19 noviembre, 2018

Ida Vitale, una conversación que no termina

de Yaiza Santos | Dossier

–Ida, quisiera entrevistarte para el diario en el que colaboro.

–¿Y yo qué tengo que contar?

Así comenzó esta plática un día de enero de 2015, durante una comida en la Ciudad de México. Entre ese momento y la entrevista formal pasaron varios meses, intentos frustrados y algunos correos electrónicos:

Estoy a toda máquina, terminando el Shakespeare Palace para el ángel de Cristóbal [Pera], al que le he demorado lo indebido por cosas que se me cruzaron. Y hoy me cayeron, aceleradas, las pruebas de la antología de Visor. Y Ditoria está imprimiendo algo, pero con su sistema no me tocan pruebas. Por suerte. Con tiempo, confío más en la escritura, pero podemos empezar hablando, si quieres. Llama cuando quieras, y vemos.

Finalmente, en mayo, encontró tiempo. La conversación transcurrió a lo largo de cuatro sesiones vía cámara digital. El resultado de la edición —cinco horas de grabación embutidas en novecientas palabras— fue publicado en el diario ABC justo cuando ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2015. Modificado sin permiso, brasas de la prisa, el texto decepcionaba. Tan sólo lejanamente era un reflejo de la poeta que me explicó los entresijos de su vocación y su quehacer cotidiano, de la traductora, crítica literaria y profesora que ejerció en el México de Octavio Paz, de la muchacha mordaz, veloz y divertida que, no importa la edad que tenga —noventa y cinco cumplió este 2 de noviembre—, vive dentro de sus huesos.

Han pasado más de tres años. El poeta Enrique Fierro, su compañero de vida, murió hace dos. Cristóbal Pera ya no es director literario de Penguin Random House, pero la misma editorial está por publicar Shakespeare Palace, las memorias de sus años en México. Ida ya no vive en Austin, Texas, donde compartió casa y pan durante casi tres decenios con Enrique, sino en Montevideo. Pero a pesar del tiempo y de todos los cambios, es la misma de siempre. Sigue “a toda máquina”, escribiendo, corrigiendo —una y otra vez—, paseando a diario por su ciudad natal, enfrascada estas semanas en miríadas de entrevistas por el Premio FIL, que recibirá el próximo 24 de noviembre en Guadalajara, y por el Premio Cervantes 2018. La presente pieza es un intento de hacer justicia a aquella conversación, que aún no termina.

*

¿Por qué ese título, Shakespeare Palace?

Cuando llegamos a México, de cada casa que yo encontraba, Ulalume [González de León] me decía [con voz teatral, imitándola]: “Pero ahí no te vamos a ir a visitar”. Y yo decía: ¿quién me va a venir a visitar, si no conozco a nadie? A todos los barrios que veíamos, ella me decía que no. Hasta que al fin… ¿Tú no conociste a Elena Jordana? No, tú eres muy joven. Elena Jordana fue un personaje increíble, una argentina que se había venido a Estados Unidos y que después se fue a México, y que se le ocurrió aprovechar papeles y cartones viejos para hacer libros. Empezó con un poema de [Nicanor] Parra, con el que tenía clase. Le pidió un poema y Parra se lo dio. Con él, ella hizo un cuadernillo a mano aprovechando los cartones que encontraba. Era muy ingeniosa. Octavio [Paz] le dio uno también. Tenía una editorial —vamos a ponerle editorial— que se llamaba El Mendrugo. Y consistía en un viejo mimeógrafo que alguien de alguna empresa le había prestado, y una máquina de escribir más vieja todavía que el mimeógrafo. Los tipos estaban gastados, disparejos, la línea no era absolutamente recta, sino ondulada, bastante fallida. Después fue creciendo y cuando nosotros llegamos, ella vivía en la calle de Shakespeare, en esa casa ruinosa de cuatro pisos sin ascensor, adonde llegamos nosotros. Por recomendación de ella: ella nos avisó que había un apartamento libre ahí. Era toda una historia. Aquella casa era divertida.

Y esas memorias estás a punto de entregarlas.

