24 febrero, 2020

Menos sonido ácido, menos pureza

de Andrea Cabel | Inéditos

No queda más que viento

El coche avanza, y mientras lo hace, parece un párpado muerto, un pez que tiembla. Dos puentes o uno mientras la nieve cae sobre el desorden de tanto recuerdo junto. Y el sonido de tu vientre cuando se abría, cuando era dos y seguías siendo tú. Recuerdas el azul de toda la amargura, el amarillo de tantas rejas, tan verticales, tan cerradas, como una llamada nocturna luego de clases, como dedos que truenan perseguidos, como huesos que pelean, unos contra otros, por seguir de pie. Y la vida exige menos sonido ácido, menos pureza.

Los cuerpos están hechos para ser imperfectos, me dijiste.

Imperfectos, repetí tras un sollozo.

 

Las hembras que no pueden tener hijos paren un arcoíris

Otras dos gotas brotaron más dulces todavía
y se sumergieron dentro de mi ojo izquierdo.
Y no pude ver más. Me desperté.

Las tres mitades de Ino Moxo, César Calvo 

 
Tu corazón pesa como las gotas que caen al principio de un diluvio. El mundo entero arde, y respiramos. Somos mudas cortinas, mudos calcetines impares, mudez repartida en fragmentos minúsculos. Mientras unos tras otros, los recuerdos, como culpas, agachan la cabeza tras el golpe.

Sin embargo, me sorprende la frase luminosa que despejas, me sorprende tanta puerta abierta, tanto vacío dentro. Y no puedo dejar de ser esquina: sigo siendo, sigo siendo esto que consume agua y tierra, que grita su tristeza y nadie la oye. Escribo sin esperanzas y sin embargo llegas blanca. Blanca como la locura de los pantalones demasiado largos, demasiado estrechos, demasiado ajenos. Nosotras hemos crecido como dos plantas mudas, como dos pedazos de sangre verde.

Llegas sin quererlo y me lo dices.

Entonces mi cuerpo, deshabitado, despierta.

 

Tu piel, repleta de cristal, pestañea.

Me miras con los labios cerrados y los dos primeros pisos encerrados en cobijas, en armarios, en tanta infraestructura mal hilada. Ella se empapa y pregunta nuevamente tu nombre. Había demasiada nieve entonces: lo cuento nuevamente, lo digo: el olvido tiene sus causas, también sus vértigos. Ese día un torrente húmedo golpeaba mis manos cuando me sostenía de esto que ahora es humo. Y hoy es martes y no hay día ni noche que lo abarque, que gire esférico como un día perseguido de tanta noche. Hoy es una fecha cualquiera y en medio del aire, nos perdemos, como si fuéramos la piel de nadie, como si fuéramos un sudor empapado recorriendo con frío, la madrugada.

 

Los espíritus (de noche)

…y esto será siempre así quedándote o yéndote
Spinetta

 
La noche es una marea de cuerpos que se mueven,

unos tras otros mientras tú los miras.

Yo, de pie, a tu lado, escucho cuando la voz del mundo desaparece y aparece una boca roja,
un suspiro fuerte, una flor de piedra que grita.

La música tiembla con la tierra, crecen hormigas y una lluvia parecida al hambre, empapa mi pulmón herido. Pero son las voces –¿me escuchas?– son las letras que forman tus brazos cerrándose, abriéndose, son ellas, las bocas, partiéndose al decir una palabra imprevista, las que me delatan.

Y en este paisaje soy extranjera de frente dispersa. Tengo una nacionalidad invertebrada, tengo el acento de una lengua áspera, tengo el ritmo del frondoso miedo cuando extiende sus brazos, y, además, es primavera.

Soy un ruido interno que se acomoda sobre sus huesos,

la intensidad de un rayo cuando golpea el suelo y se apaga: una flecha que pelea contra el aire; y sin embargo, siente las alas rotas y cae.

 


Andrea Cabel / Perú, 1982. Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Escribe artículos de crítica literaria y de periodismo cultural en diversos medios. Ha obtenido becas a la investigación y al trabajo de campo en la Amazonía peruana. Es autora de cuatro libros de poemas: Las falsas actitudes del agua (2006), Uno rojo (2011), Latitud de fuego (2011) y A dónde volver. Poemas reunidos (2016).