19 octubre, 2020

La pureza del engaño

de Pedro Martín Aguilar | Inéditos

Misterios de la sangre

1. La crueldad es una hipótesis de la inexistencia.

Tómese un disparo a quemarropa, no, mejor
un aséptico crimen pasional ©
(a saberse, los celos subliman el amor, cuánto te quería),
dispóngase una mesa de operaciones
cuya frialdad suture los ojos del Sentido,
no olvide las cámaras en todos-los-ángulos-posibles,
enfoque los iones del dolor (el Instituto de Investigaciones Poéticas ha invertido mucho),
y, por favor, deslice el bisturí como quien navega
los ríos entubados del chelo; ¿ya se ve?
Describa en la Bitácora (no confundir con la Biblia)
las bellas paradojas del Azar: la sangre
delinea un poliedro seductor, la sonrisa levemente
cuarteada, una molécula de infinito: hemos
aislado el Secreto: cuánto dolor
para esta genial fotografía. Y no olvide, se lo rogamos,
describir con lujo de detalle
las mordeduras del misterio: algo habrá que decir
de la marca de unas uñas en el vientre, del apasionado orificio
que antes no estaba. Rellene el corolario, agilice el trámite de su axioma:
la Verdad procede de la carne silenciada
para gloria del método, et al.
Limpie los instrumentos (no utilice sus lágrimas: será despedido),
no se fije, hoy que todo salió bien, hoy que purgamos luz,
en el quejido que revolotea, al fondo, en la bruma de lo exacto Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua [Cortázar, 1951] guardaba en formol las quemaduras de la infancia. Quién iba a pensar –perdón por arruinar el cuento– que, poco a poco, los húmedos invasores nos irían desplazando. En la casa se entumece lo que ya no la habita. Es la presencia de mi hermana. Es el alumbramiento de su muerte.

2. Los muertos están sembrados de pie,

3. pisotean la condena de su resurrección.

Hay que seguir buscando, pincharse con la palabra
precisa la punta del cerebro, que estos augurios congelados
destapen el desagüe del desaparecido,
conocer —oh, qué verbo, qué espejismo—
su desértica nieve del insomnio,

su tiniebla llameante de ciprés.
Si nos esforzamos lo suficiente —todo es cuestión de echarle ganas—
podremos leer, una mañana de líquidos colibríes,
el nombre del destino con su abierto corazón Siempre la claridad viene del cielo [Rodríguez, 1953], con ese filo musical que dul-ce-men-te corta a tu familia. El padre, un altar que los golpes dejaron vacío; la madre, un invierno empollado que la asfixia eclosiona. El hijo, un cirujano plástico que reza, enchula el ayer. La hija, mejor no hablar de ella. Y con esto lo digo todo:

4. El cielo es el abismo del conocimiento.

Lo que la ciencia no puede, que Dios lo ponga en engorda,
allí donde se frenan
los romos misiles de la razón,
la fe crucificada
revive su laboratorio de durmientes: la sangre
es trascendente ahora, el cántico de las desolladas
podrá tener esencia, Sentido: la sangre
empala realidad sobre ficción; por gracia de la violencia,
la mentira inmuniza la verdad.
Hay que seguir buscando, inspire la palabra
los bálsamos de la humillación, luche la limpia de clases ¿Palabras? Sí, de aire, y en el aire perdidas [Paz, 1944], como la noche de clonazepam —la noche que es todas, diría un borgiano— en que te arrojaste, hermana, por el balcón

que conduce a tu niñez. El golpe petrificó la brisa, ennegreció la leche. En el año del terremoto, en el signo zodiacal del terremoto —dos terremotos nunca caen en el mismo rayo [cf. Villoro, 2017]—, tu caída destruyó una patria inexistente. Y eso, lo que nos reclaman, palabras, palabras, palabras para condenar la violencia, palabras para luchar contra ella, palabras para salvar el mundo, palabras para salvarnos de palabras, no. Tu pacífica blancura tiñe el cadáver de un país. Y que no me pidan cantarlo:

5. El silencio es la huelga de hambre de la palabra.

Llegará un día en que por fin callemos.
Llegará un día en que las profecías serán ciertas.
El calentamiento del ruido global
hundirá Hollywood con glaciares de oro.
En la Iglesia de los Últimos Tiempos, la voz de Dios
roncará con los afásicos.
La sangre por fin tendrá nombre: ninguno que se atreva.
La sangre por fin tendrá descanso: palabra ninguna.
La sangre por fin irradiará: la hoja en blanco del misterio.

6. Seguir escribiendo no es un acto de fe:

simetría de crueldad Bienvenidos, prometedores talentos jóvenes, a este Taller de Poesía, donde podrán canalizar sus temores, sus ansias de conocimiento, a través de la palabra; incluso, si alguno despunta, podrá cambiar el mundo, tener un impacto social©. En la actividad de hoy, haremos un cadáver exquisito; si el verso dice: la poesía es un arma cargada de futuro [Celaya, 1955], usted, ¿qué escribe en la siguiente línea?