Bueno, tan a punto, no. Cada cinco días llega una carta del pobre Cristóbal [Pera]. Es un ángel. Lo que pasa es que a mí me cuesta tanto entregar un libro cuando ya está pronto…

Porque lo editas y lo editas y lo editas…

Bueno, no sé a qué le llamas tú editar; lo corrijo, vamos a usar la palabra normal. Y esos libros que te dan mucha libertad también exigen más. Porque no es una novela, que se supone de una estructura y un argumento, que parece más sencillo… Hay otras reglas que cumplir… ¡Imagino yo que hay otras reglas! Me gustaría saber exactamente cuáles.

Las reglas de la realidad.

Me gustaría saber exactamente cuáles son las reglas a las que tengo que atenerme. Sería seguramente más tranquilizante para los editores.

¿Cómo fue que llegaron a México? ¿Fue la primera decisión cuando salieron de Uruguay?

Nos trajo el embajador mexicano [Julio Zamora Bátiz]; mejor dicho, se lo trajo a Enrique. Estábamos, sí, pensando que había que hacer algo. Ya estábamos los dos dando clase y eso era territorio minado, porque los militares atendían mucho a eso: a las huelgas, cuál era tu actitud cuando había una huelga, y eso era un drama. Yo no siempre estaba de acuerdo con las huelgas. Una huelga es un instrumento muy delicado; no puedes hacer huelga por cualquier cosa, como se hace ahora. Es un mecanismo que se desgasta muy fácilmente, y la primera víctima son los estudiantes. No sólo pierden clase, sino que después salen a la calle y siempre los mejores alumnos eran los que estaban delante, en una edad en que todo es muy romántico y parece estar todo muy claro. Entonces, sí, a mí eso me tenía muy inquieta. Además, cada vez que había una huelga te ponían una crucecita como de la hepatitis, y cuando tenías tres crucecitas, te echaban. En esas estábamos cuando, en un acto sobre México en una librería, a Enrique le tocó hablar de Nezahualcóyotl, y entre el público estaba el embajador mexicano. No dijo nada, se despidió muy correctamente, y al día siguiente, Carlos Martínez Moreno, que era amigo nuestro, llamó: “Así que se van para México”. Yo: “Bueno, acá ya inventan cualquier cosa, ¿de dónde sacaste que nos vamos para México?”. “Bueno”, me dijo el embajador. Yo quedé como de una pieza. Y sí, el embajador llamó, habló con Enrique y le dijo que todo pintaba muy mal en el Uruguay y que la única manera que tenía de sacarlo era dándole una beca. Y le dijo: “Pero usted dentro de seis meses va a estar dando clase”. Y así fue.

¿Dejaste a tus hijos, Claudio y Amparo, en Uruguay?

No. Los había mandado a Venezuela antes.

Con Ángel Rama.

Con el padre, sí. Eran adolescentes los dos. No, no, no, no. No los habría dejado nunca.

¿Conocían a gente en México?

Mira, no mucha. Quince días antes de salir para México —porque no todo fue inmediato: demoramos como seis meses— estaba en la casa de una amiga. Y ella, a cierta hora de la tarde, a las cinco, oía indefectiblemente los informativos, que es una costumbre muy uruguaya: enterarse de las menudencias que no te sirven de nada, pero bueno, te amargan un poco el resto del día… El caso es que ahí oímos la noticia de la muerte de Rosario Castellanos en Israel. A Rosario yo la conocía porque había leído Balún Canán, y en ese momento yo tenía una página literaria y le había dedicado un recuadro grande. Para mí era el descubrimiento un poco de la América profunda, esa novela. Ocurrió que en ese momento, al parecer, a Rosario la habían operado, también tenía problemas su marido de ese momento y parece que le llegó mi nota en muy mal momento de ella, y la emocionó un poco. Al tiempo, pasó por el Uruguay, me llamó por teléfono y estuvimos unas horas. Ella era una de las personas que conocía en México. Conocía a José Emilio Pachecho, desde una vez en Cuba. Obviamente conocí mucho a Tomás Segovia e Inés [Arredondo], que habían sido amigos en Montevideo.

