5 noviembre, 2018

Ramón Xirau: el tiempo tiene la palabra (2)

de Josu Landa | Ensayos

(Puedes leer aquí la primera parte de este ensayo).



El Verbo: orfebre del tiempo vivido

En el caso de Ramón Xirau, el poema puede ser visto como presencia de presencias. A partir de la re-creación de las palabras-cosas, el poema mismo se transmuta en presencia, que se suma al “estar” general en el mundo.

De ese modo —y de acuerdo con el léxico de Xirau— el poema-presencia se inscribe en el ámbito de la Presencia, nombre que refiere el fundamento de toda existencia.

Esa Presencia, en su condición absoluta, habrá de situarse fuera de la jurisdicción del tiempo, del espacio y de la necesidad. De hecho, en este punto, puede hablarse de “destiempo”, como se sugiere en el poema “Las prosas. Muros, contramuros, leyes y leyendas”.  Sin embargo, acaso de una manera que, implícitamente y por muchos vericuetos especulativos, recuerda al Platón de Timeo, es posible que dicha Presencia se proyecte en el mundo de las cosas y de la vida en presencias concretas, vistas como “imágenes móviles” de ella.

El “pájaro del pensamiento” del que se da cuenta en Lugares del tiempo —otro poemario de Xirau— ha de volar en esa dirección. Cabe suponerlo, porque todo lo presente es un estar, en el que acontece, en su singularidad, el estar universal de la Presencia.

La condición de presencia también concierne a las personas y, así, al poeta mismo. Los seres humanos somos seres de presencia, tanto porque estamos presentes en un aquí y ahora como porque nos relacionamos con toda presencia en términos de estar. De ahí que, según el propio poeta-filósofo, en su discurso teórico, “estar” quiere decir, “con dignidad y modestia, con humildad y orgullo, arraigar en la tierra y vivir en relación subjetiva con los otros”.1

De acuerdo con Xirau, “el ‘estar’ nos muestra que ‘estamos’ en presencia”.2 Cabría entender este aserto en el sentido de que el estar comporta siempre un mundo, un orden dinámico y estable del acontecer, lo que equivale a decir una multiplicidad de presencias, sitas en el plano del espacio, a la par de que se sujetan a la severa justicia anaximándrica del tiempo. Esto se proyecta, en el plano de la poiesis, a la manera de un “presentar”: aportar artísticamente las presencias del mundo.

Ahora bien, decir “presencia” equivale a hablar de “presente”, nombre que de inmediato remite a una temporalidad de fondo en todo acontecer. El presente es tiempo siempre actual, por lo que —como declara Xirau— “tiene que integrarse en la continua presencia que constituye nuestra vida”.3 En último término, el tiempo de todo acontecer —que puede asumirse como lo propio de todo aquello que adquiere la entidad del estar— es el tiempo del presente-instante que sostiene la pluralidad y vitalidad de lo real: la totalidad como red de presencias (de presentes-instantes). O, como se dice en un verso de Lugares del tiempo, el mundo como “jardín del tiempo”.

Cada acontecimiento puede ser asumido como presencia cuajada en el instante y, así, afirmación determinada del tiempo: juego del devenir: afirmación viva del ser y del estar de lo que acontece siempre abierto a su diferencia, al abismo del no-ser. Tal vez, por eso mismo, habrá que asumir que el instante es paradójico tiempo perpetuo del estar y, con ello, como deja sentado Xirau, el estar acontece y se da como un “tiempo vivo”.

Desde la perspectiva de Xirau, el instante perpetuo del estar es el nudo existencial de la presencia: allí donde se unen los tres tiempos del tiempo agustiniano: pasado, presente, futuro.4 En el plano humano, “el tiempo en que estamos [es] el tiempo de nuestra interioridad, de nuestra intimidad, de nuestra conciencia contemplativa”.5 Ese fondo interior es la base “siempre actual” del estar humano, en tanto que conjunción de memoria —presencia en acto del pasado—, atención —estado de conciliación con lo real en acto— y previsión —anticipación y, así, actualización del porvenir.

Esa patria interior del tiempo humano es también el humus de la palabra y el almácigo donde brota y crece el verbo poético.

En primera instancia —podría pensarse— la palabra común y literalmente corriente opera en los dominios del devenir. Pero la morada interior del ser humano también genera un tipo de palabra que aspira a corresponderse con el tiempo existencial realizador o con la potencia re-creadora de las cosas-palabra que dan sustancia al poema. De ese modo, la palabra poética actúa, a la vez, como ancla del alma humana en el mundo-jardín-del-tiempo-vivido y como orfebre de lo más real o, acaso, lo genuinamente real.