7.________________________________________________________________________

8.________ _ _ _ un hocico rebosado de sangre que quisiera hablar.

9. En el teocali de mi voz, las palabras se mutilan los labios para alumbrar su misterio.

Nada ilumina mejor que la sangre.
Únicamente
el trauma puede revelarnos: oscuridad
de luz que deserta de su nombre.

10. Alejarse de la realidad para ahogarse en ella.

Enlodarse de silencio
para limpiar la sangre de tu nombre,
para abrir tu hemorragia de milagros,
morirse en el silencio para ser:

 

La sombra del poema

El verdadero poema es la sombra del poema real
César Simón

Esto no es un poema.
Ni esto ni otros: lo siento.
La Obra Maestra es el vacío

en la pared del museo: blanquísima
refrigeración, piscolabis
que endulza la gangrena, ergo, Sahara místico
hasta donde la ceguera alcance.
Babeles deslenguadas, sombras
puestas a secar, probablemente
estiércol vanguardista, cósmicamente. No te preocupes, destapa
la felicidad, porque tú lo vales. Nadie
se atreva a digitar con sangre
su nombre en los espejos: la herida
amordaza su dolor, ¡mira, atención! Un desnudo
de mujer que se ofrece, humectísimo, teta-coño-ano
lamiendo tu suicidio: ¿importa el poema?

importa, porque el alcalde, el genio de la lámpara
llamado Slim, pagarán
tu bazofia
apolínea: después de Einstein, todo
y nada son lo mismo. ¡Benditas ciencias exactas!
A lo que importa: el poema, impossible
is nothing, debes decirte, just do it,
para qué exprimirte, ¿verdad? Y una que otra
lágrima de tu corcel hipertrofiado: no vayas
a cansarte.
I’m loving it, de verdad, en verdad
te lo digo: comerte, regurgitarte. ¡Uy!, Victoria
te ha enviado solicitud de amistad, vamos, poeta,
ordeña tu fama: devora su Secreto.
En mitad de la pista
de riñones bombardeados, perdón, en el baile
epiléptico, la Originalidad
bautiza tu mollera: colgaré un mingitorio
al revés, denme el Nobel ubicuo, el cliente
siempre tiene la razón, por igual
el científico (véase Hiroshima y otras).

¿Has eyaculado
tu verborrea esplendente? Y que el orgasmo lo interrumpa
la luz de la existencia: llame ahora, ¡ahora!, no pierda
su oportunidad, pero habrás fallado,
como tantos otros, habrás mordido la trampa
de los ojos caníbales, las mieles urticantes, la palabra
que quisiste, tu nombre
aullado en las cañerías del tiempo, por favor,
que el sonido se escarche, por favor,
que el oído se zurza al temblor,
que mi gesto desollado
retumbe con sus óleos abiertos. Ningún espíritu
alzará tu congoja, los mastines
despedazan los huesos del azar.
Te lo advertimos: Saussure, Platón
y su pandilla te lo dijeron: la poesía
es la pureza del engaño. Ahora, en tu exilio,
sin mecenas que te masturbe,
harás lo correcto: penetrarás
la sombra, porque sólo ella
refrigera el cadáver del poema.

Esto no es un poema.
Es un pétalo de gas, es un náufrago
en formol, alarido
de silencio mutilado.
Nunca lo será. En el centro
(¿por qué, Dios, siempre
desangrarse por el centro?), en el cítrico
sudario, el pedestal
—altar de sacrificios, pisoteada
bola de discoteca—
exhibe un vacío: fulge la ausencia
del poema verdadero, del que nunca. Y
una sombra proyecta al visitante desocupado
este meteoro transparente:
los versos (in)significantes
que alucinan el poema real,
que maquinan la hermosura
que no amanece, por lo tanto,
vete ahora, ¡corre, huye lejos, sálvate!
Sálvate tú que puedes, enciende la tele,
inféstate de vida, embútete
en el sebo de las didascalias,
en la grasa de los hiatos, en la poesía-ametralladora,
anestesiada de destino. Y no, no
mires atrás, al museo quirúrgico,
donde la verdad se pudre sabiamente.

 

* Estos poemas pertenecen a Matrioshka, libro ganador del Premio Poesía Joven de la UNAM 2020.


Pedro Martín Aguilar / Madrid, España, 1991. Es alumno del Doctorado en Letras Españolas de la UNAM. Ganador del XIX Premio Nacional de Narrativa “Gerardo Cornejo Murrieta” 2018 con Cuentos para el fin del mundo (de próxima aparición) y del Premio Poesía Joven de la UNAM 2020 con Matrioshka. Ha publicado el poemario Bitácora extraterrestre (Trajín Literario, 2019). En el ámbito de la investigación literaria, es autor del libro Góngora metapoético. Las Soledades y lo autorreferencial (Ápeiron Ediciones, 2020). Ha impartido clases de poesía en la Universidad del Claustro de Sor Juana.