19 noviembre, 2018

La forma irisada: escrituras de Ida Vitale

de Ernesto Lumbreras | Dossier

En una estrofa de “Si se ha de escribir correctamente poesía”, Enrique Lihn escribe con veneno esta presuntamente jocosa diatriba misógina: “Salvo honrosas excepciones las poetisas uruguayas / todavía confunden la poesía con el baile / en una mórbida quinta de recreo, / o la confunden con el sexo o la confunden con la muerte.” En el arpón lanzado por el chileno hay truco y subterfugio. Dice y no dice, esa supuesta parodia sobre las escrituras identificadas con gentilicio. La no declaradas excepciones le sirven, además, de escudo no tanto para protegerse como para esconder la mano que lanza el proyectil. Entre líneas, el autor de Poesía de paso remarca cierto anacronismo y excesos de confesión, censurables en términos generales y en abstracto. Faltaba más. ¿Hablará de la obra intimista de Juana de Ibarbourou o de la lírica desbocada de Delmira Agustini? Parece que el adverbio “todavía”, utilizado en la cita, no se remonta a las heroínas del modernismo hispanoamericano sino, stricto sensu, refiere y problematiza a ciertas autoras uruguayas de la llamada Generación del 45.

Hasta donde sé, no hay texto crítico escrito por Lihn que alumbre la broma antipoética, exponiendo con obras y nombres concretos el juicio sumario. Por otra parte, los primeros libros de Amanda Berenguer, Circe Maia, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio y, desde luego, los de Ida Vitale (1923), publicados a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, remaban a contracorriente de las poéticas aceptadas por el canon de la época. El surrealismo tardío, la escritura de contingencia social y política, el telurismo con visos regionales o la poesía conversacional marcaban las zonas de prestigio y reconocimiento. La gran paradoja del momento, por supuesto, era la obra de Gabriela Mistral —reconocida con el Premio Nobel de Literatura de 1945.

Tuvo que correr mucha agua bajo el puente para que los discursos de las cinco escritoras del Uruguay tuvieran, de manera gradual, una acogida más allá de los círculos del Río de la Plata. Por otra parte, rompiendo el cerco de las coordenadas generacionales, el aludido quinteto de poetas orientales apuntaban y ocultaban voces de particulares temas, paisajes, tonos, armonías y tradiciones que en la década de los ochenta borraría todo tipo de clasificación, incluso el tópico de género, para su valoración más plena. En otras latitudes, parecidas batallas libraban poetas como Rosario Castellanos, Blanca Varela, Fina García Marruz, Olga Orozco, Ida Gramcko y otras más escritoras insumisas que aspiraban —con legitimidad de invención y aventura verbal— a sumar su acento y visión a la poesía escrita en castellano en la segunda mitad del siglo XX.

Nacida en Montevideo de familia siciliana, Ida Vitale se da a conocer con el libro de poemas La luz de esta memoria (1949). En ese comienzo por oscuridades y transparencias discursivas, los modelos de Juan Ramón Jiménez y de Enrique Casaravilla Lemos trazan —en un cristal mojado con vapor de agua— una serie de recorridos momentáneos que la joven poeta atiende con una sola certeza: la vocación de extravío de un lenguaje que se difumina apenas nombra las realidades y las irrealidades del mundo. Pronto reconoce, en la dimensión concentrada del poema breve, la ecuación espacial suficiente para ejercitar su escepticismo y contrariedad, pero también, su epicureísmo y complicidad en torno de la vida y de la naturaleza de la creación. En esos poemas de 12 o 15 versos, Vitale sondea y confronta hábitos y hábitats de los seres y de las cosas con una mirada no exenta de curiosidad científica. Desde tal objetividad interior, no juzga nunca, no establece categorías ni monta cátedra a partir de sus siempre transitorias conclusiones. Especula en todo caso, como cierto Paul Valéry y el más minucioso Francis Ponge, sobre la materia y sus metamorfosis, tratando de descifrar una escritura sin traducción a las lenguas de los vivos.

