poética de Juan Carlos Bustriazo Ortiz”, en La Arena, Santa Rosa, La Pampa, 31 de diciembre de 1968.

6 “La magia de las palabras en la poesía de Bustriazo Ortiz”, por J. Ricardo Nervi, en La Arena, Santa Rosa, La Pampa, 1984.

7 Negroni, María. “El poeta que espera quien lo lea”, Buenos Aires, La Nación, 12 de abril de 2012.


Cristian Aliaga y Juan Carlos Bustriazo Ortiz
Cristian Aliaga / Tres Cuervos, Argentina, 1962. Poeta, escritor y docente universitario. Dirige Ediciones Espacio Hudson y el periódico El Extremo Sur. Recibió el Premio Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación-FNA (2005) y el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (2007). Ha publicado los títulos La sombra de todo (2007), Música desconocida para viajes (2009), La causa clínica / The clinical cause (2011), La caída hacia arriba (2013), El rincón de pedir (2015), La pasión extranjera (2018), Lavorare l’errore (traducción de Emilio Coco, 2020) y Music for Unknown Journeys (traducción de Ben Bollig, 2021). Reside en la Patagonia.

Juan Carlos Bustriazo Ortiz / Santa Rosa, Argentina, 1929 – 2010. Poeta, radiotelegrafista, corrector y linotipista, se trata de uno de los autores más deslumbrantes y excéntricos de la poesía argentina de los siglos XX y XXI. De entre una obra que comprende más de setenta títulos, solo algunos vieron la luz durante su vida, entre los más importantes: Elegías de la Piedra que Canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca Bermeja (1984), Los Poemas Puelches y Quetrales (1991), Libro del Ghenpín (2004).