24 febrero, 2020

La gramática de la soledad

de Olmo Balam | Reseñas

Juan Carlos Abril, En busca de una pausa, Pre-Textos, Valencia, 2018, 83 pp.

“La poesía es ficción”, decía recientemente Juan Carlos Abril (España, 1974): “partimos de la vida real pero luego la vida que proyectamos en un texto nunca es idéntica”. En busca de una pausa se puede leer como una ficción; no tanto porque en este poemario se proyecte un mundo conjetural o en directa contraposición al nuestro, sino por su transcurso.

En los poemas de Abril hay personajes e incógnitas, como en otras ficciones: las de un “yo” que se desdobla constantemente en un “tú”, al tiempo que interroga su pasado y plantea atmósferas claustrofóbicas, de conticinio. Porque al adentrarse en sí mismo a través de la retrospección, “Todo está unido, se separa/ temblor ubicuo, origen/ de la escritura autobiográfica” (de “Desaprender”, p. 68). La media vida de un poeta que ocurre entre la incertidumbre del silencio y el ruido de un mundo ardiente, cuyos sonidos son ecos de amigos que no vuelven y atajos hacia la vida, un ayer que se ve como una estrella cuya “luz tarda tanto en llegar/ como quien no responde” (de “Ayer va”, p. 61).

Estos poemas saludan eso que se ha llamado “la mediana edad” con un entusiasmo que no está exento de crítica, buen humor y, lo que es más peculiar, una sana nostalgia que mira hacia adelante. Son poemas que arden como esa pausa que se promete en el título, con la pulsación propia de la llama encendida, a la vez estática y en combustión.

El libro se divide en cinco secciones. La primera, “Aunque sea para vivir”, trata sobre la vida del poeta inmerso en el insomnio “entre sonidos y colores” (de “Vivir aquí”, p. 14) que “con palabras/ pobres y generosas, atraviesas/ un tiempo sin expectativas/ en pos de vida literaria/ que significa vida de aventura” (de “Exilio involuntario”, p. 12). Un soliloquio que hace feliz la estancia en las islas desiertas y riguroso el ejercicio de la poesía: “la perfección/ exige más que voluntad/ memoria” (de “Vivir aquí”, p. 16).

El segundo apartado, “De amicitia”, investiga la amistad, un vínculo que puede romperse o traicionarse. ¿Duele más el corazón roto por un amigo que por un amante? “Has renunciado a la amistad/ y a su oscura provincia,/ porque no sirve lo que aprendes./ También a la belleza,/ a la incapacidad de desprendernos/ del pasado, romper con nada,/ o abrir sendas para alguien./ Cumplo/ cuanto me prometí a mí mismo./ Llegó la hora de afilar los lápices” (de “La nave no va”, p. 19). La incertidumbre sobre esa herida que son los amigos recuerda al Derrida de Políticas de la amistad, en donde se lee que “nadie está ya para nadie, y eso es realmente la muerte”. Ante la fatalidad de tener amigos y perderlos, Abril antepone una promesa que se hace a sí mismo y a nadie más: “Da igual si no te esperan/ en un andén./ Yo seguiré/ luchando/ por la amistad, como una máquina” (de “Un moderno dragón”, p. 23).

El clímax de esta gramática de la soledad se encuentra en la tercera sección, “Esperar es un camino”, un título que pudo haber sido el de este poemario pues encapsula su espíritu:

Yo podría contarte que una tregua
no sabe la batalla
que libra cada uno,
y es frágil.
      Podría decirte
que nadie va a ayudarte
en una relectura.
No obstante estás muy vivo
y siempre lo estarás,
porque vives intensamente
para empezar de nuevo.

Concédete permiso
para esperar. Es un camino.
Y echar de menos,
una obsesión para los melancólicos.

Si comunicarse implica el entendimiento pleno de otro, entonces habría que pensar en la imposibilidad de llegar a lo más íntimo de una experiencia ajena. Con todo, En busca de una pausa mantiene la fe en que es posible estructurar un diálogo a través del tiempo, de los palimpsestos, del perdón, de una vida hippie que aparece, a la distancia, como una precuela. Y por eso estas reminiscencias, antes que asemejarse a los fragmentos de un discurso amoroso o a una leyenda, son la evocación de una película cuyo guion rompe la cuarta pared. No importa el destino, sino la espera.

Abril es un poeta de la lentitud, pero no un apólogo de la quietud o la inmovilidad especulativas. “La cicatriz del ruido”, el penúltimo apartado, afirma esta vocación de lo negativo como potencia. El autor se pronuncia “A favor del vacío,/ porque allí se hallan los errores,/ colmado de misterio,/ de negatividad,/ de lo que desconozco?” (de “Mi vida”, p. 63).

No se escatiman referencias o claves para colorear estos poemas. Por ejemplo, la cita que abre el libro y que pertenece a Pier Paolo Pasolini (poeta del que Juan Carlos Abril tradujo para la editorial Visor Las cenizas de Gramsci): “Tienes cuarenta años,/ con sonrisa y ademanes// —como aquellos de quien nunca apaga/ el viejo fuego— juveniles”, palabras que le sirven a ambos poetas para preparar nuevas aventuras. En busca de una pausa es, después de todo, la revelación de quien se orienta al futuro bajo el amparo de su experiencia, sus errores y sus pérdidas: “No hace falta decirlo/ y el origen viene delante./ Por fortuna el futuro/ está moviéndose/ para reconstruir tras el terremoto/ —también por omisión— esa ciudad” (de “Esperar es un camino”, p. 45). Hacia el final, ese yo atormentado encuentra por fin una pausa al eterno retorno. La de quien por fin se deja de remordimientos y va en busca de la vida. “Nada más”, como dice el último verso del libro, cuando un “Ave Félix” se levanta de las cenizas como un viejo fuego juvenil.


Olmo Balam / Ciudad de México, 1990. Es periodista cultural, traductor y ensayista. Editó de 2015 a 2018 la revista digital Correo del Libro de las librerías Educal. Textos suyos han aparecido en Crítica24 horas y en La Langosta Literaria. Mantiene un blog, La reproducción de los árboles, en Medium.