Ya sea a propósito de dos temas abordados en su escritura —una estrella o la luz montevideana, ejemplos de lo remoto y de lo íntimo—, “el bosque de palabras” de su “léxico de afinidades” trae desde lo invisible o lo ignoto una presencia que resulta, a ojos de los mortales, verosímiles y queribles fragmentos de eternidad: “Si ese pasado / volando desde distintos puntos de partida / llegase a serenísimo vals / si pudiera / acordarse la fascinación del fragmento, el golpe de la montaña mágica.” En el prólogo a la Antología de la poesía uruguaya 1900-1985 (1990), Roberto Apprato dilucida sobre el sutil mecanismo de acercamiento y aprehensión de los temas abordados por la poeta:

En la poesía de Ida Vitale, el procedimiento reflexivo se presenta como una identificación entre el yo y el texto (fusión entre el sujeto de la enunciación y el enunciado) a partir de la cual se ejerce sobre el mundo. Adopta una estructura de discurso lógico enrarecida a nivel de enunciado mediante una sintaxis que fragmenta o conecta unidades de sentido siempre a destiempo respecto de la expectativa de lectura.

Ese apunte de Apprato lo ahonda y despliega Eduardo Milán en un comentario a propósito de Sueño de la constancia (1988), importante reunión de la obra de Vitale; Milán enfatiza en dicha reseña —recogida en Una cierta mirada (1989)— el sentido singular del tiempo no sólo a partir de su condición destructora sino como sucesión intramuros en el devenir del poema:

En ese sentido, más que maldición sobre la fugacidad del tiempo, se trata de su asimilación. El tiempo que mata fuera del poema es el que le da vida adentro. Esta paradoja que siempre está presente en la raíz de toda verdadera poesía, en la voz de Vitale adquiere una deslumbrante nitidez. Vitale ocupa entonces, frente al tiempo, el lugar de testigo interno, de alguien que está internalizado e interiorizado de lo que está ocurriendo no sólo alrededor sino en el movimiento mismo.

Autora todo terreno, la recién reconocida con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y el Premio Cervantes 2018 se mueve en otros géneros literarios con la misma maestría, sagacidad y aventura de su escritura lírica. En el ensayo se encuentran, en su siempre selecta bibliografía, dos piezas excepcionales, Léxico de afinidades (1994) y De plantas y animales (2003). En el primer título, se combinan registros que van del poema-homenaje o de recreación al apunte autobiográfico, para luego saltar al relato breve, al artículo de aire enciclopédico o al ensayo de varia invención. En ninguno de los textos fatiga la vasta biblioteca con la que dialoga la escritura ensayística de Ida Vitale. Posee un espíritu de coleccionismo —en la tradición de Lucrecio y Humboldt, de Aby Warburg y Joseph Cornell— donde la información se convierte en una práctica de vuelo sobre ínsulas extrañas. En buena medida, el eje del segundo libro citado entraña una taxonomía de flora y fauna que religa el dato objetivo con la experiencia lectora y emotiva en un prodigioso equilibrio; ejemplos estelares de tal proeza son las entradas dedicadas a los gatos y a los perros, a los crisantemos y a las cebollas. Traductora de varias lenguas, sus versiones de la poesía de Jules Supervielle son transcreaciones de altísima factura; en ese mismo apartado, resalta su trasvase al castellano de El pacto de la serpiente de Mario Praz (1988), trabajo de mucho mérito para comprender el siglo XIX de la literatura inglesa victoriana y una parcela importante del arte y la literatura del mismo periodo en Francia y en Italia.

La cercanía con México, donde tuvo casa y tantos amigos, hizo de Ida Vitale una figura próxima para compartir su sensibilidad de infatigable y muy ramificada curiosidad. Un beneficio impagable. Tal vez su “Homenaje a Magritte” resulta un autorretrato —más propiciatorio que fiel, más imaginario que histórico— de la poeta de Procura de lo imposible (1988). Un dibujo y unos colores a la espera de una voluntad serena y sutil que otorgue ánima al tiempo: “una amazona / cruza florestas / que la cruzan. / La llave de los sueños / es la llave del campo es / el recuerdo de todo viaje es / los territorios metafísicos.”


Ernesto Lumbreras / Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966. Poeta, ensayista, crítico y editor. Ha obtenido, entre otros premios, el Nacional de Poesía Aguascalientes, el Internacional de Ensayo Siglo XXI y el Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada. Santo remedio (poesía para niños) y Tablas de restar (varia invención), publicados ambos en 2017, son sus más recientes publicaciones.