¿Cómo conociste a Octavio Paz? ¿Te acuerdas de la primera vez que lo viste?

Oh, ¡claro que me acuerdo! Estábamos en un museo, que supongo que era el Castillo de Chapultepec, porque recuerdo una escalera y un segundo piso, y estábamos los dos apoyados en el balcón. Octavio estaba ahí y yo me acerqué y lo saludé. Apenas hablé con él. Lo único que le dije es que su primer libro lo había leído porque me lo había prestado José Bergamín —sabiendo que, en ese momento, a Octavio la posición política de Bergamín no le debía hacer mucha gracia, pero sí, supongo, que en aquel momento Bergamín tuviera Libertad bajo palabra y me lo hubiera prestado—. En realidad, quien sí tenía mucha relación con Octavio en ese momento era Danubio Torres [Fierro], que ya era secretario de la redacción [de Plural].

Y a través de él hicieron la relación de amistad…

Ahí no. Danubio me encargó una nota, y esa nota… tenía muchos bemoles, porque era sobre una revista muy importante, Change, que dirigía Jean-Pierre Faye, y que obviamente era un amigo de Octavio. La reseña era sobre un número latinoamericano. Lo primero que me sorprendió fue un poema de Lezama Lima, que estaba traducido por el director, y tuve la mala idea de observar que cada vez que en el poema de Lezama se hablaba de la espalda, cosa que en Lezama era bastante obvio y frecuente —la espalda del otro—, estaba traducido como “espada”; tres traducciones equivocadas al hilo te transformaban un poema erótico en un poema bélico, y ahí empecé a parar la oreja sobre la fidelidad de la revista. El resultado fue una nota espeluznante. Yo me dije: ¿y con esto, qué hago, se lo doy? Se lo di a Danubio. ¿Qué esperaba Octavio? Una nota elogiosa, para una revista amiga, y yo lo que mandé fue eso. Pero tampoco me podía hacer la tonta; no podía no darme cuenta de todo el disparate… En fin, Octavio resolvió que la nota se me pagaba pero no se publicaba. A la semana, me pidieron otra. Y lo cierto es que esto ¡jamás! lo comentamos con Octavio. Luego, la revista se interrumpió y vino todo el desastre [el golpe al Excélsior de Julio Scherer por parte de Echeverría, con el que se solidarizó Octavio Paz abandonando Plural]. La revista siguió saliendo pero ya era un mamarracho. Al día siguiente del golpe fui a las oficinas a recuperar la última nota que había entregado. Me recibieron gentilísimamente, me hicieron pasar, sentarme y me dieron un café, pero cuando les dije a lo que iba, me miraron como a un peligroso cocodrilo. Y me dijeron: “Acá no quedó nada, todo se lo han llevado”. Pues muy bien, ya me quedé tranquila. A la salida me encontré con unos uruguayos que estaban haciendo cola para ingresar, y ahí empezó mi desequilibrio con los compatriotas. Les dije: “Bueno, es que ustedes no saben, de pronto acaban de llegar… Ustedes van a hacer eso que en el Uruguay se llamaba amarillismo. Aquí también es muy mal visto”. Entonces uno de ellos me dijo: “Yo necesito trabajar”. Pues obviamente yo también, pero hay otras cosas que están por encima. Ellos entraron y yo me fui. Eso marcó un poco nuestra relación con el Uruguay en México.

Cuéntame el momento en que deciden irse de México.

Lo de irnos de México fue absolutamente absurdo, un error garrafal. En ese momento se iban los militares del Uruguay, y uno tenía idea de que volvía al país que había dejado. Y eso es una cosa que no falla: nunca un país vuelve a ser el mismo después que pasan los militares. Cuando se te cae la botella de cloro en algo, por lo menos se mancha.

¿Por qué regresaron a Uruguay?

Parecía que era la obligación moral volver a reconstruir. El primero que creyó que se podía hacer y que era su deber hacerlo fue [Julio María] Sanguinetti. A Enrique lo nombraron director de la Biblioteca Nacional. Aguantó tres años.

Y después de Uruguay, ¿ya no tenían posibilidad de volver a México? ¿Por qué Austin?

