26 noviembre, 2018

Hacia un perfil de Alfonsa de la Torre

de Alfonsa de la Torre | Rescates



“Alfonsa de la Torre (1915-1993) es más conocida por su vida (envuelta en leyenda y misterio) que por su original poesía.

“En el año 1950, cansada de los medios literarios madrileños: ‘Qué cansado está todo de ser nada’, [de la Torre] parte hacia Cuéllar […] Su llegada en compañía de la joven poetisa Juana García Noroña […], con la que convivirá hasta su muerte, desata especulaciones y críticas. Los comentarios se repiten cada vez que las dos mujeres aparecen solas en un Citroen grande y con su particular vestimenta —¡en pantalones!— por el pueblo.

“Alfonsa, maestra en ciencias ocultas, leía el pasado, vaticinaba el futuro, echaba las cartas, poseía poderes psicofónicos y atesoraba secretos saberes aprendidos en la antigua Biblioteca de Alejandría. Según decía, había hecho una reconstrucción minuciosa de sus antecedentes familiares, que la habían llevado hasta el antiguo Egipto. (Su perfil, su mirada de siglos y algunos hechos biográficos parecían confirmarlo).

“Alfonsa muere el 19 de abril de 1993 en su ciudad natal. Meses antes anunció que ese día caería nieve sobre Cuéllar.”

—Jesús González de la Torre

*

Plazuela de las obediencias [publicado en 1969, del que se desprende el poema “Cinemática evolucionista”] es el libro más revelador [de Alfonsa de la Torre. En él figura] un listado manuscrito de obras ensayísticas o de ficción que abordan, entre otras cosas, hechos sobrenaturales, paranormales o científicamente inexplicables. La curiosidad de Alfonsa abarca una gran cantidad de estas materias: la levitación, la vida extraterrestre, los viajes en el tiempo, la metafísica, la simbología, etc. Se intuye asimismo que, detrás de su interés, está el deseo de conciliar la razón científica con toda clase de fenómenos extraordinarios.

“‘Cinemática evolucionista’ [es un] poema que traza, humorísticamente, una especie de evolución histórica de la humanidad —reducida al género femenino—, hasta llegar al rechazo del rol que la sociedad le ha atribuido tradicionalmente y a la construcción de una feminidad alternativa.”

—María Payeras Grau

 

Cinemática evolucionista

Apresada
en el bálago bullente,
viscoso, cambiante,
movible, caliente,
brillante,
del extendido magma,
la ameba incipiente
con forma
todavía de hoja,
se alarga,
se inquieta,
se estira,
engulle,
digiere,
defeca,
asimila,
se transforma,
se engrandece,
ensaya con orgullo
sus múltiples colas,
se enamora,
acaricia con avaricia,
se agita,
dormita,
ajena a la Historia,
ajena a que es ella,
ella misma
previda,
ella sola,
ella única
levadura de vidas,
fermento inaudito
de alondras,
proyecto soñado
de corzas,
premonición divina
de gacelas,
de doncellas,
de almas.

En los mares
celestes,
verdialegres,
aurorales,
rojizos,
plomizos,
grisáceos, esfumantes,
perlados, boreales,
impregnados todavía
de leche de galaxias
luchan y se aman,
nadan y atrapan
agarrándose a rocas,
sosteniéndose en algas
cada vez más endurecidas
las blandas medusas pleistocenas,
cámbricas y jurásicas,
las ávidas acalefas
que anhelaban ser artrópodas,
de la inmensa paleontología de Malasia.
Nadan y trepan
las parejas más fuertes
esforzándose por emerger del agua,
por anidar en el dulce aroma
de las blancas nympheas
recién estrenadas.

Resbalándose
sobre la creta roja y ardiente
volcánica,
metálica,
antediluviana,
reptan y ascienden
titubean,
se deslizan, retroceden,
a duras penas se elevan
con la fuerza en el pecho,
confundidas
con las hojas dentadas
de los helechos
las onicejádicas saurias:
las inquietantes y misteriosas
iguanas.

Por los árboles prefósiles
henchidos de jugo
de la alucinante
flora triásica
trepan y trepan
rumian en tropa y atrapan
nerviosas,
golosas,
curiosas,
los minúsculos kas de las ardillas
las musarañas de Malasia.

En las junglas ecuatoriales
aspirando todavía el sofocante vaho
de las lavas volcánicas
las australopitecas
corren y trepan por la corteza miocena
persiguiéndose entre feldespatos humeantes,
entre orquídeas lujuriantes,
entre ventalles
de gigantescas calas.

