12 octubre, 2020

Daisy Zamora: La belleza con filo

de Sergio Ramírez | Ensayos

En la Antología de la poesía nicaragüense —publicada en Madrid el año de 1949 por el Instituto de Cultura Hispánica, prologada y escogida por Ernesto Cardenal— no figura ninguna mujer. No porque se las discriminara, sino porque de verdad no las había, ni en el panorama modernista que abre Rubén Darío, ni en la etapa siguiente del postmodernismo, con Alfonso Cortés, Salomón de la Selva y Azarías H. Pallais; ni en la vanguardia, con José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra y Joaquín Pasos; ni tampoco en la generación del propio Cardenal donde están, a su lado, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Mejía Sánchez.

Es un fenómeno contrario al de Uruguay, por ejemplo, donde solo en el modernismo podemos contar tres voces femeninas de primera magnitud: María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou; y de allí en adelante, a lo largo del siglo XX, se prolongan en los nombres de Idea Vilariño e Ida Vitale, para no mencionar sino dos.

Pero a partir de los años tempranos de la década de los sesenta, la poesía nicaragüense da un vuelco sorpresivo y sorprendente, y las mujeres aparecen dominando el paisaje de manera rotunda: Michéle Najlis, Vidaluz Meneses, Ana Ilce Gómez, Gioconda Belli, Daisy Zamora. Esta poesía no nace para adornar el paisaje literario, sino que exhibe a plenitud sus armas de novedad, desafío y ruptura, empuñadas por adolescentes que apenas están dejando las aulas escolares —en no pocos casos, las aulas de los colegios de monjas.

Para ellas se trata de violentar las reglas de la sociedad patriarcal, no de demostrar que además de artes de cocina y labores de costura, las mujeres han aprendido a escribir bonito, con mano aplicada y buena letra, pero sometidas al recato y la prudencia. Lo que se da entonces es toda una rebelión que altera el paisaje, remueve montes antes imperturbables y rompe cauces donde antes nunca habían corrido aguas insolentadas, entre ellas las del erotismo, que viene a ser una manera de afirmación individual. Y aquella geografía nunca volverá a ser igual. Ha ocurrido un verdadero cataclismo.

Zamora lo explica ella misma: “Fue durante las décadas de los sesenta y setenta que la mujer, a la vez que se descubría a sí misma, irrumpía en la literatura nicaragüense con una obra novedosa y definida, dotando a nuestra literatura de la voz de la mujer que le faltaba. Los nombres de la poesía nicaragüense hasta entonces habían sido todos nombres de varón; ahora lo serían de mujeres”.

Nacida en 1950, su primer poema apareció en 1967 en La Prensa Literaria, que dirigía Pablo Antonio Cuadra, entusiasta en apoyar a los jóvenes escritores pero al mismo tiempo riguroso en sus criterios de escogencia. En 1977 Zamora ha reunido los poemas de toda una década de aprendizaje del oficio en Sendario, y con ese libro gana el premio “Mariano Fiallos Gil”, convocado por la Universidad Nacional.

Desde entonces su voz, nueva y desafiante, se abrirá camino con libros fundamentales en la poesía nicaragüense y en la poesía hispanoamericana en general: La violenta espuma, de 1981; En limpio se escribe la vida, de 1988; A cada quién la vida, de 1998; Fiel al corazón, de 2005; Tierra de nadie, tierra de todos, de 2007; además de sus libros bilingües, en inglés y español, publicados en Estados Unidos y en Inglaterra.

En lo que Zamora escribe hay un constante desafío al papel sumiso de la mujer en la sociedad; habla desde su mente y desde su cuerpo. El sexo deja de ser un tabú, y sus poemas se desnudan de ataduras y prejuicios. El matrimonio, visto como asunto de sumisión, explota en las palabras. La familia, como reproductora de un modelo arcaico destinado a repetirse y hacer de las esposas seres marginales y silenciosos, destinados a la pasividad y la resignación, sufre severas embestidas.

La poesía de Zamora viene a repartirse entre la severidad con que enfrenta el mundo heredado de la familia patriarcal y, a la vez, su nostalgia por la infancia vivida dentro de una de esas familias, tradicional y numerosa. Entre sus ancestros sobresalen intelectuales, historiadores, políticos, hacendados, exiliados, aventureros, que forman una galería infinita de retratos memorables; pero, a la vez, están las mujeres —unas sumisas, otras rebeldes, otras extravagantes—, inconformes con el destino pasivo al que se ven limitadas, y es a ellas a quienes concede la voz. Y al hablar por ellas, habla también por todas las demás mujeres.

Es “la cuestión femenina”, que comprende la familia, el matrimonio, la maternidad, el erotismo y la sensualidad, la experiencia amorosa y el desamor, y que de pronto se ve sacudida por la rebeldía política. Los años de maduración de la poesía de Zamora, y de su propia visión crítica, son los mismos en que fermenta la resistencia en contra de la dictadura de medio siglo de la familia Somoza —una resistencia ética que los jóvenes convierten en rebelión, de la que Daisy misma llega a ser parte al lado de miles de otras mujeres, de todas las clases sociales.