Lo de Austin surgió —tampoco lo buscó Enrique— porque ya había estado dando clases un semestre cuando vivíamos en México. Quería liberarse de Biblioteca. Después que se fueron los militares, todo el mundo pidió la luna. A ellos les parecía que con irse los militares, ya estaba todo arreglado. Y había complicaciones.

Volviendo a los años del Uruguay de tu juventud… ¿En qué momento conociste a Bergamín?

Él llegó como profesor, cuando se fundó la Facultad de Humanidades. Tenía una hernia, así que andaba siempre con la mano en el bolsillo —hasta que un médico lo operó y fue como si le hubieran soltado un resorte—; cuando lo conocí parecía muy viejito, pero tendría cuarenta y cinco años. Lo fuimos a ver un grupo de estudiantes. Teníamos una revista y ya sabíamos que era importante. Bergamín era encantador, sobre todo como maestro.

En la biografía de Juan Ramón Jiménez, de Enrique González Duro (Ediciones Libertarias), se recoge la polémica con Bergamín. Cómo empieza una mutua admiración y, en 1927, rompen porque Juan Ramón empieza a decir por ahí que Lorca y los demás eran todos unos “mariconcillos de playa”. Y luego recoge una carta de Rafael Alberti que explica cómo, cuando Juan Ramón va a Montevideo, lo intenta buscar porque se entera de que Bergamín está allí…

No, nada, cualquier cosa menos buscarlo. Lo primero que hizo Juan Ramón al llegar a Montevideo fue hablar mal de Bergamín. Recuerdo una reunión en el hotel donde estaba Juan Ramón. Éramos un grupo de alumnos de Bergamín, que estábamos por sacar una revista, pero entre nosotros había algunas diferencias: estaba el grupo alrededor de Emir Rodríguez Monegal, que era, sí, muy partidario de Juan Ramón y nada partidario de Bergamín. Bergamín no podía estar sin dividir las aguas. En el fondo los dos tenían una actitud bastante parecida. Juan Ramón era mi ídolo como escritor, sobre todo con ese libro que es Espacio, que es la poesía convertida en prosa y que es una maravilla. Pero no bien llegó Juan Ramón, después de decir buenas tardes, preguntó si conocíamos a Bergamín, o si teníamos relación con él. Todos los demás, estos que no le tenían simpatía a Bergamín, se largaron en contra y empezaron a hablar pestes de Bergamín. Y yo, cuando terminaron, hablé. Por más que fuera Juan Ramón, yo no lo podía oír y quedarme callada. Y hablé a favor de Bergamín. Cuando Juan Ramón llegó a Buenos Aires —donde organizó una lectura para la que nos pidió poemas a Idea Vilariño y a mí— me mandó una carta [publicada en J.R. Jiménez, Cartas literarias, Bruguera, Barcelona, 1977, pp. 163-4 y 257] diciendo que le parecía muy bien que yo hubiera defendido a Bergamín. A Juan Ramón le vi algo increíble. En la casa de unos amigos había una reunión y yo le llevé un libro para que me lo firmara. Y agarró el lápiz, chu, chu, chu, y corrigió un poema. Tres veces corrigió. No es que buscara la página sesenta: abría y corregía. Era un obseso. Era una cosa como espontánea.

Bueno, Juan Ramón no se reconocía en su poesía de la primera época.

Sí, bueno, eso ya es un poco excesivo… A mí no me parece correcto cambiar el pasado a la luz de lo que estás haciendo ahora. A mí tampoco me gusta el primer libro que yo escribí, pero lo escribí, qué voy a hacerle. Y tampoco podés cambiarlo a la luz de lo que sos hoy. No es que no lo puedas cambiar moralmente, es que se produce un choque de dos aguas distintas. ¿No? Es muy difícil volver a ponerte en el lugar.

¿Se llegaron a reconciliar, Bergamín y Juan Ramón?

Siempre hubo conatos de arreglos, y al final Juan Ramón le dijo a Alberti que estaba dispuesto a reconciliarse con Bergamín, pero que tenía una única exigencia: que Bergamín sacara todos los puntos y comas que tenía de más.

