19 noviembre, 2018

La primera persona del singular es una pista

de Cristián Gómez Olivares | Inéditos

Altura

Vivo en mil novecientos setenta y tres.
Aviones pasan por el aire

para acariciarlo como mi madre
cuando me peina. Sueño

con desiertos pero tengo cinco años.
El pasaje donde vivimos

tiene sólo una salida. Al fondo
hay un portón donde sigue

ladrando un perro. No vayas
hasta el fondo. Busca la pelota

que se te perdió jugando con tu hermano.
Vivo en mil novecientos setenta y tres

me escondo debajo de la cama.
Una vez me oriné en la casa

de una vecina. Mis amigos del pasaje
me golpeaban. La casa tenía cemento

de barro. El suelo no era todo de cemento.
Vivo en mil novecientos setenta y tres

pero nunca tendremos una mascota.
Afuera está la calle y mi hermano

es muy grande (tiene siete años).
Mi mamá también es muy grande,

le llega al hombro a mi papá.
El chancho de plástico maneja

un auto que era de mi hermano.
Todos dormimos en la misma pieza.

Mi madre lava la ropa en la batea.
Cepilla con fuerza las camisas.

Los cuellos y los puños son los más
difíciles, me dice arrodillada al frente

de una tabla de madera donde apoya
los pantalones y los calzoncillos.

Le prometo que cuando grande voy
a comprarle una lavadora. Se hacen

globos de aire en el agua. Carlos duerme
en el camarote, yo en la de abajo.

Discuto con mi amigo y mi madre le da
la razón a mi amigo. Pero si yo soy

tu hijo. Pero él tenía la razón.
Mi mamá es muy alta (le llega

hasta el hombro a mi papá).
Mi hermano siempre se saca

buenas notas. Yo tengo que ser
como mi hermano, cuando sea

grande voy a ir al mismo colegio:
voy a ir con su uniforme. Dicen

que me escondía debajo de la cama
cuando los aviones pasaban acariciando

el cielo como mi madre cuando me peina.
Pero mil novecientos setenta y tres.

No es un año ni una fecha. El piso
era de madera hasta donde alcanzara

el presupuesto. Es un poste de electricidad.
El muro de una casa. Una dirección

que podría ir a visitar. Todavía sigue allí.
Siempre será ese mismo día.

Cada vez que abro la puerta
se escucha a los perros ladrar.

Cada vez que tomo la mano de mi hija.
Cada vez que hablo con mi mujer.

Veo los autos pasar por la calle.
Sé que vienen por nosotros.

Mirar a los dos lados antes de cruzar.
Pero mejor que no. Pasa gente caminando.

Antes no había portón. Ahora pusieron un portón.
De madera barnizada. Cada vecino tiene una llave.

Yo voy a pararme afuera esperando que me abran.
Santa Elena con General Gana. No vayas para el fondo.

Mi papá se llama Iván. Mi padre se llama padre.
Sé que vienen por nosotros. ¿Soy yo no más

el que escucha clarito ladrando a los perros?
Pásenme una cama porque tengo que empezar a hablar.

Ojalá me abrieran la puerta. Todas las casas
estaban pareadas. La de nosotros era la blanca.

Cada vez que la cierran es mil novecientos setenta y tres.
Cada vez que pasan por el aire, acariciándolo

como mi madre cuando me peina. Sé que tenía
abuelos. Sé que tenía primos. Con casas

que tenían suelo en vez de cemento, el barro
sólo se usaba en el campo. El piso estaba

en el comedor donde teníamos que sentarnos
a la mesa. Mi madre siempre estaba en la cocina.

Era muy alta y me hacía dormir. ¿Pueden escuchar esos ladridos?
¿podrían abrirme por favor?, ¿podrían decirle a mi hermano

que estamos en mil novecientos setenta y tres,
que todavía no se ha muerto, que no quiero

que se muera? Díganle que mi madre
es muy alta y se puso a gritar. Díganle

que mi padre se llama Iván después de todo.
Sé que vienen por nosotros. Acariciándolo.

Tal y como se los dije.



Una sensibilidad masculina

El río está allí para que alguien eche su manto encima
y el obispo de Tarazona pueda cruzarlo
sin ser devorado por los peces

que lo único que saben hacer
es mantenerse a la espera de una presa, el tiempo,
de ser posible, que suele pasar por la orilla

a la sombra de los sauces que crecen como juncos
bebiendo de lo único que permanece.
Los remeros se preparan

para obtener alguna presea en otro país que los premie
por haberse dirigido contra el viento. Los homosexuales
y los padres de familia que quieren escapar de su familia

pasean las mascotas amarrados a una correa: la pista de baile
la acaparan los acorralados danzantes que no han salido
del sur por su propia voluntad y un imitador de Pablo

Neruda remece las paredes con ese tono nasal
parecido a una molotov arrojada por alguno
de esos encapuchados pertenecientes

a las filas de carabineros. El río está allí
para que no podamos hablar de él.
Para tenerlo como una excusa.

Permanente.



Lost in translation

La máquina de pedir perdón
ha comenzado a ejercer su poder.
Los mineros ingresan a las galerías
precedidos de un canario que aún

no ha muerto. Los injertos han reemplazado
a la piel y la veta madre todavía produce
esas palabras que dejan perplejo

a medio mundo. Los partidos de fútbol americano
son la única forma de predecir
el destino que le espera a las multitudes
que hacen su ingreso a la historia

como quien busca su lugar entre el palco
y la galería: desde allí los ventiladores
mantienen una conversación
parecida a la que nosotros sostuvimos

con quienes estuvieran dispuestos a escucharnos
cuando todavía disfrutábamos de las prebendas
obtenidas en el campo de batalla: las heridas

confirmarían a la larga el curso de la historia
vaticinado en secreto por aquellos guardianes
del mito que se niegan a salir del anonimato.

Y no me digas que no te lo advertí.
La primera persona del singular es una pista.
Para descifrar las canciones que suenan en la radio.

Tararearlas es nuestro destino aunque ese tipo de palabras
pertenezca a la época en que acampábamos en la arena
y los frutos del trabajo eran un volcán en erupción

del que brotaba una mezcla de barro y poesía:
todo lo que venga después es bienvenido
con tal de que acepte el triunfo de la materia

como uno más de los titulares que hoy encabezan

las noticias. El resto son los dolores de parto
que acompañan el nacimiento de una herencia.
Primero hay que decidir los antepasados.

A posteriori el monto de la fortuna.


Cristián Gómez Olivares / Santiago de Chile, 1971. Es poeta, traductor y profesor de literatura hispanoamericana en la Case Western Reserve University en Cleveland, Ohio (Estados Unidos). Ha publicado, entre otros libros de poemas, Pie quebrado (2004), Como un ciego en una habitación a oscuras (2005), Alfabeto para nadie (2007) y Renga (2015). Ediciones Liliputienses publicó su traducción de Cosmopolita (2014), de la poeta estadounidense Donna Stonecipher.