Saltan y trepan
las australopitecas
luchan y reptan y atrapan
delfines azules, palomas doradas
y garzas serpenteadas.
Coronando cúspides,
remontando roquedales,
refrescando constantemente su piel
en las prístinas cascadas
corren y trepan las australopitecas
como rápidos marsupiales
con sus hijos en las ancas.

Al oeste de Europa,
tras los renos,
por sus astas,
en las vastas
explanadas,
las descendientes
de las últimas neanderthalenses
las reflexivas, constantes y hacendosas
cromañonas,
se encaraman en los cerros,
se acurrucan junto al fuego
a las espaldas del hielo,
al agrego del aguacero
en monolíticas moradas
ya con sagradas pinturas
de animales
decoradas.
Se detienen,
se entretienen
en bosquecillos de laureles;
se mantienen
de moras,
de zarzamoras,
de zarzarrosas,
de panales azucarados,
de mirtilos cristalizados,
de alboradas aromadas
de manzanas sonrosadas;
y con caracolas,
y con corolas,
y con minerales,
y con corales,
y con cristales,
y con conchas,
y con rojas
cerezas
engarzan los primeros collares,
las primeras ajorcas
para sus danzas
y sus fiestas.
Y con pieles
y con lianas
y con cortezas
de abedules
instauran
para remotas modas futuras
los complicados cánones de las faldas,
los primores de los colores,
las telas sofisticadas,
el reverbero cabrilleante de las sedas,
la espuma florescente de los encajes,
la incandescencia constelada de los brocados,
la lluvia impalpable
e invisible
de las organzas y los tules.

En las playas de Miami,
de Acapulco,
de Capri,
de Río,
de Hawai,
de Australia,
las minibikini de piernas elásticas,
de pómulos salientes,
de narices achatadas,
suficientemente:
saunadas,
bronceadas,
maquilladas,
despeinadas,
perfumadas,
desde elegantes clubs náuticos,
sobre vertiginosos esquíes acuáticos
saltan,
salpican,
se enervan,
se curvan,
se adelantan,
se empujan,
caen, bracean,
se levantan,
ríen y gritan
sorteando
el mojado zarpazo
de las olas encrespadas.
O tendidas muellemente
en columpios y cinemascópicas hamacas
esperan ociosamente
con la mirada perdida bajo gafas
en el misterioso poniente,
la llegada de las noches melancólicas
para desconyuntarse
a los ritmos escalofriantes
de las músicas dodecafónicas.

Ya en las cápsulas espaciales
tras las vitrinas
de irrompibles cristales,
las valientes Valentinas
semejantes
a iconos de santinas
obrando milagros
bajo cúpulas de fanales,
iluminadas en atmósferas interlunares,
entrenadas,
ayunadas,
dictadas,
controladas,
atentas hasta el paroxismo
a las mortales señales
de escondidos micrófonos,
de advertidores magnetófonos
de asustantes megáfonos,
de temibles semáforos,
respiran amarradas
en incómodas escafandras,
jugando a la comba
de la muerte y la vida,
saltando a los records
de las órbitas planetarias.
Todo ello con la esperanza
de soltar algún día
definitivamente y para siempre
ancestrales amarras.
Se adiestran,
se entrenan,
se inquietan,
se angustian,
unas a otras se retan
se esfuerzan
ascienden,
trepan y trepan
como sus perdidas y remotas
tatara tatarabuelas
aquellas insignificantes amebas,
como sus casi vegetales bisabuelas
aquellas medusas-algas,
como sus primigenias madres
las pequeñas tupaias de Malasia,
como sus primogénitas hermanas
las australopitecas
que correteaban gozosas
entre las calas,
sin apenas percibirse de nada,
sin como éstas, darse cuenta,
que poco a poco
y para siempre
van dejando de ser grávidas,
que poco a poco y para siempre
van dejando de ser eso
que hasta ahora se ha llamado mujeres
para empezar a ser otra cosa,
para pertenecer a otra
muy distinta fauna.


Alfonsa de la Torre / Cuéllar, España, 1915-1993. Autora de los libros de poemas Égloga (1943), Oda a la reina del Irán (1948), Oratorio de San Bernardino (1950), Epitalamio a Fabiola (1960) y Plazuela de las obediencias (1969). En 2011 el Ayuntamiento de Cuéllar y Eila Editores publicaron su Obra poética. Ediciones Torremozas reeditó Oratorio de San Bernardino (2016), en cuya introducción la poeta Elena Medel define este volumen como “uno de los libros más singulares y enigmáticos de la poesía española del siglo XX”.