3 febrero, 2020

Una verdad sin peros

de Juan Carlos Abril | Reseñas

Rafael Saravia, El abrazo contrario, Frontispicio de Antonio Gamoneda, Bartleby Editores, Madrid, 2017, 80 pp.

Los lectores de Rafael Saravia (Málaga, 1978, aunque residente en León desde su infancia) reconocen en su poesía —a lo largo de los años y los libros— ciertas constantes que lo definen y a la vez identifican como una voz alejada de imposturas, cercana a la exploración de un territorio siempre por descubrir. La poesía sin duda es eso, un territorio inexplorado, un “camino y sus vicisitudes” (p. 68, de “Camino”) donde “Se descuelga el necesario alimento de la necesidad misma./ Lo correcto y su dolor permanente.” (p. 60, de “XV”). En El abrazo contrario se ahonda en esa voz consolidada y se apuesta más que nunca por una suerte de verdad paradójica, una dialéctica paradójica que ya se apreciaba en otros volúmenes suyos como Llorar lo alegre, publicado también por la Editorial Bartleby en 2011. Así, en la conciencia de ese dolor permanente, la escritura se concibe como salvación.

Dividido en tres partes, que llevan por título “Barrios de sal”, “Tejer fronteras” y “Derramas de luz”, en El abrazo contrario se subraya ese desafío —de estirpe gamonediana— por el que la luz hierve debajo de los párpados. En su “Frontispicio” y “Nota” introductorias, el mismo Antonio Gamoneda califica, entre otros adjetivos, como “heroico” este libro (p. 11). Hay algo debajo que resplandece desde una concepción y percepción telúricas, resultado agonal de las aventuras épicas más emocionantes en la lucha del bien y del mal, o una suerte de batalla entre la luz y la oscuridad… La luz es la palabra que, desde los primeros compases del libro, aparece cuestionándose a sí misma en una distancia brechtiana y a la vez catártica, en su complejo proceso de anagnórisis: “Un hombre no escribe cartas/ sin declinar memoria,/ un hombre no escribe cartas/ si no desentierra suposiciones,/ un hombre/ jamás escribirá cartas,// si no se supone poema.” (p. 18, de “I”). Sujeto y objeto convertidos, por consiguiente, en una sola realidad textual, tematizados desde esta propuesta que asume que “Llegan tiempos de osadía./ La palabra se empieza a poner el guante de la acción.” (p. 19, de “Carta al norte”), sin ingenuidades, expectativas falsas o aspiraciones vacuas, puesto que se sabe bien que “Escribir no siempre tiene sentido.” (p. 22, de “III”). Pero “Sólo en esos casos,/ en los que el error se apropia del rango,/ la caligrafía danza sin bragas/ y la codicia se repliega en un decir…” (ibíd.). La poesía no necesita el sentido: la poesía es, en términos ontológicos.

Desde la intensidad rilkeana de los límites —“Sólo el geómetra sabe del lenguaje” (p. 26, de “IV”)—; desde lo que se encuentra más allá de un sentido inmediato y del realismo plano, la óptica filantrópica se revela como una constante, el amor como proclama, poseyendo en su vertiente social, a su vez, un doble filo: “La envidia ha muerto…/ pero tiene larva en su intransigente perpetuidad” —reconocerá en “Pájaros en las alas” (p. 25)—. El poeta es un náufrago a la deriva, con su “cordura amorfa” (p. 29, de “Test del náufrago”); insiste en el lenguaje como dolor, “El verbo/ y su bronce doliente” (p. 28, de “V”); se ase al madero de la poesía, en un desesperado intento por sobrevivir. Filantropía, sí, pero también misantropía, desde la incomodidad que pone granos de sal en la herida. Esta podría ser una definición de la poesía: “No eres justificable./ No llamas al canto y a la moneda vacilante para acostar el gozo./ No convocas a la miel para ser obstáculo del desliz,/ ni pretendes acelerar el calor disuelto en la presencia de los no pronunciados.// Eres parte de la letra,/ de su grafía esdrújula y su metáfora curva./ Eres la monstruosa,/ el lado que se mantiene al lado,/ eres lo que no importa pero es imprescindible” (“VIII”, p. 43).

La otra vertiente, la individual, recorre la senda del amor, que se anuncia ya en la primera sección como “las tremendas necesidades del sexo y sus tambores” (p. 30, de “VI”), y que desembocará en “un amor a medio sudar […] amor sin apellidos,/ sin escoba para la derrama…” (p. 51, de “XIII”), planteándose sin ambages en un convivio en el que los amantes se comen mutuamente, antropófagos alegóricos que sin pudor se devoran como en un ritual: “Terminas… termino…/ Los pelos como bajeza testimonial del cielo./ Es salado este aliento de postre./ Obliga a la remembranza seminal…/ Después del fin el principio y su círculo apetecible.” (p. 52, de “Sin cubierto”). Amor, como vemos, con pelos y señales. Y en el poema siguiente, la voz verbal se dibuja paladeando calladamente el sabor del cuerpo amado: “Una especie de sonrisa pactada con el límite del vicio en las comisuras.// Hoy tomaré atajos para el orificio./ Para huir de la estrategia y pactar con el deseo y su leche.” (p. 53, de “XIV”). Con estos mimbres y otros que dejamos que el lector descubra por sí mismo, no podemos dejar de afirmar que hay algo en la poesía de Saravia que nos anima a indagar en la naturaleza humana, sea lo que sea eso, en los instintos básicos y “en la indecencia del fuego y su víscera caliente” (p. 27, de “Lar”). Una mirada antropológica que escarba en lo más profundo de nuestras pulsiones, en el magma incandescente de la palpitación.

Concebido como fragmentos de un discurso amoroso, El abrazo contrario se presenta a la vez como un cancionero con tintes de alegato que va de lo individual a lo colectivo, en ese eje arriba señalado: “En el siglo XXI,/ apenas un par de décadas después de su inicio,/ la vocación de libertad está demodé” (p. 32, de “VII”); entiende de antemano que “la justicia es un producto por encima de nuestras posibilidades” (ibíd.) e invita a vivir con lo puesto, al día, sin evitar ese conflicto inherente a cualquier crítica. Lo cual no obsta para que se siga creyendo en “una verdad sin peros” (p. 62), es decir, en una continua búsqueda de lo lúdico como reflexión, en sintonía con esa distancia antes apuntada —como en “XIX” (p, 65), poema que invitamos desde aquí a leer íntegro.

La poesía de Rafael Saravia es una propuesta singular e independiente en el panorama de la poesía española contemporánea, que no renuncia a hallazgo expresivo alguno y donde no hay a priori. En las manos del lector se halla descubrirlo.


Juan Carlos Abril / Los Villares, Jaén, España, 1974. Doctor en literatura española por la Universidad de Granada, donde trabaja como profesor. Su último poemario es En busca de una pausa (Pre-Textos, 2018). Su Poesía (1997-2007) (2013) fue publicada en México por El Tucán de Virginia. Es editor, antólogo, traductor y crítico literario. Dirige la revista Paraíso.