El verbo poético —a la par potencia creadora y cosa re-creada— es el que traza el más hondo mundo-de-las-cosas-y-de-la-vida. De ese modo, la palabra en su función creadora y re-creadora se da en el plano de la existencia como lo que labra lo real y lo que ofrece a los seres humanos una sólido ancla frente al poder disolvente de la fugacidad. Ciertamente, la palabra con vocación poética aspira a estar en el plano de la Presencia absoluta. De esa forma, el poema viene a ser más que una presencia de presencias, entre los demás objetos del orbe, sometidos al efecto corrosivo y simplemente diferenciador del devenir, el puntal que soporta la voluntad de permanencia de lo que realmente es y está. Por eso, puede leerse, en Ocells/Pájaros, entre otros, esta bella obra de orfebrería de lo real-verbal: “Juncos a ras del agua / piedras / quietud / al alba, juncos / limpios a ras del agua.”

Puede advertirse que, en el universo poético-filosófico de Xirau, hay poesía allí donde el verbo incrusta lo eterno en lo fugaz. El poema, entonces, se erige por sobre el fluir del lenguaje como antídoto existencial contra lo que Alberto Constante, refiriéndose a nuestro poeta-filósofo, ha visto bien como “tiempo en disolución, en el que los hechos particulares están siempre a punto de perderse en el conjunto impersonal de las relaciones cuya momentánea intersección es lo único que representan”.6

Así es como, en definitiva, en el orbe de la creación poética, la palabra “tiene tiempo” y el tiempo “tiene la palabra”.


Los nombres de la esperanza

Las palabras precedentes se centran en una dimensión “natural-divina”, casi “inhumana”, de la poesía y el pensamiento de Ramón Xirau. Sería injusto e impropio limitarse a esa unilateralidad y preterir el elemento humano-divino y explícitamente sacro que también convoca al estro de nuestro poeta-filósofo.

El último de los poemas que integran Ocelles/Pájaros es una buena muestra de ese otro componente de la labor poético-teórica de Xirau. Esa “Letanía de los nombres” conjuga la crítica del presente con la invocación a lo sagrado y la esperanza ante lo que depare el devenir.

La parte crítica, impugnadora, del poema fluye como condena e imprecación contra el mal progreso de “las máquinas mortales”, la demencia militarista, la destrucción de la naturaleza y la infección material y moral del mundo-de-la-vida. La sensibilidad de Xirau reacciona como ante un infierno presente aquí, en la Tierra.

En el caso de Xirau, lo que comúnmente se conoce como “ecología” es la materia de lo sagrado, lo numinoso, el espíritu que vivifica y sostiene lo mejor de todo lo que acontece (sean cosas, hechos, fenómenos, situaciones). En consecuencia, el arrollador empuje destructor-constructor que caracteriza al Progreso absoluto no sólo comporta una catástrofe natural-material, sino también de lo sacro, que Xirau concibe como “inocencia, blancura, simplicidad”.7

En el fondo, ese atentado persistente a la vida y al espíritu es una afrenta impía contra la Presencia, tanto en su modo de naturaleza herida y mancillada como en el de fundamento y atmósfera de lo más vital-real.

Pese a todo, también es verdad que, en medio del infierno generado por los seres humanos, en su mala relación con los elementos, “leve despierta el viento, cantan pájaros / de armonías silentes, cantan árboles, / cantan, te cantan, cantan, Señor Dios.”

Finalmente, dándole sentido a la forma o composición concreta del poema, así como a lo que dice y calla, brota la promesa y el consuelo, en el doble sacramento de la palabra-plegaria y la palabra-esperanza. La letanía implora la intervención salvífica del “Aguila trina”, de Emmanuel, del Niño, del Cordero, del Templo: advocaciones del Crucificado, en su faz de Carisma, Virtud, Sabiduría, Esplendor y Paz. Pero ya en la simbólica implícita de tender la mano en pos de la misericordia, que subyace en la jaculatoria del poeta, arde la llama de la espera y, junto a ella —sin que siempre pueda diferenciarse con claridad— la de la esperanza: sustancias, ambas, de la fe en los avatares de la Presencia que mantuvo y sostuvo a Ramón Xirau.


* Texto leído en el «Homenaje Póstumo a Ramón Xirau. Poesía, filosofía y vida», efectuado durante los días 28 y 29 de agosto de 2018, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, bajo los auspicios de ésta y del Instituto de Investigaciones Filosóficas.


1 R. Xirau, El tiempo vivido, México, Siglo XXI, 1985, p. 60.
2 Ibid., p. 64.
3 Ibid., p. 63.
4 Cf. Ibid., p. 64.
5 R. Xirau, El desarrollo y la crisis de la filosofía occidental, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 199.
6 A. Constante, “Ramón Xirau: las moradas del silencio”, en Presencia de Ramón Xirau, p. 152.
7 R. Xirau, Dos poetas y lo sagrado, México, Joaquín Mortiz, 1980, p. 94.


Josu Landa / Caracas, Venezuela, 1953. Es filósofo, ensayista y poeta, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre sus libros de poesía, cabe destacar Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996), Estros (2003) y Anafábulas (2014). Algunos de sus libros de ensayos son Tanteos (2009), Canon City (2010) y Maquiavelo: las trampas del poder (2014).