5 noviembre, 2018

No digas que ese árbol se parece a la muerte

de María Auxiliadora Álvarez | Inéditos

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llevo conmigo
            la sangre del ojo herido

llevo su sangre
            en la mano
seca y viva

soy el lazarillo
            de una pupila
            incompetente:

ora subyugada (seca)
ora subyugante (viva)


14

y otra vez el mismo enfermo
                        a la intemperie
Esperando que la noche termine

yo le di de beber
            el agua equivocada
porque la única luz
            era muy débil

tanteando en la penumbra
                    alcancé a colocarle
                    los alimentos en los ojos

y aunque (para ese momento)
                    ya no vivía
los recibió bien:

cobró fuerzas (sorpresivas)
midiéndolo todo
                    con la nueva mirada

y de un salto
            invirtió su vieja montaña
azuzándola
            en tiempo y velocidad

Ya desde lejos
se ladeó levemente
                como dando las gracias
porque yo
         con la última mano
         se las pedí


(los muertos son muy egoístas:
sus estertores
inutilizan los refugios)


26

hablabas “por compasión”
                        desde tu propia agonía

hasta que el ronquido de otro estertor
                              tomó posesión
                              de tu voz


45

y ese árbol
          que parecía un hermano
          que proyectaba su sombra
                                  sobre ti
ya no te cubre

          su imagen se aleja

el sol está solo ahora
mandando

La sombra inicia el bosquejo
                              del fraccionamiento
y sobreviene el vaivén
                           de la desaparición

aunque no estés: te veo
aunque estés: no te veo


23

    que no digas que ese árbol                extendiéndose

sobre la puerta de mi casa
se parece a la muerte

    que no lo digas

                                                            

que no digas que ves mi silueta
debajo o detrás
tapiada por él

    que no lo digas

(porque los días del verano fueron felices y a la memoria le gusta respirar)

que no digas que no recuerdas la imagen
de la piedra de pie
brillando bajo el sol
cuando la esplendidez todavía
no intentaba vaciar su espesura

Que no digas que ves el tronco del árbol
en la puerta de mi casa
tratando de entrar

forzando una horizontalidad
que incorpore mi silueta

    como si yo no tuviera lecho
    como si nunca lo hubiera tenido



*Estos poemas pertenecen al libro inédito El silencio El lugar.


María Auxiliadora Álvarez / Caracas, Venezuela, 1956. Es poeta, ensayista y profesora de literatura. Su primer libro de poemas, Cuerpo (1985), la consagró de inmediato como una de las voces más originales y necesarias del panorama poético latinoamericano. Es autora, además, de Ca(z)a (1990), Inmóvil (1996), Pompeya (2003) y El eterno aprendiz y resplandor (2006), entre otros. Bajo el sello editorial del Periódico de Poesía publicó una reunión de ensayos, columnas, artículos y reseñas con el título Fino animal de sombra. De la antigua mística a la escritura urbana (Dirección de Literatura, UNAM / DGP, Secretaría de Cultura, 2017). Reside en Estados Unidos desde 1996.