Entra La mata:
Las ramas que se cruzan en el fondo del monte
no pueden contarse, tienen un principio vital,
como los dedos gordos heredados de la familia,
y las cosas que caen
sin remedio del cielo:
torrente del agualluvia.
El agualluvia golpea insistente las costras,
el agualluvia atenta contra la solidez de las piernas,
humedece con su lengua el agualluvia las cosas,
las rosetas, las ciénagas,
las aguas verdes del litoral.
Así,
se abren los cardos como frailejones,
se abren las gencianas, teresitas y los cachitos,
los geranios silvestres,
las orquídeas plegaderas
que crecen solo lejos del mar
y en el arbolar
que digiere con dificultad el monte
hay matorrales en cañadas que nadie distingue.
El pelo del monte se enmaraña entigrecido
chasquean
las barbas colgantes de liquen chasquean.
Señalan Los investigadores:
Como esa bala se disparan ese día otras setenta, de las cuales solo diez impactan en los árboles. Mientras se disparan las balas suena música alegre. La razón por la que suena música alegre es porque, luego de disparar las balas, quieren tocan el tambor. Antes de reunirlos a todos en la plaza y hacer las preguntas correspondientes, sacan los equipos de sonido y el tambor de las casas y hacen tronar esa música alegre. En los oídos de todos el estruendo de las balas es confundido con un redoble.
Dicen los testigos:
Escuchamos algo, sí, pero no dijimos nada, no logramos decir, el agualluvia se agolpaba en las cornisas. Escuchamos algo pero era la baba del caracol vertiéndose, el calor del verano, el fastidio, relamiendo las caras: creímos que era el traca traca del tren. No dijimos nada; de todos modos, ¿qué podíamos decir que escucharan, cuántas gentes no sabían ya? Somos bien hombres. ¿Será que, si abrimos la boca, podremos olvidarnos de eso?
Nos fuimos.
De los montes hacia el norte, ya sabemos, viene generoso el viento.
Dice La mata:
Todo el verde
que crece,
como un torrente de aguas se desliza
acaricia bromelias y cachitos,
abre de las flores su verdín.
Y entre esa
tupida maraña de verde
se oyen las ramas crujiendo en el aire,
muerde la maleza un suelo arcilloso.
En lo raso del cielo se escucha
el chirriar de las ramas,
y luego
un pie en el aire,
la pierna levantada da un paso.
Dice La mata:
Cuando caen los cuerpos en la plaza,
elegidos al azar,
quedan en las casas los patios,
las cocinas, las sábanas extendidas
recibiendo aún
el tacto caliente del sol.
Quedan con sus capas las cosas
plegándose unas sobre otras,
preguntan el porqué,
el esto,
el ahora,
no piensan antes de hablar las cosas,
se llevan todo por delante
como cuando se descarrilaban
los trenes antiguos.
Preguntan Los investigadores:
¿Qué les hicieron?, ¿a los que mataron los mataron porque venían en la lista, o porque se querían defender? ¿Y ese día qué más hicieron?, ¿alguna advertencia? ¿Por dónde llegaron? ¿Y a ese otro muchacho por qué se lo llevaron? ¿A quién se los robaba? Nos contaron acerca del señor que iba en un burro, ¿dónde fue eso?, ¿cómo fue eso? ¿En cuántos volaron? ¿Las conexiones estaban ahí hace mucho o se hacían y se deshacían? ¿Se fueron?, ¿luego de ese día se fueron? ¿Quedaron ahí como centinelas?
Autor
Eliana Hernández
/ Bogotá, Colombia, 1989. Es poeta y antropóloga. La mata (2020), su primer libro, obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Colombia en 2021. Se graduó de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York y tiene un doctorado en literatura hispánica de la Universidad de Cornell. Forma parte de Lugar Común, red y cooperativa de escritores latinoamericanos que trabajan por el acceso a la cultura pública.