¿Cómo nació tu vocación por la escritura?

Y yo qué sé. Me acuerdo que una maestra practicante, en sexto año, nos dictó un poema de Gabriela Mistral muy breve, pero que estaba lleno de indefiniciones [“Cima”]. Mira, me acuerdo: “La hora de la tarde la que pone / su sangre en las montañas. / Alguien en esta hora está sufriendo; / una pierde, angustiada / en este atardecer el solo pecho / contra el cual estrechaba”. Había una cantidad de vaguedades para mí, para un niño de esa edad, que no lo entendía. Lo cierto es que yo no me atreví o no supe cómo explicar mi no entendimiento. Entonces quedó así eso, anotado en un cuaderno y punto. Pero, justamente, creo que esa condición de cosa más o menos misteriosa, no comprensible, en el fondo fue mucho más útil, porque yo cada tanto volvía al cuaderno, a ver si lo entendía. Y creo que lo entendí cuando ya estaba en el liceo, en secundaria. Eso de ver la poesía como algo misterioso que se aclaraba cuando lo solicitabas mucho, cuando lo atendías mucho, quizá eso fue… No sé. Sé que lo primero que escribí fue un poema como imitado de Poe. Una aspiración a ser soneto —no era un soneto—, con un lenguaje que no tenía nada que ver con lo que yo conocía: nieve y trineos y carámbanos, yo qué sé. Lo pasé muchas veces en limpio y con el pasado en limpio no mejoraba, y entonces al poco tiempo se rompió. Pero yo qué sé. Cuando lees —en casa había bastantes libros y yo siempre había leído mucho—, te viene la tentación de imitar, de hacer algo por el estilo.

¿Qué estudiaste en la universidad?

Yo empecé Derecho y después me pasé a la Facultad de Humanidades, cuando se fundó. Me encantaba Derecho, sobre todo el primer curso. Además, eso ya lo señaló Flaubert, es que el estilo de un código es el mejor ejemplo que tienes de escritura. Una escritura concisa, que no dé lugar a ambigüedades, que exija concentración. No es un mal ejemplo para escribir. Luego le podrás poner todo lo demás, pero un código te enseña que cada palabra tiene que ser la correcta, porque ahí sí, una coma que falta te puede armar un lío del demonio.

¿Tu primer libro?

Mi primer libro fue La luz de esta memoria, que es un verso de Lope de Vega. Está dedicado a Bergamín. Fue un libro un poco temprano. Podría no haberlo escrito y sería lo mismo.

¿A qué edad te casaste por primera vez?

Y… no me acuerdo. Veinticinco, veintiséis.

Era una época en que se esperaba de las mujeres que fueran esposas, madres…

No en el Uruguay. En casa había varias tías y todas eran profesoras. Enrique siempre dice que había mucho machismo y que yo no lo registraba. Bueno, puede ser. En mi ambiente yo no lo notaba. Además había escritoras. Había dos, muy famosas: Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira. Y después, Juana Ibarbourou. En ese momento, como el Uruguay tenía bastante prestigio, esos “productos culturales”, como dirían hoy, salían.

¿Cuáles fueron tus referentes?

Yo en realidad empecé leyendo más poesía española que americana y muy pronto me pasé a la francesa, más que a la española, y lo que me pasó es que empecé a tener un buen lío en la cabeza, que es mejor que tener una cosa sola. Después apareció Neruda y empecé a ver que todo el mundo nerudizaba. Pero estaba Vallejo para proponer otra cosa, y además me fascinaba [Guillaume] Apollinaire, y Jules Supervielle, que es un escritor adorable.

¿Y cómo conociste a Enrique?

¿Pero eso a quién le importa, mujer?


Yaiza Santos Huelva, España, 1978. Es periodista y editora afincada en México desde 2006. Ha publicado en Letras Libres, Este País, Esquire Latinoamérica, El País Semanal, Tierra Adentro, 14ymedio.com y ABC. Da clases de redacción en la Universidad Iberoamericana y CENTRO y escribe para la revista española Jot Down Magazine.