En agosto de 1978, la autora es ya parte de las estructuras conspirativas del Frente Sandinista, y de su casa saldrá una de las columnas guerrilleras del comando que toma el Palacio Nacional en Managua, una de las acciones más espectaculares de la guerra de liberación. En septiembre de ese mismo año participa en la primera insurrección armada contra la dictadura, como integrante de una escuadra que ataca una estación de policía en Managua. De allí en adelante le tocará el exilio, que vive principalmente en Costa Rica, donde colabora con las emisiones de Radio Sandino, hasta el triunfo revolucionario de 1979.

Luego vendrán los años de la revolución, cuando se multiplican las voces de las mujeres que buscan transformar el mundo desde la poesía y desde sus vidas. Una nueva experiencia que trastoca el rol tradicional de los géneros; las mujeres ya no volverán a sus casas, a ocuparse de los oficios domésticos, sino que entrarán en los escenarios públicos antes vedados. Zamora asume entonces las funciones de viceministra de Cultura, trabajando estrechamente al lado de Ernesto Cardenal. Desde ese ministerio se lleva adelante toda una revolución dentro de la revolución, en busca de rescatar la identidad del país.

Las mujeres actúan y, a la vez, escriben; buscan cambiar la sociedad heredada, sus valores y las maneras de ver al mundo, empezando por las relaciones de pareja y por las viejas estructuras familiares de obediencia al dominio masculino. Todo aquello contra lo que Zamora había clamado en su poesía desde que empezó a escribir. La revolución, que sometía entonces a la sociedad a cambios políticos y culturales, era el mejor espacio para que esa poesía insurrecta tuviera su ámbito de expresión.

Pero al final de cuentas la revolución, que duró una década, no alteró las relaciones patriarcales y esa continuidad de un modelo ya caduco no llegó a ser abolido, aunque sus cimientos se estremecieron durante aquellos años. De allí que, con las cuentas aún pendientes, Daisy Zamora permanezca en su trinchera. Su poesía continúa en rebelión porque el patrón de conducta sigue siendo el mismo; el hombre es todavía el dueño no solo del cuerpo de la mujer, sino también de su alma y su vida. Los valores imperantes de la sociedad siguen tan anquilosados en Nicaragua como antes.

Los poemas de Zamora —en su hermosa rebeldía, en su ironía afilada, en su ingenio lírico que va de la crónica a la elegía y al epigrama— nos ayudan a responder esa vieja pregunta de para qué sirve la poesía. Leyendo a la autora, podemos respondernos que la poesía sirve para no conformarse, para desafiar los valores estéticos y los valores sociales arcaicos, para convertir las palabras en instrumentos de búsqueda; para revelar, descubriendo lo oculto, y para rebelarse, y hacer que esas palabras no mientan sino que reflejen lo que quieren decir. Que calcen con sus verdaderos significados, que en verdad se transparenten e iluminen. La poesía de Daisy Zamora es todo eso y, además, una búsqueda constante por hallarse a sí misma en las palabras. La belleza con filo.

Hay una frase suya que me recuerda el valor didáctico que siempre tiene la poesía cuando se propone algo, más allá de hacer que las palabras se organicen de manera que suenen bien a los oídos: “Para encontrar al príncipe, la doncella se pasa toda la vida besando sapos”, dice. Y yo diría que esta frase —o este verso, o este epigrama— nos explica toda la poesía de Zamora.

Esa obra tiene una cualidad narrativa que la sustenta. Cada poema contiene una historia, y siempre sabremos que al final habrá una moraleja, explícita u oculta. Sus personajes son víctimas y victimarios que, más que sus rasgos físicos, nos enseñan su alma. El cinismo, la ruindad, la ignorancia, la fatuidad, la soberbia. Esos son sus retratos de hombres. Y sus retratos de mujeres son grabados con estilete. Zamora puede llegar con el filo de las palabras hasta el fondo de esas almas perturbadas por la miseria moral a la que han sido sometidas sin atreverse nunca a la rebeldía, o pagando el costo por negarse al estado de servidumbre. Mujeres de la penumbra a las que Zamora saca a luz y les presta su voz para que hablen, aunque sea una sola vez en la vida.

En sus estupendos retratos de familia asoman los ancestros entre el humo del tiempo, con pasos sosegados. Los abuelos y los tíos que pueblan salas y corredores ya olvidados, las abuelas en su tenaz majestad, las tías que se salen del lienzo con inquieta vida propia: personajes que solo surgen del recuerdo porque hay una mano delicada que los hace vivir de nuevo, gracias al milagro de la poesía.

Lírica de la narración. Siempre que nos describe el pasado, hay necesariamente un tono lírico en la tesitura de lo que escribe porque la evocación necesita de magia y, entonces, hay que ponerle sordina a las palabras. Es la manera en que la infancia regresa siempre a la poesía de Daisy Zamora, cuando en la edad adulta debe contemplar sus propias heridas. El verde prado de la niñez que se halla en el pasado de arenas movedizas donde nos hundimos paso a paso.

Puedes leer aquí una muestra de poemas de Daisy Zamora


Sergio Ramírez / Masatepe, Nicaragua, 1942. Escritor y periodista. Desde su debut literario (Cuentos, de 1963), ha publicado más de cuarenta títulos de narrativa, testimonio, artículos y ensayos. Entre los múltiples reconocimientos que ha recibido, se cuentan el Premio Alfaguara de Novela, el Premio de Narrativa José María Arguedas, el Premio José Donoso, el Premio Internacional Carlos Fuentes y el Premio Cervantes, máximo galardón de la lengua castellana.